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sábado, 5 de diciembre de 2020

El asunto (Cuento)

Pasó el filo del verijero por su antebrazo izquierdo dejando su piel limpia y rosada. Estaba extremadamente afilado y asentado. Enfundó su última obra de arte bajo la bombacha, sobre su verija derecha, y dejó el taller del fondo para ir a sentarse en la puerta de su casa a fumar, mientras el sol se retiraba, dando tregua a la resquebrajada tierra de Yuquerí, a orillas del Uruguay.

Don Pais tenía la habilidad de fabricar los mejores cuchillos del pueblo, era verborrágico y tajante en sus declaraciones, y un referente de integridad y respeto en cuanto a sus acciones y valores.

Desde el río se acercaba esa tarde una brisa fresca, de esas que prometen una noche levemente soportable, y con ella el chino Suárez, amigo inseparable de Don Pais, con quien había organizado los comienzos del pueblo hasta que se instaló el frigorífico inglés y la población se fue al demonio. Se multiplicó tanto la gente que el mismo frigorífico reorganizó y refundó el pueblo, aunque respetando su nombre e incorporando todo lo previamente establecido.

— ¡Don Pais!— dijo el chino, entrando en la propiedad y sentándose a su lado con el facón entre las manos— tengo noticias del asunto. Tal vez no sean ideales, pero pude averiguar quién es «el pata»— dijo sin mirarlo y pasando la punta del facón por debajo de sus uñas.

— Gracias Chino. Sabía que usted no me iba a fallar. Cuente.— dijo Don País con la mirada en el suelo, mientras removía la tierra con el yute del calzado, desarmando los restos del cigarro que acababa de terminar.

— No me lo va a poder creer, Don País, pero es Don Atilio, el comisario.— entonces sí, levantó su vista y buscó la cara de Don Pais esperando su expresión como respuesta.

Don País se levantó lánguidamente sin quitar la mirada del suelo, metió sus pulgares a los lados de su cintura y se quedó inmóvil. 

— ¡Pais!— dijo el chino, que lo siguió con la mirada en todo momento.— ¿está bien?—

— Si, chino. Si.— le contestó con cierta resignación.— Creo que me lo imaginaba, pero esperaba estar equivocado. ¿Está seguro?—

— Si Pais.— contestó el Chino con total seguridad mientras se incorporaba; y apoyando su mano en el hombro izquierdo de Don Pais le confirmó.— Tanto como para asegurarle que ayer, cuando vine a contarle la noticia sin saber que usted había ido a la ciudad, él estuvo acá en su casa. Con mis propios ojos vi salir a Doña Luisa pidiendo que la deje en paz y que no vuelva.—

Todavía con las manos en su cintura, Don Pais parecía negar con su cabeza mirando el suelo, mientras el chino apretaba su mano en el hombro dándole fuerzas, ofreciéndole consuelo.

— Gracias chino.— dijo Don País, y comenzó una especie de confesión con su mirada perdida.— Debería haber sabido de un principio que podía confiar en usted. Pero no quería que nadie se entere del asunto. Por eso fui primero con el comisario, pero como él no me supo averiguar nada, se me ocurrió confiarle a usted esa tarea pensando en su reserva y en la amistad entrañable que siempre nos tuvimos.— 

Por primera vez Don Pais levantó la vista, y mirando a los ojos a su amigo le preguntó.— ¿Que debería hacer, chino? — 

— ¿Quiere que yo me encargue, Don Pais?— se ofreció inmediatamente, y quitando la mano del hombro tomó su facón y golpeó la hoja contra su palma izquierda y agregó— Nadie va a mancillar el honor de mi amigo sin pagar el precio ¿o prefiere dejarlo así, teniendo en cuenta de quien estamos hablando?— 

— Chino, querido amigo. Agradezco que lo tome tan a pecho, pero creo que debería ocuparme personalmente y terminar con este asunto sin levantar demasiado la perdiz. ¿No le parece? — le dijo cruzando sus brazos y con algo de resignación.— ¿Qué haría usted en mi lugar?— preguntó y se quedó mirándolo a la espera de una respuesta.

— Tiene toda la razón, Don Pais. Yo me ocuparía personalmente si estuviera en su lugar.— Dijo envalentonado y guardando el facón en su cintura– La verdad, que no me hubiera imaginado nunca que Don Atilio pudiera caer tan bajo como para traicionarlo a usted, que siempre ha estado a su disposición y que tantas veces le ha colaborado para poder mantener este pueblo libre de mala gente.–

— ¿Ha visto, Chino? No se puede confiar en nadie, ¿y sabe qué es lo que más me duele?— y antes que el Chino pudiera esbozar cualquier respuesta se contestó– ¡La traición! Si hay algo que no puedo soportar es la traición. Porque uno se puede equivocar, cometer un error… pero traicionar es ir mucho más lejos.– Hizo una pequeña pausa y mirando la nada en el cielo dijo, como si estuviera pensando en voz alta— Creo que esta noche voy a tener que visitar a Don Atilio.—

— No merece siquiera una pelea.— Minimizó el Chino— Después de semejante falta de respeto merece dejarse morir sin defenderse siquiera. Una persona así de miserable y con las responsabilidades que tiene a cargo es mejor extirparla del pueblo por el bien de todos. Si no hace algo usted Don País, le juro que lo hago yo, pero esto no puede quedar así.— Aseguró el Chino con la convicción de quienes saben que si no hay valores, no puede haber nada bueno.

Don País esgrimió una mueca, como sonriendo, tomó en un abrazo a Suarez con su brazo izquierdo y comenzaron a caminar hacia el río. Dieron apenas tres o cuatro pasos cuando Don Pais, empuñó su verijero con la diestra y en un veloz y silencioso movimiento lo enterró en lo profundo del vientre de Suarez. Sin darse cuenta de nada, el chino se quebró en sí mismo en la contracción de su cuerpo, cayendo de rodillas y abrazando, en un acto reflejo, a Don Pais, que se agachaba acompañando su lento desmoronamiento hacia el suelo. Cuando la coreografía los presentó a ambos arrodillados, Don País con su derecha en el vientre de Suarez y éste abrazando a su asesino, se miraron a los ojos, y mientras giraba y hundía cada vez más su cuchillo, Don Pais susurró al oído del Chino— Ayer, cuando fui a la ciudad, me encontré con Don Atilio. Me dijo que tenía algunas pistas. Creo que me lo imaginaba; pero le juro, Chino, le juro que esperaba estar equivocado.—


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