Eran más de las 8, y desde las 4 de la tarde estaban sentados en los sillones de piedra, en la plazoleta del barrio Libertad, a un costado de las torres.
Casi todos los días
la misma rutina. El Gordo miraba entretenido unos videos en su celular, el
Gaita hablaba del último laburo que hicieron juntos, mientras zarandeaba una
botella de cerveza casi vacía, como si fuera un puntero láser, y el Pira
escuchaba, ensimismado, mientras armaba uno con lo último que le quedaba. Atrás
de ellos sonaba la música de los redondos, que venía desde la luneta abierta
del auto del Gaita, un gol GTI, negro, con detalles en rojo y vidrios
polarizados.
El Pira era el Pira
porque no dejaba que lo llamen pirata, le habían puesto así a los 15, cuando
perdió el ojo en un tiroteo en el barrio, entre dos bandas que estaban
enfrentadas.
Terminó de armar,
le dio mecha y tras varios segundos dejó salir el humo mientras interrumpía al
Gaita.
– Si hacemos las
cosas bien no vamos a tener problemas. Hay que ser responsables, cuando se
labura, se labura y punto. Si no, andá a preguntarle al Moco como se ve todo
desde abajo. – Con la imagen del Moco en el aire dio una seca potente antes de
pasárselo al Gordo, que no quitaba la vista del celular que sostenía con la
otra mano.
– Fea, la
comparación con el Moco. – Dijo el Gaita, que acababa de tirar el envase de
cerveza vacío en el césped, junto a los dos anteriores. – Yo soy responsable.
Cuando laburamos soy el que más se mueve y trato de estar en todo. – dijo serio
y mirando al gordo. – Gordo, ¿cuándo vas a largar ese celular? ¡Terminá con eso
y pasálo, que no es un micrófono! – Dijo levantándose apenas del asiento de
piedra y arrebatándole el faso de la boca al gordo.
– Ya lo dijo
Caballeri, ante todo somos un grupo de amigos, siempre unidos. Siempre primero
nosotros y todo lo demás después. – dijo el Pira, y echándose hacia atrás sobre
el asiento, con sus manos en la nuca, agregó – si no nos cuidamos entre
nosotros estamos puestos.
A unos doscientos
metros, desde la calle principal del barrio, se escuchó acercarse una moto que
acababa de doblar en la esquina. Los tres miraron en esa dirección. Era el
Tuerca, que a pocos metros bajó la velocidad y subió con la moto a la vereda
hasta frenarla entre el Gordo y el Gaita. – Chicos, hay un laburo dijo Caballeri.
Es un restaurante en Palermo. Puede que haya algún famoso. – Dijo el Tuerca,
sin apagar la moto ni bajarse. – ¿Qué le digo? -
– Decíle que
salimos en cinco, vamos por Nazo y el Tano y nos encontramos con vos en el
taller. – Dijo el Pira mientras se paraba y recibía la tuca del Gaita para
rematarla. Aspiró la última braza hasta quemarse la yema de los dedos, y
conteniendo todavía la respiración, sentenció – Vamos en el Bora, maneja Nazo y
el Tano va a la puerta. Entramos nosotros tres.
– Quedamos. – dijo
el Tuerca, mientras taconeaba el cambio en la moto para salir enseguida – Le
aviso a Caballeri y después volvemos todos al taller. Nos encontramos allá. –
El ensordecedor rugido de la CBR-1000 del Tuerca les hizo apretar los ojos,
mientras pasaba por entre los tres para volver por donde vino.
En el Bora de Nazo,
ya con Nazo al volante, y el Pira de copiloto, se dirigieron hasta el
restaurante de Palermo que les había indicado Caballeri. El trabajo era rápido
y seguro. Mientras el Tano bajó del auto y se paraba en la puerta del
restaurante, El Pira repartió las herramientas de trabajo y organizó la primera
presentación de la noche. Bajaron los tres y entraron al restaurante. Nazo
esperaba con el auto en marcha, y un papel en la mano que lo ayudaría a llegar
más rápido al taller de Caballeri.
En menos de cinco
minutos el Tano corrió hasta el auto, abrió la puerta del acompañante y luego
la de atrás, por donde entró mientras los demás venían corriendo con los bolsos
en la mano. Antes que cerraran las puertas Nazo arrancó quemando caucho y giró
en la primera esquina antes que alguien saliera por la puerta del restaurante.
La noche acababa de comenzar y la primera presentación había sido tremendamente
exitosa.
– Estaba la polaca
de las películas ¿vieron? – Dijo emocionado el gordo, sentado último en la
ventanilla de atrás, mientras curioseaba un IPhone rosa brillante libre de
contraseña.
El Pira se
arrodilló en la butaca del copiloto, mirando hacia atrás, y apuntando al gordo
gritó. – Gordo pelotudo. ¿No te das cuenta de que estuviste baboseándote al
lado de esa rubia todo el tiempo? No le sacaste la mirada de encima, y por
atrás tuyo salía una mina del baño hablando por celular que nunca viste. ¡Menos
mal que el Gaita la cazó al vuelo y le arrebató el aparato, sino estábamos
todos puestos!
– Pará Pira,
tranquilo que la noche recién arranca. – Dijo el Gaita intentando calmar un
poco los ánimos.
– Gente, no me
griten en el auto que estoy manejando y me pongo nervioso. Salió todo joya, no
la compliquen. – Dijo Nazo, que cuando giró en la avenida, divisó de inmediato
un patrullero en la siguiente esquina esperando el semáforo, y sin mediar
palabra, por puro instinto y algo de ansiedad, giró en forma de U sin bajar la
velocidad y salió hacia el otro lado. Las gomas, chillando en su carrera contra
el asfalto, desvirtuaron apenas el estrepitoso estruendo que los ensordeció
dentro del Bora.
La ruidosa maniobra
y lo abrupto de la secuencia llamó la atención de los oficiales, que habían
dejado el patrullero para atender un simple altercado entre vecinos. Subieron
al móvil extrañados y salieron en busca del sospechoso Bora, que en ese
entonces había alcanzado, al menos, unas cuatro cuadras de ventaja.
En el Bora, los
insultos desenfrenados de Nazo desentonaban con el silencio y el paralizante
asombro de los demás. Frenó de golpe unos metros más adelante y mientras bajaba
del auto gritó: – Corran, la policía va a llamar una ambulancia. – y echó a correr cruzando la avenida, al
tiempo que gritaba – ¡Corran! ¡Corran!
El tano y el Gaita
bajaron del auto con los bolsos y corrieron hasta la esquina, donde giraron hacia
el lado opuesto que Nazo. En el Bora quedaba el gordo en el asiento de atrás,
con la cabeza apoyada contra la ventanilla, empañada por el jadeo, y sus manos
presionando la herida del pecho, como le pedía el Pira, que bajó último del
auto, sin dejar de mirarlo, caminando lentamente hacia atrás y guardando el
arma en el bolso. Cuando el patrullero estaba a unos metros, y antes de girar y
salir corriendo, el Pira gritó, sollozando y agarrando con fuerza los pelos de
su cabeza – ¡Gordo pelotudo, mirá lo que me hiciste hacer! ¡Mirá lo que me
hiciste hacer Gordo!
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