Había llegado el día que tanto se había planeado. La estrategia, gestada casi en forma anónima, se venía desarrollando desde hacía tiempo en la gran isla de Solimán. Diferentes leales a la causa, desconocidos entre ellos, habían cumplido sus diversos objetivos, aparentemente desconectados entre sí, para poder hacerse con la victoria de lo que sería la misión más importante de todos los tiempos.
El Duque de Bonum Kaeli, como se hacía llamar, salió de su morada en las afueras del reino, bajo una tarde espléndida a finales del verano. La suave brisa cálida y el perfume fresco de flores silvestres parecía embriagarlo para, de alguna manera, ofrecerle el ánimo que le faltaba para llevar a cabo la empresa de aquel día.
Con sus calzas pardas, su camisa púrpura de cuello redondo y sus puntiagudos zapatos de cuero marrón, el duque acomodó su fiel daga a la diestra de su cintura y, luego de cubrirse con su albornoz de lino y pieles escondió un estilete, en la parte interior de la solapa izquierda.
Montó el metro y medio de Arthur, su joven caballo de pelaje castaño y sedoso, y emprendió su viaje hacia el sur con destino al castillo. Desde el otro lado, desde el extremo sur del reino, alguien que él desconocía se encontraba iniciando un camino similar al suyo, pero iría por el Rey tuerto. Él debía ir por Crisálida, la reina.
Una vez arribado se dirigió, como acostumbraba a hacer desde hacía un tiempo, a los aposentos de la reina, donde solía esperarlo un pequeño banquete, que casi nunca se ingería, y los mejores vinos, para poder saciar la sed de los encuentros.
El duque sabía que esa noche sería la última y como tal tenía un sabor especial. Un sabor a victoria, un sabor a desafío, a justicia, a nuevos tiempos, un sabor a amor; un perfume a muertes.
Ella estaba esa noche más bella que nunca, sus ojos brillaban y su pálido rostro, apenas sonrojado, era solo comparable con alguna de las mayores obras de arte de ese entonces. El duque también estaba preparado para ese encuentro especial. Esa noche ella le ofreció las palabras más bellas que él jamás escuchó, le ofreció una y otra vez todo su ser, su cuerpo y sus pensamientos. Estuvo a punto de ofrecerle algo más, pero no hubiera sido digno de ella.
Él encontró esa noche, a una mujer desconocida hasta ese entonces. Descubrió que sus venas transportaban sangre roja a igual que las suyas, y que sus penurias y desdichas, sin importar cargos o nombres, podían ser parecidas; que tal vez a ambos les faltaban las mismas cosas, aunque les sobraran otras muy disímiles, pero que juntos habían descubierto algo que algún día fue impensado para ellos.
Fueron esa noche el centro del mundo. Se descubrieron hasta lo más secreto de sus seres, se entregaron para siempre sin preguntas, se dejaron llevar por el destino e hicieron del tiempo la eternidad más sincera. Esa noche se amaron. Esa noche, la reina y el duque descubrieron que había mucho más de lo que imaginaban entre ellos, que el reino no ofrecía nada, que el castillo y la realeza eran apenas accesorios, que el tiempo y los temores podían ser los mayores enemigos y que las sensaciones más fuertes, placenteras, increíbles y sinceras existían únicamente en el abrazo de dos cuerpos que habían sido gestados para encontrarse.
Cuando el sol comenzaba a salir, abatido y montado sobre su caballo, el duque se dirigió a las puertas del castillo con paso lento y perdido. Abrieron los inmensos portones a su paso y lo reverenciaron al salir. Esa mañana, el duque se alejó lentamente, para nunca más volver a ser visto. Se sabe, que los mismos guardias del castillo, fueron los más extrañados por aquella partida del duque, que se retiró, como siempre en dirección al norte, pero con un rostro envuelto en dolor y lágrimas en sus ojos.
Esa mañana el reino amaneció sin reyes. Apenas el duque se alejó del castillo, los guardias, corriendo el riesgo de ser juzgados por su indiscreción, advirtieron a sus superiores sobre la situación de extrañeza que generó aquella partida; sugiriendo que tal vez fuera necesario consultar a la reina, para asegurarse que todo se encontraba en orden.
El horror invadió el castillo esa mañana cuando descubrieron a la reina, completamente desnuda en su cama de sábanas blancas, totalmente ensangrentadas, tendida boca arriba con brazos abiertos y un puñal envainado en el lado izquierdo de su cuello. De inmediato, y con temor de despertar la reconocida ira de su majestad, corrieron a informar al rey de lo sucedido. Al ingresar a su alcoba el espanto lo inundaba todo. Las imágenes eran catastróficas, el rey tuerto yacía en el suelo boca abajo. Todavía llevaba puestas sus calzas negras y su camisa blanca a medio quitar, teñida de sangre y repleta de perforaciones punzantes; había sido apuñalado en reiteradas ocasiones por la espalda, luego de recibir un fuerte impacto en la cabeza, que fue delatado por un importante corte sangrante en su parietal izquierdo, justo arriba de la oreja.
Toda la guardia Real bajo las órdenes de Lord Parri, su hasta entonces Capitán, salió de inmediato en busca de los posibles culpables del doble regicidio descubierto esa mañana. El reino, por primera vez en la historia, se encontraba definitivamente acéfalo y sin sucesores.
Esa misma tarde hallaron a Arthur, el caballo del duque, en su casa del norte. Los días siguientes, mientras el reino de Solimán se caía a pedazos, los pueblos y aldeas que lo conformaban se fueron organizando y declarándose libres. El Duque de Bonum Kaeli, a pesar de las leyendas que se tejieron en la isla, jamás volvió a dar señales de vida.
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