La noche acompañó al sol en su descanso y me dejó ciego. Con gubia de diamantes, firme, cabal, dibujaba mi última frase como una obra de arte. El último sueño, ese que no podemos contar, ese que guardaremos con nosotros para siempre, ese último sueño es el que nos deja sin aire, y así, con la fe de los que creemos, convencidos de que las utopías tienen un destino de realidad, fue como nos fuimos quedando en este mundo sin soñadores.
«Aquí es donde se descansa». En esta tierra se descansa. Se descansa mientras todo se destruye, de a poco, mientras la luna, sin darnos cuenta, deja de aparecer. El mar se queda sin olas, la sal cae a lo profundo, la gente común espera que algo suceda, el frío y los anhelos frenan de golpe junto al mundo en plena bajamar y, encallado en la orilla, el pescador del bote gris alza el bagre más grande de la historia.
Hacía tiempo, un bagre había devorado a su esposa, dando muerte a su último sueño; pero esa vez la revancha se comió caliente y con papas, que el pimentón enrojecía, unas papas tímidas, algo maquilladas y con poco condimento.
Escuché barbaridades, estupideces y frases sin sentido, expresadas como doctrinas magníficas e irrefutables; y de pronto me callé la boca, antes de romper el espejo de una trompada.
«Cuando viví, lo hice todo», pensé durante mi último sueño, y abrí mis ojos queriendo soñar cuando ya me quedaba sin aire; como el bagre del pescador. Podría haber conseguido el más caro de los mármoles, el más fino de los diseños y el mejor de los grabadores, pero correspondía que mis propias manos grabaran, en la más inhumana de las piedras, el secreto del sueño que me cambió la vida. «Me fui sin dejar nada», decía la piedra de diamante. Sería esa piedra lo más parecido a la eternidad que creía buscar cuando aún vivía.
Ayer di cuenta de lo equivocado que estuve hasta el final de mi vida. Ayer, en plena lluvia, cuando de las alcantarillas brotaba el agua podrida de los inframundos, cuando las nubes ácidas se volvían oscuras y los truenos fatales martillaban la tierra. Ayer nomás, cuando creía que por fin había visto todo, que lo hecho había sido en vano y que en vano había sido hecho este infame engendro que descansaba en la paz de la nada… ayer, en plena tormenta, se acercó mi pequeña a la maciza roca diamantada, para dejar un recuerdo bajo mi último delirio.
«Aquí es donde se descansa.
Cuando viví, lo hice todo,
y me fui sin dejar nada».
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