Subí hasta lo más alto de la cumbre solo para demostrar que no era necesario estar ahí arriba para poder entender el paisaje. Subí sabiendo que podría hacerlo, que podría ver el paisaje completo, pero que al bajar nada modificaría mi utopía.
Una vez en la cumbre pude observar todo lo que siempre dije, lo que me gusta del paisaje; desde ahí uno puede ver todo lo que tiene para disfrutar. Se ve el mapa completo del ser.
Con la satisfacción de haber cumplido el objetivo, volví a descender lo necesario; tal vez aún más de lo esperado, pero sabiendo que pocos conocen los secretos del universo. Volví a mirar el llano y, como si un rayo de sol me estallara en la vista quedé asustado, cegado totalmente, paralizado. Algo que no estaba en los planes me había dejado sin vista, exactamente en el preciso instante que me disponía a confirmar mi teoría.
El mundo ya no es el mismo. Ni acá abajo donde vuelvo a caminar ni allá arriba, donde todo parecía al alcance de la mano.
Antes alcanzaba a discernir a cuantos metros se encontraba un punto fijo desde mi lugar de origen, ahora eso ha cambiado radicalmente. Las distancias son tan irrisorias siempre que el verdadero horizonte no se llega a divisar y cuando procuremos verlo ya no estaremos en nuestro pequeño mundo fáctico. Estamos fuera de nuestro mapa, donde se halla el universo, el pequeño gran infinito, la verdadera libertad.
De espaldas a ese infinito, y a esa inconmensurable libertad, nos veo a nosotros, todos enredados y atrapados en nuestro mínimo rincón, a los pies de una pequeña cumbre que los separa del lado oscuro.
Estaba a punto de confirmar mi vieja utopía, pero recordé, que he dejado asuntos pendientes donde los mortales juegan una batalla sin tiempo. Ordenaré un poco las viejas ideas y las entrañables costumbres y armaré mi mapa libertario de puntos inconcebibles y tierras sin límites. Iré por ellos en la mañana, sabiendo que ese nuevo comienzo será el final de la humanidad que habrá quedado a los pies de una pequeña cumbre.
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