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viernes, 30 de octubre de 2020

EMA (Cuento)

Aquel era uno de esos días en que ciertas palabras suenan en los oídos como explosiones...  como si de la sordera absoluta transitáramos a la hipersensibilidad sonora en apenas milésimas de segundo.

Recuerdo transitar los pasillos de la oficina acompañando a una de mis jefas. En una de las estaciones de trabajo se encontraban dos compañeros conversando. Uno de ellos decía: «Una mujer inteligente, aunque fuere fea, si se diera a la mala vida se enriquecería y si no se enamorara de nadie podría ser la reina de una ciudad. Si yo tuviera una hermana, la aconsejaría así».

Me quedé helada del otro lado del box, mirando absorta el panel divisorio con la sensación de haber escuchado algo más que un comentario.

Marianela también escuchó. Se volvió hacia mí, me hizo un gesto y me llevó a paso firme hasta su despacho.

—Sentáte, por favor. —me dijo mientras se acomodaba en su silla del escritorio y se alistaba como para iniciar una entrevista. Se recogió el cabello, apoyó sus codos y juntó sus manos entrelazando los dedos. — ¿qué fue exactamente lo que escuchaste en el salón, Rocío? —me preguntó con interés y se quedó mirándome con su rostro sin gesto.

— La verdad que fue un comentario bastante fuera de lugar. — Le contesté sin querer ahondar en el tema. Pero ella insistió.

— ¿Cuál fue el comentario? dígame, por favor — volvió a preguntar sin inmutarse.

— Bueno… uno de los chicos, parece que le daba entender al otro que, si una mujer era inteligente, aunque sea fea, debía prostituirse para enriquecerse y además si no se enamoraba podría ser poderosa. — Traté de reproducirle el comentario de manera educada y lo más fehaciente que recordaba.

Marianela levantó el teléfono y se comunicó con su secretaria. — Leti, por favor que venga «EMA» enseguida. —terminó la llamada y volvió a dirigirse a mí. — ¿Te molesta quedarte para comentarles lo que escuchaste a un grupo de compañeras? No te preocupes que no habrá represalias. Deberíamos tratar estos temas para poder generar un clima agradable para todos. —y me miró fijamente un segundo y con una mueca que no alcancé a comprender me preguntó de nuevo. —o acaso ¿crees que deberíamos impartir represalias con esas personas?

— No, no. —Le dije de inmediato. — Me parece que estuvo desubicado y que es un pensamiento bastante retrogrado, pero no creo que para represalias. —pensé un poco en los chicos, realmente sé que son unos bocones que no piensan de esa forma, y hoy en día son temas muy sensibles como para tomar a la ligera. —a lo sumo una llamada de atención, como para darles una lavada de cabeza, como dicen. —

Terminé de dar mi opinión y golpearon la puerta. Sin esperar respuesta ingresaron otras cuatro jefas de la compañía que yo no conocía. Marianela me estaba preguntando si no me molestaba quedarme a contarles al resto, pero nunca llegué a poder responder y ya era tarde para poder escapar de la situación. Cuando todas se sentaron en la mesa de reunión, Marianela me hizo contar, con lujo de detalles, lo sucedido. 

Ni bien acabé mi relato se miraron entre todas y, aún con gestos de no poder creer que aún existiesen comentarios tan estúpidos, me dijeron que no me preocupe, que vaya tranquila y que si volvía a tener que soportar algún comentario desagradable no dude en comentárselos a ellas.

Cuando me retiré del despacho no sabía si ir en busca de los chicos para advertirles o hacer como si nada hubiese sucedido. Los miedos y prejuicios hicieron que optara por la segunda opción.

Los días siguientes transcurrieron normalmente hasta que un par de viernes después, el muchacho de aquel comentario no se presentó a trabajar. Las novedades fueron difundiéndose en el salón hasta que me llegó la noticia que había salido en los diarios. El asesinato de Germán Saravia, el empleado de la estación de trabajo cerca del despacho de Marianela. El asesinato había ocurrido la noche anterior en un bar de copas situado en una importante avenida de la capital. El homicidio, según informaban, se lo había adjudicado un reconocido grupo, aparentemente feminista, que estaba haciendo estragos en los últimos meses. La EMA (Ejercita de Mujeras Antimachistas) llevaba seis homicidios en los últimos tres meses. Homicidios donde no se esclarecían las causas más que por una declaración de la EMA afirmando tajantemente que se trataba de personas machistas. 

Quedé inmóvil por un instante. Marianela se acercaba caminando entre todas las estaciones de trabajo en dirección a mi escritorio. Detrás venían las mismas cuatro jefas de la última reunión. Un escalofrío incomprensible recorrió todo mi cuerpo bajo un pensamiento inverosímil. — Rocío, por favor acompáñeme al despacho. — dijo apenas un par de metros antes de pasar por mi escritorio y detrás de ella las cuatro escoltas sonrientes.

Dejé mis tareas de inmediato y me dirigí a su despacho. Todas habían ingresado y la puerta estaba abierta para mí.

— Cerrá la puerta y sentate. —me ordenó una de las jefas.

Me senté a la mesa de reuniones en la única silla vacía que dejaron, y al sentarme, todas lanzaron un aplauso cerrado mientras se ponían de pie.

— Bienvenida Rocío, va a ser un placer que participes con nosotras en este proyecto. A partir de mañana vas a ser la segunda jefa del área de seguridad con Marcela. —Marcela Ibarra me sonrió y asintió con su cabeza. — 

Entre sonrisas cómplices y comentarios por lo bajo se volvieron a sentar todas. Marianela me entregó la resolución de mi ascenso y dijo mirándome a los ojos. — ¡Qué barbaridad lo que le sucedió a este chico…— parecía no recordar el nombre y cuando estaba por decírselo — Saravia! Germán Saravia. —dijo.

— Si. — asentí yo y quise hacer una aclaración. — Sinceramente la idea de tanta violencia en la sociedad me aterra. Debería haber una concientización de la gente y no una imposición arbitraria y desmedida de una idea. Creo que una sociedad inteligente y abierta no debería necesitar llegar a la violencia. Creo que es un paso atrás. — expliqué. El gesto general me hizo recordar la última reunión, pero esta vez no había comentario estúpido que menospreciar.

Marianela reiteró las felicitaciones, la hizo extensiva a todas las compañeras y pidió que vuelvan todas a sus labores que ella debía reunirse con la directora de la compañía. Fueron todas saliendo del despacho hasta que quedamos últimas Marianela y yo. Nos quedamos detenidas un instante en la puerta. Yo necesitaba explicaciones, me sentía incómoda con la situación y no sabía cómo preguntar. 

Marianela se acercó y me dijo por lo bajo.

— Somos descubridoras que solo en conjunto podemos discernir a dónde vamos. — 

Fijó un segundo los ojos en mi expresión y, luego, sonriendo burlonamente, dijo:

–¿Sabes que hay algo en vos que te hace parecer a Lenin?

Y antes de que pudiera contestarle, salió.


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