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sábado, 16 de enero de 2021

El desierto de lo cierto. - Paradoja del destino - (Cuento)

Despertó incómodo y sudado en una carpa de dos metros cuadrados. Se sentó de golpe, extrañado, queriendo entender dónde había quedado su somier; y su departamento de Buenos Aires. El calor agobiante y la luminosidad que, no sin dificultad, lograba traspasar las lonas que lo contenían, daban la pauta de que afuera el día había comenzado. Abrió el cierre de la carpa y cuando asomó su humanidad al exterior, quedó aturdido por lo impactante de la imagen. Un desierto interminable se desplegaba en todas las direcciones. A los laterales de su carpa, se desplegaba una hilera de carpas idénticas, separadas por unos diez metros de distancia entre sí. A lo lejos divisó alguna que otra persona caminando alrededor de las carpas y otras que salían de ellas con sus caras desdibujadas por el asombro. 

No llegó a comunicarse con nadie, cuando en el cielo, un sonido de helicópteros crecía de repente, hasta aparecer por sobre uno de los enormes acantilados de arena y roca que los rodeaban. Algunos corrieron hasta ellos pidiendo auxilio, otros se alejaron temerosos de lo que pudiera suceder, y los demás, como él, se quedaron inmóviles contemplando como sobrevolaban el lugar a baja altura, posicionándose frente a cada una de las carpas donde descargaban, mediante cuerdas, una considerable caja de madera. Caminó unos pocos metros delante de la suya, hasta donde se encontraba la caja que soltaron desde el helicóptero, que comenzaba a perderse por el otro lado del campamento. La caja decía «Adriano Vilux – N.º 17/30 – español». Miró hacia la carpa de la que él mismo había salido hacía un rato, y confirmó que sobre la lona del frente tenía, inscripta en pintura roja, «17/30». Cuando abrió la caja observó una carpeta que se titulaba «Indicaciones», algunos accesorios de supervivencia, cuatro bolsas selladas con un litro de agua, y distintas herramientas de construcción.

Miró a su alrededor, y mientras todos abrían sus cajas desesperadamente, dejó su caja a medio desarmar y comenzó la lectura de la carpeta donde se detallaba lo que debían hacer y cómo iban a continuar desarrollándose las cosas de ahora en adelante. Estaban condenados a tareas diarias como alizar el terreno, excavar en los acantilados en busca de metales, y otras tareas de construcción de reparos, pero en ningún lugar, decía cómo y porqué habían llegado ahí cada uno de los «desérticos acampantes».

Los primeros días resultaron extraños para todos, y siguieron a desgano, pero sin cuestionamientos, las reglas de la carpeta de indicaciones. Cada mañana por medio, los helicópteros pasaban a dejar las provisiones necesarias a cada acampante, y continuaban su vuelo por el otro lado del campamento. La comunidad se fue acostumbrando a ese nuevo modo de vida que le permitía subsistir en el desierto hasta cuando, hipotéticamente, se cumplieran los objetivos dispuestos para todos y cada uno de los «desérticos».

Con el correr de los días fueron adaptando la forma de vida entre ellos, haciendo trueques, guardando provisiones por cualquier imprevisto, construyendo refugios y baños reutilizando las maderas de las cajas y convirtiéndose, poco a poco, en una comunidad donde todos se fueron conociendo y ayudando mutuamente, para poder sobrellevar esa especie de supervivencia que los mantenía prisioneros, quien sabe porque motivo.

Algunos, como Adriano, intentaron explorar el territorio, pero los límites se encontraban en la imposibilidad de alejarse demasiado, como para no poder volver durante el día, o no poder renovar las provisiones. Adriano comenzó a pensar que los peligros que los rodeaban iban más allá de las serpientes y alimañas de las que debían cuidarse, o de las insolaciones y deshidrataciones que podía tolerarse, e incluso de los «generosos» helicópteros que los mantenían aprovisionados. El verdadero peligro que temía Adriano era que todos se acostumbraran a ese desierto, y lograran ir adaptándolo de manera tal, que llegaran a sentirse cómodos en él. Si eso sucedía, serían esclavos de ellos mismos por decisión propia y ya nada podría liberarlos. Fue entonces, que aquellos que no se resignaban a vivir una vida que no era la de ellos, por más que se los abastezca de todo lo necesario, eran los únicos con el coraje imprescindible, de los que se podía esperar una idea para escapar de ese delirio.

Junto con otros dos «desérticos», Adriano decidió continuar las tareas de la comunidad como si nada sucediera, mientras disminuían sus ingestas diarias, guardando así, las provisiones suficientes para poder realizar una excursión al desierto, en busca de una vía de escape. Consensuaron en no decir nada y prometerse, que en caso de encontrar una salida volverían para rescatar al resto. La noche previa a su partida, recortaron lonas del interior de sus carpas para confeccionar una especie de mochila cada uno y, la mañana esperada, después de recibir la caja del día y alimentarse tempranamente, tomaron la decisión de partir hacia el acantilado desde el cual aparecían cada mañana los helicópteros. 

Bordearon todo el acantilado hasta encontrar un lugar de paso, procuraron seguir siempre la dirección propuesta y tras diez horas de caminata, con cuatro paradas de descanso, y habiendo transitado algo más de treinta kilómetros, se refugiaron al anochecer en una especie de quebrada, de rocas arenosas, que los protegerían por la noche. A la mañana siguiente, antes de continuar camino, el sonido de los helicópteros pasando sobre ellos les confirmaba que no se habían apartado demasiado de su camino. Pasado el mediodía, de esa segunda jornada de expedición, volvieron a cruzar un enorme acantilado desde el que pudieron observar un nuevo campamento donde se encontraba una comunidad similar a la de ellos. Seguramente no era el destino esperado, pero tampoco debería ser mala señal encontrar al menos un nuevo sitio donde pudieran intentar evacuar algunas dudas, encontrar explicaciones, conseguir apoyo, o al menos, poder pasar la noche y conseguir algo de provisiones para continuar su viaje.

No pudieron llegar mucho antes del anochecer, por lo que, cuando se acercaron al campamento, ya todos se encontraban en sus carpas dispuestos a descansar. Cuando solo la luz de la luna lo alumbraba todo y apenas unos metros los distanciaban del nuevo asentamiento, comenzaron a anunciar su llegada por medio de gritos desesperados de ayuda. Toda la comunidad salió de sus carpas para recibirlos. Cuando estuvieron cerca, y pudieron distinguir los rostros de sus nuevos conocidos, entendieron que habían llegado al mismo lugar de donde habían partido; como si extrañamente hubieran, de alguna manera, caminado en círculo todo el tiempo.


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