Bienvenidos

Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.

viernes, 30 de octubre de 2020

¡Hola Nacho! (Cuento)

Desde muy chico, recuerdo que mi abuelo Osvaldo, me llevaba a la cancha de Independiente a ver al Rojo. Hasta los 12 años, me hacía entrar por la Popular y luego me metía en el sector de vitalicios, que se encontraba en el córner local, justo donde terminaba la visera del viejo estadio. A veces conocía al encargado de la puerta del sector y me hacía pasar, otras veces nos hacíamos los boludos y en cuanto podía me subía por encima de la pared que contenía la Platea, y él entraba como si nada por la puerta, presentando su libretita de socio vitalicio.
La temporada ’88 - ’89 ya no daba para más. Con 13 años irremediablemente tenía que ir a la Popular. (la posibilidad de pagar Platea no se nos pasaba por la cabeza) Entonces comenzamos a ir a la hinchada. Osvaldo abandonó su cómoda platea de socio vitalicio y se vino a la popular conmigo a saltar todo el partido, a comerse los empujones, a bancar las avalanchas en los goles y fumarse todo el porro de la barra brava del Gallego durante 90 minutos.
Lo de 90 minutos es una manera de decir porque los domingos comíamos unas pastas y a las 14:00 estábamos en el estadio. Había que ver primero el partido de reserva, de ahí iban a salir los cracks, que después jugarían en primera o, en su defecto, los jugadores que les prestaríamos a Arsenal de Sarandí para que se «foguearan» un poco los sábados, antes de debutar en la Primera A.
En aquella época Arsenal era, por decirlo de alguna forma, la sucursal de Independiente. Muchos de los jugadores hacían sus primeros pasos en la Primera B con Arsenal y cuando ya tenían un poquito de rodaje y varias patadas encima volvían al club. Cosas de barrio.
Con el tiempo yo me fui metiendo más con la barra, y Osvaldito, cuando se quedó tranquilo viendo que me podía desenvolver solo, regresó a su platea de socio vitalicio.
Los años fueron pasando y la pasión no menguaba para nada. Osvaldo puteando en su platea y yo explotado en la barra gritando como loco. Después en casa discutíamos cómo había sido el partido. A veces coincidíamos y a veces peleábamos durante horas. Peleábamos defendiendo o atacando a tal o cual jugador, discutíamos si el técnico estaba dirigiendo bien o si había hecho los cambios que correspondía y bla bla bla. Jugábamos los miércoles a la noche las copas y los domingos el campeonato. Ganábamos todo.
Es el día de hoy que no puedo comprender cómo no terminé estudiando Periodismo Deportivo. Creo que en aquel momento estaba a la altura de cualquiera de ellos.
El tiempo fue modificando un poco las formas, pero la esencia estuvo siempre. Yo ya no vivía con mi abuelo, ni siquiera nos juntábamos en la cancha, pero cuando él llegaba a su casa me llamaba por teléfono y reanudábamos todo. Creo que de alguna manera terminó siendo parte del ritual; terminaba el partido y el primer análisis del juego lo hacíamos juntos antes de que cualquier periodista se atreviera a decir algo.
Los partidos con Racing eran episodios especiales. Era el único partido del que ineludiblemente hablábamos toda la semana previa, y si se jugaba de visitante íbamos a la tribuna visitante. Para ese entonces yo ya iba a todas las canchas visitantes, jugaran donde jugaran. Todos los estadios de todas las provincias que jugaron en Primera A me recibieron en aquellos tiempos.
Años después, destruimos el viejo estadio de la doble visera (el primero de cemento en Latinoamérica y la visitante más grande de todas) y construimos, en 2009, el moderno estadio -Libertadores de América- en el que jugamos hoy en día.
Para 2011 Osvaldo ya iba llegando a los 80 pirulos y el médico le recomendó que no se pusiera nervioso durante los partidos, así que, bajo la ineludible custodia de Esthercita, no solo dejó de ir a la cancha, sino que tuvo también que dejar de escucharlo por radio (aunque por momentos se escondía en su habitación, junto a la «Spica» con funda de cuero, para enterarse al menos de cómo iba el partido). Poco después que los encuentros terminaban, Osvaldo dejaba pasar el tiempo necesario como para que yo llegara a casa y me llamaba.
— ¡Hola, Nacho! ¿Cómo salió el partido? ¿Quién hizo los goles? ¡Dijeron que Riaño y Pizzini!
Si. Efectivamente los habían hecho Riaño y Pizzini, pero si yo no se lo confirmaba los goles no valían.
Ya no había mucha capacidad de discusión o planteos estratégicos. Osvaldo esperaba mi informe del partido para darse una idea acerca de cómo había sido todo. De alguna manera, en ese entonces, yo era sus ojos. Él sabía muy bien que todo lo que decían los periodistas no coincidía tanto con lo que veíamos en vivo y directo desde una cancha.
— ¡Hola, Nacho! ¿Jugamos bien? ¿Fue en orsai el gol de ellos? 
Desde 2011 no solo tenía que mirar los partidos siempre, sino que tenía que pensar un resumen para poder ofrecerle a Osvaldo cuando llamara. Incluso cuando Florencia, mi hija, ya tenía tres o cuatro años, yo ya no iba a la cancha, pero veía los partidos por televisión; y si no lo veía por algún motivo tenía que buscar por internet un resumen breve de lo sucedido, porque cuando Osvaldito llamara tenía que pintarle el panorama de lo que había sucedido como si hubiera estado ahí. No quería que yo le mienta ni yo quería mentirle, pero a la imagen que daba el Rojo solo podía brindársela yo. 
— ¡Hola, Nacho! ¿Viste el partido? ¡¿Tan mal jugamos?!
En los últimos tiempos lo estuve engañando un poco. Fueron unos años terribles de Independiente, pero yo le aclaraba que no era tan así. Trataba de encontrar lo mejor para contarle, le explicaba que a la larga iba a salir todo bien, que íbamos por buen camino, que se notaba el trabajo y el esfuerzo que estaban haciendo el equipo y el cuerpo técnico y bla bla blá. Solo hablaba de Independiente y su gente, nada más. Porque ese año, en 2014, les iba bien a los vecinos. A los de en frente. Digo los de en frente literal, porque la cancha de Racing está exactamente del otro lado de la calle Bochini, que separa ambos estadios. (no creo que en el mundo haya otra cosa semejante)
Ese mismo año, el 13 de diciembre de 2014, Osvaldo dejó de preguntar por el Rojo. Tal vez para que yo no tuviera que contarle nada, o quizá para evitar soportar, él mismo, el relato de los sucesos del día siguiente. Racing, eterno rival de Independiente y al cual, desde que mi querido abuelo tuvo uso de razón, siempre tuvimos de hijo, daba la vuelta en su estadio ese 14 de diciembre consagrándose campeón.
Hoy en día sigo mirando los partidos de Independiente. El hincha no muere nunca. Puede discutir, enojarse, exigir o cualquier cosa, pero el hincha no muere nunca. Ahora, cuando termina un partido de independiente, simplemente termina. Ya no hay discusión ni especulaciones sobre cómo jugó el equipo, o si tal o cual jugador… Ahora sé, que después de cada partido del Rojo ya no suena el teléfono diciendo:
— ¡Hola Nacho!

No hay comentarios:

Publicar un comentario