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viernes, 8 de enero de 2021

El héroe que no fue (Cuento)

Eran las 2 de la madrugada, y todavía hacía 30 grados con una humedad despiadada. Prestaba mis primeras guardias en la policía, cuando apenas comenzaba el último año de la academia. Siempre quise estar ahí, siempre quise vestir el uniforme policial y tener la responsabilidad de cuidar de la gente y mantener todo bajo control. No es que yo fuera el más valiente del mundo, todo lo contrario, enfrenté todos mis miedos para poder decidirme y fui cumpliendo todos los objetivos, uno a uno, para obtener mi placa. No era el mejor de la academia, pero tampoco estaba para que no se me tuviera en cuenta. El mero hecho de que me enviaran a las calles, daba cuenta que me veían preparado para comenzar a cumplir con mis deberes.

Ahí estaba yo, ese 6 de enero en la cervecería Imperio, donde parejas y grupos de amigos brindaban toda la noche hasta el cierre del lugar. Me paraba en diferentes lugares del local con mi flamante gorra, mi uniforme impecable y el chaleco de kevlar, muy caluroso combo, por cierto, y contemplando todos los movimientos, las caras, los estados de la gente y las situaciones que podían llegar a necesitar de mi presencia. En la academia era todo más aburrido, ahí todo podía suceder. O nada, pero de ninguna manera era lo mismo.

Tenía un compañero llamado Francisco, que era el mejor de toda la academia en tiro y lo venían asignado a una custodia política. —esto ya no son movimientos de entrenamiento. — me había dicho unos días antes, moviendo la cabeza. — En cualquier momento se nos complica el día y si no estamos preparados… — y pasó los dedos de la mano por su cuello, como si se lo estuvieran cortando. Era verdad, todo parecía un desafío, pero donde este desafío saliera mal alguno de nosotros podía no contar la experiencia.

Me estaba acordando de la charla con Francisco, cuando volvía del baño y un grupo de cuatro jóvenes armados ingresaban al local para robar la recaudación de la caja y todo lo que pudieran rapiñar de las mesas. Todas las teorías chocaban en es instante con la realidad, que se presentaba como una pesadilla, como esos libros «elige tu propia aventura» que leía de chico, donde según la decisión que tomabas era el final que se presentaba. Pero esto no era un libro. Automáticamente cumplí con lo primero que me enseñaron, — ¡Alto, policía! — grité a viva voz mientras levantaba mi arma hacia adelante. Mientras el grito salía desde mi garganta me sentía en una película de Hollywood pero, cuando todos pusieron sus ojos en mí, tuve mi primera duda. ¿a quien de los cuatro asaltantes armados debería apuntarle primero para que todo saliera bien? ¿O acaso se me ocurrió, que cuando gritara la voz de alto todos saldrían corriendo, como si vieran un monstruo?

Los disparos de los asaltantes comenzaron a quemarropa y me arrojé bajo una mesa, desde donde pude observar que tres de los delincuentes, «gracias a Dios, o a un monstruo a mis espaldas, del que no me percaté», salieron increíblemente corriendo luego de disparar. Pero el restante, tal vez el más guapo de los cuatro, había quedado del otro lado de la barra y se demoró en huir. Me quedé unos segundos agazapado bajo la mesa, para darle tiempo a que huyera y todo terminara ahí, pero el muy pelotudo nunca corrió. La mitad de los clientes, corrió durante los segundos de desconcierto y disparos, mientras que la otra mitad, incluido yo, quedamos en el piso escondidos detrás de algún objeto o mobiliario que de alguna manera nos protegiera. El muy descarado, se quedó detrás de la barra mientras robaba hasta el último billete, y yo ya no podía hacerme más el boludo y tuve que salir de bajo la mesa, mientras todos contemplaban mi parsimonioso accionar. Cuando estuve parado en posición de disparo, grité amenazante —¡quieto ahí o disparo! — Esperaba que el delincuente levantara las manos, pero contrario a mi pensamiento se levantó desde detrás de la barra tomando a la cajera por el cuello y poniéndole el arma en la cabeza. «¡Me arruinó!» pensé. —bajá el arma o le disparo a la piba — Gritó él mientras revoleaba la pistola como un loco que en cualquier momento disparaba a cualquiera. «La prioridad es la gente» me dijeron siempre, pero no me animaba a bajar el arma. El tipo se empezaba a poner nervioso y mientras salía de espaldas, desde del otro lado de la barra, y se dirigía hacia la puerta, se cubría con la cajera e intercalaba la punta de la pistola entre la cabeza de ella y yo. Nunca me moví un solo milímetro y menos aún dejé de apuntarle. Quien escucha la historia va a creerme muy valiente pero la verdad es que fue absolutamente todo lo contrario, mi cabeza gritaba que me escondiera en algún lado para permitir que escapara, pero mi cuerpo nunca respondió ninguna de mis órdenes. En todo momento estuve apuntando, sabiendo que nunca iba a disparar por temor a herir a la cajera, o a algún otro inocente. Cuando se acercaba a la puerta, comencé a relajarme y a pedirle que soltara a la chica. Él no respondía y ahora apuntaba hacia mí todo el tiempo. Caminé lentamente hacia atrás, para que no se sintiera amenazado y quizá, se atreviera a soltarla y escapar, entonces sí yo podría correrlo e intentar atraparlo; pero cuando estaba dando uno de esos pequeños pasos hacia atrás, trastabillé con alguna botella caída en el suelo que no pude evitar. En la caída se me apretó el gatillo, salió un solo disparo que nunca pude seguir con la vista y golpeé mi cabeza contra una de las silla que tenía detrás. Cuando recuperé el conocimiento el comisario estaba arrojando agua sobre mi rostro — ¿está bien agente Bermúdez? — la verdad es que no estaba bien. Nada estaba bien. Lo que me había pasado no tenía perdón de Dios, tuve miedo, no supe reaccionar, me resbalé y se me disparó el arma. No quería ni responder. Tardé un poco más en poder reconocer la situación y escuchar las voces. La gente estaba a mi alrededor y me miraba con preocupación. Nadie me insultaba. El comisario me ayudó a incorporarme, y cuando logré hacerlo, todos aplaudieron.

En la puerta de la cervecería, estaba tirado en el piso el cuerpo del último asaltante, sobre un charco de sangre y con un agujero de bala, perfectamente redondo, en el centro exacto de su frente. La cajera me abrazó llorando. Los demás compañeros, lograron atrapar al resto de la banda a unas cuadras de ahí. 

Cursé el último año de la academia admirado por todos los profesores, entrenadores y compañeros, Francisco incluido. Me recibí ese año, con honores y la entrega, en reconocimiento por mi accionar, de una medalla al valor. Todos estaban orgullosos, todos hablaban maravillas, y aún hoy cuentan la anécdota con más detalles de los que yo mismo puedo recordar. Yo también estaba orgulloso, creo. Pero no pude. No pude volver a levantar el arma, ni volver a las calles nunca más. 

Solo yo conozco el pánico que tuve en ese momento y lo fortuito de los resultados. De verdad, siempre quise ser ese héroe que todos habían descubierto. Pero tuve miedo. Esa fue mi única verdad.


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