- Trilogía Parte 1 -
Damián trabajaba en la compañía desde joven, y desde hace 5 años era el arquitecto en jefe. Durante el último año, le asignaron una joven pasante que estaba terminando su carrera, Camila, de 23 años.
Con la frescura y el atrevimiento de la juventud, al poco tiempo de conocerse, Camila había solicitado a Damián, encantada por su dialéctica y conocimientos, su colaboración para la tesis que debía presentar en su examen final, y él, enamorado de su profesión como pocos y contento con su entusiasmo, no pudo negarse a su pedido.
Al inicio comenzaron quedándose un par de horas en la oficina después del trabajo, pero con el tiempo Damián prefirió que se juntasen en su casa, ya que él poseía mucho material para consultar durante el desarrollo de la tesis.
Damián vivía en un departamento en Palermo junto a su esposa, con quien tenían un hijo de 19 años que se encontraba estudiando en el exterior. Damián decidió organizar una pequeña oficina en la habitación de su hijo y comenzó a compartir algunas tardes a la semana enfocado en la tesis junto con Camila.
Con el correr de los encuentros, se fueron sintiendo demasiado cómodos, se fueron admirando mutuamente, y ambos, apasionados por su profesión, terminaron cayendo en la tentación de un romance que, ante la sorpresa de ambos, se fue convirtiendo en una realidad única.
Los meses siguientes fueron consolidando el romance y a los encuentros de estudio en su casa, se fueron sumando visitas a la de ella, y alguna que otra salida esporádica a lugares seguros en las afueras de la ciudad.
La relación, por momentos, parecía un noviazgo normal, y era en esas situaciones donde Camila, temiendo confundirse, preguntaba en más de una ocasión cómo seguiría esa historia. Damián nunca dejó de repetir que, mientras ella fuera su pasante, nada podía suceder entre ellos y ambos debían evitar cualquier acto que levante sospechas. Pero en muchas oportunidades, descuidado y obnubilado por la belleza de la joven y lo fantástico de la relación, también llegó a asegurar que, llegado el momento, dejaría todo por ella.
Dicen que el tiempo vuela y que las palabras se las lleva el viento, y en esa historia, el viento no se llevó algunas palabras y a esa altura del vuelo la tesis ya había sido entregada, Camila ya tenía su título y la empresa ya la había contratado de forma definitiva con grandes expectativas. En ese momento cumbre, Camila estaba absolutamente convencida de que, ahora sí, todo estaba dado para poder contar a todos sobre su relación y comenzar una vida nueva juntos, como ambos se merecían.
Algunos temores —quién sabe si morales o imaginarios— nunca dejaron de merodear por la cabeza de Damián, que, con el afán de ganar algo de tiempo, se le ocurrió ofrecerle a Camila una pequeña prueba de convivencia, inventando un viaje de trabajo y pudiendo así probar algo parecido a una vida cotidiana juntos. Luego, e incluso durante esos 15 o 20 días, podrían pensar juntos sobre su futuro y tomar una decisión al respecto. Camila, que no pudo soportar sentirse a prueba todavía, se mostró profundamente ofendida y menospreciada, jurando, entre lágrimas y gritos, no estar para recibirlo cuando se arrepienta de sus mentiras.
Pasaron días sin que Camila atendiera sus llamadas, y él se supo cobarde y culpable, sintiendo ahora que cada día pasaba extrañaba más su compañía. Tras una semana sin ir a la empresa, Camila decidió llamarlo para acordar un encuentro donde pudieran hablar seriamente sobre todo los ocurrido.
Esa misma tarde, Damián salió antes de la oficina, sin dudar se dirigió directo a casa de Camila y golpeó a la puerta de su departamento. Ella, sin arreglarse siquiera y todavía en bata, abrió la puerta en silencio, cerró bien sus solapas y, poniendo ambas manos en sus bolsillos, se dirigió pensativa hasta el centro de la sala con la cabeza baja. Damián, todavía vestido de oficina y sin quitarse el sobretodo, cerró la puerta y yendo tras ella, comenzó la conversación:
—Bueno, me llamaste para hablar —dijo fríamente mientras dejaba su portafolios. Y se anunció—: Aquí estoy.
Ella, dándose vuelta, sentenció.
—Vivamos ese tiempo al menos. —Y lo miró a los ojos estudiando su reacción.
—¿Estás bromeando o qué? —se asombró él.
—No —contestó ella, suave, con sonrisa cómplice, y ratificó su sentencia—: Digo que hagamos la prueba.
—Pero ¿qué explicación voy a dar a mi esposa? – Preguntó él.
—Dijiste expresamente que inventarías un viaje, o algo. – Replicó ella.
—Pero ¿cómo invento algo así, de la nada? No estás comprendiendo la situación, ponte en mi lugar. Claro que quiero estar contigo, pero no es tan fácil hacerlo como decirlo.
—Desde hace un año que lo estás repitiendo. —Y, con cierto aire de fastidio, reclamó—: Yo nunca te pedí nada, tú eras quien repetía una y otra vez que dejaría todo para quedarse conmigo.
—¡No puedes ser más injusta! Tú fuiste quien estuvo siempre detrás de mí esperando su momento, ¡su oportunidad! —Y, comenzando a retroceder, pero sin realmente confiar en lo que decía, afirmó apesadumbrado—: ¡Nunca debería haber permitido esta historia!
—Perdóname —se apresuró ella viendo que la situación podía escaparse de sus manos. Se acercó los tres pasos que los separaban y, sin mirarlo a los ojos, pero con una sensualidad exquisita, volvió sobre sus palabras—: Perdóname, prometo que no va a volver a suceder. Solo conviviremos esos pocos días y luego tomarás la decisión que te parezca… y yo la aceptaré.
Él la acercó en un abrazo y, luego de besarla pensativamente en la frente, asintió.
—Está bien. Déjame ver cómo.
De alguna manera era lo que estaba esperando, una puerta quedaba abierta para que pudiera tomar su decisión y resolver sin presiones. Los días próximos serían una real experiencia mientras pensaba cómo solucionar todo. Ese mismo día ambos supieron que, de alguna manera, un final se estaba escribiendo. Él, atiborrado de dudas y temores, aún no sabía cuál ni cómo sería; ella, por el contrario, sabía perfectamente el final que comenzaba a escribir.
Damián terminó embarcado en un viaje fantasma a Uruguay y se dirigió a San Telmo a vivir esos 20 días al departamento de Camila. Fueron realmente días increíbles, donde ambos se sintieron cómodos y felices por demás. La vida de ambos era perfecta, los días pasaban y Damián comenzaba a tomar conciencia de que esa vida podía ser suya. «¡Podría funcionar!», pensó.
El decimoséptimo día, como si la desgracia tocara a la puerta por la mañana, alguien golpeó en el departamento de Camila. Él, despreocupado en su fantasía mientras desayunaba en la cama, apenas se interesó por quién molestaría tan temprano. Ella, como si una intriga desmedida la invadiera, lo miró fijo un segundo — ¿Quién será? — dijo, tomando el salto de cama y se dirigiéndose a abrir la puerta. Con una carta en la mano, la esposa de Damián entraba a los gritos pidiendo por su marido.