Bienvenidos

Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Sé que he sido

Algo se ha quebrado en mí.
El pasado se desprende
me ha abandonado
en algún momento no preciso.

Nada de lo conocido se avecina
de lo contrario,
zonzamente,
debería ser el mismo todo el tiempo.

No sabría
si me dejo llevar
o tuerzo los caminos.

Pero ya no pisaré los suelos fatigosos
a menos que puedan llevarme
a un lugar buscado.

Jamás podría desterrar a mi pasado
ni ocultar sus vaivenes
ni ensombrecer sus conquistas.
Pero ha dejado de ser yo
para solo ser quien era.

De nada sirve
continuar sin recordar que he sido
sin saber que soy, y sin perder
la capacidad de asombro
por lo que todavía pueda ser.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Un mundo distinto (Cuento)

Aquella noche tuve mucho miedo. Nos hicieron quemar en las plazas todos los libros sin importar el contenido. Luego entraron a nuestras casas a la fuerza y nos quitaron libros, carpetas, escritos, todo. Hasta se llevaron el cuaderno de recetas de mamá. Fue una noche terrible.

Recuerdo que habían dictaminado en el Congreso que se debía desconectar la red mundial de internet y que las comunicaciones debían ser reguladas por el Estado. Papá se imaginaba que esas cosas podían llegar a suceder. A veces lo hablaba con mamá después de la cena y yo llegaba a escucharlos desde mi habitación, mientras creían que dormía.

En el colegio, el profesor Leandro no iba a dar más clase de Educación Cívica. Fue una gran pérdida para mi grupo de amigos: él era el único que solía explicarnos algunas cosas que nosotros no llegábamos a comprender del todo. 

Ese día, durante la hora libre que tuvimos, habíamos hablado con Hipólito, Carlos, Juan y algunos otros amigos sobre lo que sucedía. Estábamos seguros de que algo importante y extraño estaba pasando. Algunos decían que estaba bien porque nos estaban quemando la cabeza con ideas estúpidas y otros creían que era grave lo que sucedía, que debía haber lugar para todos si éramos capaces de entendernos.

Carlos estaba convencido de que debía haber un orden. Creo que todos estábamos de acuerdo en eso, pero él decía que el orden lo tenía poner alguien que se dedicara a eso, a poner orden; alguien que nos dijera cómo teníamos que hacer las cosas: «¡Como en la escuela!». 

Pero algunos sugerimos que tal vez ese orden no era el correcto y Carlos nos dijo que entonces debíamos ir con el encargado de poner orden y ver cómo se lo desplazaba de su puesto para tomar el control. El que se atreviera a desafiarlo y lo superara podría imponer el orden que creyera correcto. Pero eso nos parecía poco lógico e imposible para nosotros, que, con apenas 13 años, la mayoría de lo que sabíamos era por libros y por lo que escuchábamos en casa.

Hipólito creía que nosotros, los más chicos, éramos el futuro y debíamos tomar las riendas de los asuntos delicados del país, y así, al crecer, nos encontraríamos con lo que nos merecíamos. Que el futuro fuera construido por nosotros mismos, que éramos los que íbamos a tener que vivirlo. Varios de los chicos quedaron encantados con esa idea. Se propuso que, teniendo en cuenta lo que estaba sucediendo, escondiéramos algunos libros que nos interesaban, «incluso algunos de poesía», recomendó Jorge, que era un enamorado de escribir con una precisión increíble para su edad, y además en su casa se hablaban tres idiomas.

Juan nos dijo que todos teníamos razón, que debía haber lugar para todos, que lo importante era que nos juntásemos para poder sacar a los poderosos de su lugar, ocuparlo nosotros y poder así ser justos con todos los demás. Nos sonaba lógico e interesante.

Tuvimos que dejar la conversación cuando nos llamaron a la nueva clase. A partir de ese entonces, tuvimos una nueva materia llamada Introducción al Pensamiento, que nos iba a dar la profesora Cristina. Fue la profesora más intensa de todas. Nos hablaba horas y horas, incluso en ocasiones nos tuvimos que quedar en los recreos mientras nos explicaba los lineamientos para comprender el «nuevo pensamiento moderno». 

Ese año los exámenes de ella fueron terribles. Al menos hasta que Juan se dio cuenta de que, si escribíamos exactamente lo mismo que ella dictaba en clase, conseguíamos las mejores notas de la división. Y así fue. Algunos tuvieron problemas con su forma de dar las clases y hasta vinieron a hablar sus padres, pero muchos no lograban aprobar la materia y hasta se tuvieron que cambiar de colegio.

Papá decía que todo estaba escrito, que, si uno había leído lo suficiente, podía comprender casi cualquier cosa; que, si no había libros ni canales de comunicación de dónde obtener información, él iba a intentar trasmitirme todo lo que conocía para que yo pudiera pensar por mí mismo y darme cuenta de las cosas. Fue un gran padre.

Ese mismo año nos fuimos a vivir a un campo en Córdoba donde emprendimos una granja familiar. La verdad es que no me gustó mucho el cambio, pero papá me explicó que había renunciado al trabajo porque lo importante era ser fiel a uno mismo.

Cuando nos fuimos pude esconder algunos libros y revistas, entre los que seleccioné algunos de poesía, como había propuesto Jorge aquella tarde en el colegio. Una vez instalados en la granja, papá descubrió mis libros y se mostró orgulloso de lo que hice, aunque me advirtió los peligros del caso, debido a las circunstancias de aquel entonces.

Me enseñó a esconderlos en el campo. Enterrados. Siempre se me daba por pensar que, enterrados, tal vez algún día darían frutos o crecería un árbol. Él solía decirme que, de esa forma, enterrados, siempre se escondieron los tesoros, y que eso mismo eran los libros. Los podíamos consultar cuando quisiéramos si sabíamos mantenerlos escondidos y, si los escondíamos en nuestra memoria, mucho mejor. 

No fue mucho el tiempo, pero vivimos increíbles momentos en aquella granja, como por ejemplo, cuando papá armaba los fogones de los viernes, donde, después de la cena, leíamos algunos libros y terminábamos con poesías y relatos que podíamos discutir hasta el amanecer.

Uno de esos viernes, llegó una docena de autos mientras estábamos en el fogón. Papá tiró varios libros al fuego cuando los escuchó acercarse y me ordenó que fuera a la cama inmediatamente y que no saliera para nada. 

Entraron y dieron vuelta todo. No sé qué buscaban, pero le encontraron a papá un par de libros debajo de la cama. No creo que fuera ese el motivo, pero se los escuchaba satisfechos de haberlos encontrado. También revisaron toda mi habitación, pero no encontraron nada. Me escondí en un compartimento secreto que papá me había mostrado en el ropero, donde yo tenía escondidas algunas cosas, entre las que se encontraba un libro de poesía llamado Palabras, que me había recomendado una compañera de colegio que me gustaba mucho. Fue la última noche terrible que recuerdo en mi vida. Cuando se fueron me quedé guardado hasta escuchar los gritos de mamá cuando vino a buscarme al dormitorio. Recién entonces me animé a salir. Esa fue la última noche que pude ver a mi viejo.

Ya pasaron 2 años desde que él no vuelve a casa. Escribo este texto con miedo, entendiendo que no se debe hacer, pero me quedo con sus consejos de cuando leíamos al calor del fuego. Necesito dejarlo escrito en algún lado, sin importar los riesgos. 

No me quedan muchas esperanzas de volver a ver al viejo, pero me quedé con sus libros enterrados en el campo. En cada uno de ellos, hay una parte de él. Los leo y pareciera que escucho su voz, como si me hablara por sobre los escritos. Hasta llegué a encontrar enterrados unos ejemplares donde el autor tiene, exactamente, el mismo nombre que papá.


jueves, 17 de septiembre de 2020

El impacto de los cambios (Cuento)

Es bueno volver a los lugares de siempre con la frente alta. Las vueltas de la vida pueden colocar a alguien en los lugares buscados o sorprenderlo. Así, las cuestiones económicas del país llevaron a que, entrando en la adolescencia, Fernandito tuviera que mudarse de su casa de siempre, en Palermo, para vivir en un barrio del Gran Buenos Aires. A determinadas edades los cambios pueden ser muy frustrantes, o no tanto, pero siempre dejan alguna marca.

Recién a los 15 años, había logrado el relativo nivel de respeto y confianza que siempre había pretendido. Se movía cómodo entre su grupo de amigos incondicionales y el resto del piberío del barrio, que ya lo tenía entre los imprescindibles de la barra. Una barra ciertamente sin cabecilla, claro, ni necesidad de uno. Las historias eran más largas y épicas que las realidades, y las anécdotas eran más palabras que acción, pero Nando había conseguido un equilibrio bastante respetable.

En definitiva, cumplía con los estándares necesarios para ocupar el lugar que tenía en la barra, sobre todo con su compromiso, presencia y compañerismo. Nando había vivido en Palermo hasta los 12 años. Después, su familia se mudó al barrio. Cuando cumplió los 16, en la esquina de su casa (viejo caserón abandonado que funcionaba de punto de encuentro de la barra) comenzó una obra en construcción que duró casi un año. Una casa blanca de tres pisos con detalles en madera y tejas negras se erigió en la esquina como un monumento indiscutible. Nada cambió más que la incógnita de saber quiénes serían los nuevos dueños que dejaban a la barra sin su predio preferido.

Después de ese verano, los nuevos vecinos se mudaron a la casa de la esquina y, días más tarde, todos conocían a Lionel, el nuevo integrante de la barra. Los pibes no perdieron la costumbre de juntarse en la esquina y ahora Lionel era el dueño del lugar. Con sus 17 años, su familia se había cansado de los ruidos de Recoleta y se construyeron su lugar en el barrio, justo en la esquina en que Nando, sus amigos y toda la barra se juntaron siempre.

Lionel no era mal pibe, pero para Nando algo de humildad no le hubiera venido mal. Según él, el nuevo traía esas ínfulas de Nobleza o exclusividad sofisticadamente europea que suponen tener los habitantes de Recoleta. Solía decir que eran pibes que creían nacer adultos, con una seriedad tan superficial como sus sentimientos. Nando tampoco era mal pibe, pero para Lionel ese aire de justiciero y esa falsa humildad que profesaba no le hacían mejor que nadie, todo lo contrario. Estaba convencido que los pibes de Palermo creían ser superiores a todos, siempre cancheros, creyéndose agradables y divertidos como ningún otro. 

No pasó más de un mes que todo el piberío se había acercado a Lionel y, debido a que Nando no quería perder su lugar, observaba en detalle todas las situaciones entre absorto y decepcionado, juntando una frustración tras otra. La casa de Lionel ya era lugar de reunión, se anotó en el mismo club de fútbol, tenía auto y licencia, y todas las pibas del barrio ya lo llamaban Lío.

Una tarde en el club, Lionel y Nando se enfrentaron en equipos opuestos durante un entrenamiento de fútbol. El técnico lo llamaba Laionel, y Nando soportó esa tarde durante todo el primer tiempo que a Laionel se le perdonaran algunas faltas de las que a él le cobraban sin lugar a duda. 

A poco de terminar aquel primer tiempo, Lionel corría con la pelota cegado hacia el arco, Nando lo corrió de atrás con todas sus fuerzas y, cuando parecía que lo iba a asesinar, tiró un manotazo y alcanzó a cachetear su pierna tomándola por el tobillo. Lionel no cayó, alcanzó a frenar entre algunos saltitos sin que Nando lo soltara hasta que pudo mantenerse en pie. Con su pie todavía en manos de Nando, miró hacia atrás. Con cara de pocos amigos y haciendo montoncito con la mano, le preguntó:

—¿Qué hacés?

—Nada —contestó Nando con sarcasmo y sin soltarle el pie—. ¡No me vas a decir que fue falta! —Entonces sí, con una leve sonrisa socarrona, lo soltó.

Lionel encaró a Nando, que ya daba por terminado el entuerto. Literalmente hablando, le puso el pecho y lo frenó.

—¿Qué te pasa?, ¿sos piola? —dijo Lionel mirándolo fijo con el ceño fruncido.

Nando no se achicó. También le puso el pecho y lo miró fijamente a los ojos.
—Van tres faltas claras que hacés y te las dejan pasar. ¡Tres! Conmigo no te hagás el vivo. Jugá bien y no te hagas el canchero —le advirtió nariz con nariz.

La idea de Nando era, dicho esto, continuar con el partido. Pero esta vez las cosas eran diferentes: ninguno retrocedía y, cara a cara, conformaban una promesa de pesos pesados que garantizaba historia: ambos de contextura grande, pero con media cabeza de ventaja para Lionel y un entrenamiento de gimnasio que era evidentemente bastante más exigente que el de Nando.

Nando comprendió que estaba en problemas. Todos los presentes los rodearon expectantes. El tiempo parecía suspendido y el silencio, eterno. «No puede suceder nada. El técnico va a separarnos en cualquier momento», pensó Nando y escuchó cómo el técnico apostó 100 pesos por Lionel mientras uno de sus amigos no se animó a aceptar la apuesta.

Pocas veces había peleado mano a mano. Miraba a Lionel esperando algún movimiento, alguna amenaza, grito o insulto. De pronto el movimiento esperado llegó. Cuatro de sus nudillos impactaron en la parte izquierda de la cara, en el maxilar, justo adelante de la oreja. Los sonidos se apagaron para Nando y recién ahí su pelea comenzó. El intenso dolor activó algo en él y los puñetazos comenzaron a cruzarse para uno y otro lado. Lionel esquivaba, Nando solía recibir, pero la pelea se fue tornando más pareja, aunque Nando llegaba al rostro de Lionel sin demasiada fuerza, y Lionel sonaba contra el maxilar de Nando, que soportaba estoicamente.

Cuando Nando se abalanzó sobre Lionel y lo llevó al piso, donde se sentía más cómodo y con más experiencia, el técnico, seguido por algunos de los compañeros, interrumpió la pelea para separarlos. 
Se miraron fijo y sin hablar mientras los alejaban. Luego de reunirse el técnico con la comisión de disciplina del club, se los notificó de una semana de suspensión y los sacaron por distintas puertas.
Durante esa semana Nando no salió. El maxilar le dolía tanto que casi no hablaba. La comida sólida fue una complicación por más de un mes y, con cara de enojado con el mundo, se convirtió prácticamente en monosilábico, emitiendo apenas las palabras mínimas y necesarias. Seguramente, algo se rompió. No sabía qué, pero algo se había roto. Cada noche en su cama, se prometía que nadie iba a conocer su dolor, y así fue. Esa fractura fue una herida silenciosa e imborrable que nunca vería la luz.

Superada la semana, ambos volvieron al entrenamiento sin dirigirse la palabra. Nadie quería darle la espalda a Nando, pero evidentemente algo había cambiado en esos días de encierro. Nando no lograba entender y una cantidad infinita de fantasmas se hizo presente. Volvió a su casa derrotado, mientras el resto de los pibes se quedaba tomando algo en el club. 

Esa tarde su padre le dio la noticia. Se lo comentó de la mejor manera posible para que no se sintiera incómodo o molesto con la decisión. La situación en la empresa había mejorado lo suficiente y volvían a estar en una buena posición. Todo estaba resuelto, la familia volvía a Palermo.

Para Nando no importaba lo que los demás pudieran pensar desde ese momento. Él mismo, sin que nadie pudiera enjuiciarlo, acababa de juzgarse y aceptar su primera gran derrota.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Tornados en silencio

Podría quitarme la vida,
arriesgarla en una esquina,
o esperar que el impulso de la explosión
me disperse
para de cada parte de mí
iniciar un nuevo estallido.

Hasta acabar conmigo
sin conseguir nada.

Podría buscar la forma
que no existe,
e intentar llegar a una meta
que se escapa a cada paso,
como si en cada uno
le acertara un puntapié.

Va cayendo el sol
de salvadores vencidos
que decían vender tiempo
y compraban mi futuro.

Todo tenía un precio,
pero no termino de abonar
un infinito creciente
de tiempo encerrado en relojes
e inconstantes calendarios.

Cometemos el error
de confiar que ante la cuerda
nos va a salvar aquél
que supimos desatar
de las sogas de las sogas.

Yo no rifo nada
ni vendo mi alma, tengo
una infinita cosecha de frutos
que aún confían ver el sol.

domingo, 9 de agosto de 2020

Caídas y recaídas (Cuento)

- Trilogía Parte 3 -

Un mes pasó desde su caída por la escalera. Todavía tiene la pierna enyesada desde el muslo hasta el tobillo. Catalina le trae el té a la cama mientras la televisión transmite un recital de Bon Jovi.

—¿Cómo está esa pierna? —preguntó ella mientras apoyaba la mesita plegable en la cama.

—¡Bien! La verdad que la siento bastante bien. Se la nota deshinchada y pareciera que ya la puedo mover, aunque esté adentro de este yeso —contestó incorporándose para tomar el té.

Ella se sentó en la silla al lado de la cama y, con gesto de preocupación, exclamó: 

—¡Qué cagada, ¿eh?! —Y agregó como consuelo—: ¡Desgracia con suerte! —Y cerró con una sonrisa tímida, mientras comenzaba a untarme una tostada.

Hacía exactamente un mes, Damián estaba desayunando en la cama de Camila, su asistente de 23 años del estudio. Fue un romance inolvidable, cinematográfico, que duró más de un año y terminó como terminó gracias a la capacidad de Damián para las caídas.

Dicen que las caídas son las que nos dejan enseñanzas y puede que en ocasiones sea cierto.

Tomó un sorbo de té y se quedó un rato observando detenidamente a Catalina preparar la tostada. 

Aquel día ella estuvo irreconocible, totalmente desencajada, y no era para menos. No sé si por él. Creo que más por ella misma y su amor propio. ¡Él era un tarado! Al menos en ese momento. Fue una caída dura, y una recuperación muy larga. Es que, en rigor de verdad, la primera caída fue increíble. Fue una caída de ensueño. Una caída al infinito. Fue una de esas caídas donde, al tomar velocidad el cuerpo, el pánico y el vértigo hielan la sangre, endurecen los músculos, erizan la piel, pero, a medida que la caída se extiende y el golpe no llega, el pánico y el vértigo se hacen amigos, ¡se hacen placer! La sangre helada hierve, los músculos entumecidos se fortalecen como nunca y la piel erizada revierte los avatares del tiempo y se muestra espléndidamente viva, radiante. La sensación de caída se desvanece y nace la sensación de volar; y cuando uno vuela se siente libre, se piensa libre e inmortal. Cuando uno vuela, todo lo terrenal es mero decorado, las palabras son apenas una brisa y el mundo, la tierra, el resto de lo mortal, se encuentra lejos, debajo nuestro. Muy debajo. Tan debajo que podemos olvidarlo, cerrar los ojos, desplegar nuestros sueños como alas enormes y volar, volar en un infinito que nos acaricia el alma, en un viaje de placer que nos cuenta en secreto que estamos más vivos que nunca y que nadie, que logramos todo lo que se puede lograr, que somos el universo, el todo, el infinito mismo.

Hay también teorías que se contraponen con ese universo. Un claro ejemplo de ellas acabó siendo la teoría gravitacional. Pero en ese momento, uno es tan inmenso y enorme, con los brazos extendidos como alas y el pecho firme como una coraza, que, cuando la realidad nos golpea, quedamos abrazados a la única tierra conocida en un encuentro de velocidad inconmensurable. Proporcionalmente descomunal al viaje desvanecido. El impacto absorbe todo. Se crea algo así como un gran agujero negro donde todo lo que era dejó de ser, y nada escapa de ahí dentro. El viaje, el vértigo, las sensaciones, la libertad, todo deja de existir exactamente en el momento de ese impacto; una implosión del todo.

«¡¿Cómo podría uno olvidar ese traumático momento eterno?!».

«¡No hay forma!».

Aquella mañana el sonido del impacto se oyó tras la ensordecedora inquisición del universo, que aullaba una y otra vez «¿Dónde está ese hijo de puta?», con la voz de una Catalina sobrenatural, en pie de guerra y en la puerta del departamento de su amante, 20 años menor.

—¿Dónde está ese hijo de puta? ¡Decime! ¿Dónde está ese hijo de puta? ¿Dónde está? —repetía.

Cualquier golpe es nada. En ese microsegundo el universo se detiene frente a uno mismo, te mira fijamente a los ojos, te abre sus manos como pidiendo disculpas y, tras levantar ambas cejas y morderse los labios, se desvanece como ese polvillo que arrojan los ilusionistas después de consumar el engaño en tu mismísimo rostro.

Muy a pesar de todo, uno no puede ser tan cobarde de quedar en silencio y darse por derrotado mientras el destino te escupe en la cara. Uno se levanta, infla el pecho todo lo que puede y, aunque no quiera, sale a poner la cara y explicarlo todo. Aun cuando no exista sobre la faz de la tierra explicación alguna pasible de ser siquiera escuchada.

En ese intento de quién sabe qué, Catalina, ya habiendo hecho contacto visual con Damián y corroborado su presencia, supo entonces que nada más había por hacer. Obviamente, después de mirarlo con los ojos inyectados en sangre, le dijo:

—¡Basura! —Lo señaló y sentenció—: Estás muerto. —Luego giró sobre sí misma y comenzó a bajar las escaleras.

En ese preciso instante, no hay nada que pensar. No sabría si por instinto, por obligación moral, por orgullo o vaya uno a saber por qué, pero tenemos que salir corriendo detrás de nuestra esposa (nuestro único infinito terrenal) y no dejarla ir con esa espeluznante imagen de nosotros. Bajo ese principio se gestó el inicio del fin. Medio dormido, descalzo, despeinado y en ropa interior, corrió «heroicamente» tras ella hasta el segundo escalón de la escalera, donde el destino quiso que las vueltas de la vida comenzaran.

Las vueltas de la vida terminaron recién en el entrepiso. Camila se asomó a la baranda de la escalera con cara de asombro, sin poder creer que hubiera salido eyectado tras Catalina. Cuando lo vio desparramado en el descanso, se llevó una mano a la boca y quedó inerte, observando todo.

Desde abajo, tal vez al sentir que las vueltas de la vida lo estarían lanzando hacia ella, Catalina detuvo su carrera y, preocupada por mi estado, volvió sobre sus pasos. Todas las puertas comenzaban a abrirse, mientras Catalina buscaba el celular en su cartera para pedir una ambulancia.

Dos horas más tarde, comenzaban las cirugías en la pierna. Mala pata la de Damián, muy cierto, pero una serie de imágenes quedó grabada en su memoria para siempre como una cicatriz. Los rostros, los gestos, las sensaciones. Todo converge en algún punto del espacio-tiempo y la cabeza reconoce haber descubierto, quién sabe en qué espacio del infinito, una película que nos revela todo. En ese instante todo recobra su sentido.

Despertó un día después, con su pijama de ocasión y la pierna sostenida por una cuerda, completamente extendida y contenida por un yeso enorme, la cabeza vendada como una momia mal armada y todo ese cablerío de rigor conectado a su cuerpo. Catalina estaba ahí, sentada a un lado de la cama. El sol del atardecer entraba por las ventanas de la habitación y acariciaba su cara sin maquillaje y semidormida. Siempre supo lo que quería. Pero a veces, cuando uno tropieza, no puede ver otra cosa que su caída.


Nadie escribe cartas (Cuento)

- Trilogía Parte 2 -

Catalina lo imaginaba desde hacía tiempo, pero no quería pensar en eso. Quizá, en lo más profundo de su inconsciente, barajaba la idea de que todo volvería a la normalidad sin cambiar demasiado. Esa mañana, cuando el invierno comenzaba a despedirse, sintió que todo tenía que terminar. El suspenso tenía que terminar, la espera. La agonía.

Desde hacía tiempo Damián estaba distinto. Siempre fue un gran hombre, de eso no había dudas, pero había que estarle encima porque su cabeza siempre estaba en otro lado. Aunque de un tiempo a esta parte algunas cosas parecían haber comenzado a acomodarse. Ya no resultaba necesario que ella, por ejemplo, le comprara ropa nueva o corrigiera su vestuario; es más, hasta se estaba vistiendo algo más moderno de lo que sus 45 años venían denunciando. Solía estar bastante prolijo, se compraba camisas más a la moda y se lo notaba mucho más activo que antes. Algo estaba cambiando en él. Al principio se presentía y, al cabo de un tiempo, ya era lo suficientemente evidente.

La pasión de Damián por la arquitectura siempre fue un gran motor de su vida y, desde hacía unos años, siendo ya el arquitecto en jefe de la empresa, por algún motivo comenzó a sentirse acabado. Ella siempre estuvo ahí, a su lado, siempre acompañando, apoyando, opinando cuando la situación lo ameritaba o consolando cuando las cosas no salían.

Un momento clave fue cuando Fernando se fue de casa. Estaba estudiando en París desde el invierno anterior y, desde que dejó la casa, la distancia entre Damián y ella había crecido un abismo. La idea de estudiar en el exterior nunca fue completamente aceptada por Damián; en cambio, ella hizo todo lo posible para que Fernando pudiera realizarse como soñaba. Al fin y al cabo, sentía que era el último esfuerzo como madre para que se formara como profesional y pudiera estar preparado para, algún día, conformar la familia como él soñara.

Pero, desde aquella partida de Fer y la incorporación de jóvenes pasantes en la empresa, algo en la actitud de Damián se fue transformando. Se reavivó, se volvió a encender el Damián que había conocido en su adolescencia, ese arquitecto que investigaba y creaba nuevos estilos, modernos, no ortodoxos, extravagantes pero delicados y concretos. Damián estaba renaciendo. Se lo veía más fresco, más feliz, más ágil, independiente y preocupado por sí mismo.

Todos esos cambios —notorios, por cierto— no se estaban reflejando en la relación entre ellos. Todo lo contrario. Ella no podía decir que él faltase en la casa, era un hombre que colaboraba, estaba siempre presente y parecía estar pendiente de que nada faltase, de que todo funcionara y estuviera en orden. Prácticamente, no había nada para reprocharle. Pero ella sentía un terrible vacío a su alrededor: a la casa le faltaba algo, a su vida le faltaba algo. Se sentía sola y desamparada; con un magnífico hombre a su lado que parecía estar encontrando una nueva plenitud, pero que lamentablemente parecía no estar con ella.

En lo profundo de su ser, ella temía haber cometido un grave error. Solo ella tenía el recuerdo de ese momento crítico donde todo estuvo a punto de estallar por los aires. Había depositado su mirada en otra persona, y algo más tal vez, probablemente descuidando la casa, la familia, la armonía del hogar. Pero fue un momento de inconciencia, un delirio que inmediatamente la hizo caer en una realidad que decidió asumir como mujer, madre y esposa.

Muchas veces se armó de esperanza, presintió que todo estaba por cambiar. En la casa todo continuaba de la misma manera. Hizo esfuerzos por acostumbrarse. Tal vez así eran las cosas ahora. Tal vez eso era la vida que le tocaba y ella era quien no estaba entendiendo algo. Tal vez él sabía de sus secretos y estaba siendo compasivo. Pero, no. Ella sabía que entendía todo demasiado bien, y eso, hiciera lo que hiciera, le dolía. La perseguía y la acechaba.

El último viernes que estuvieron juntos viendo esa película de suspenso, hacía algo más de dos semanas atrás, él se quejó de que había salido ese viaje de 20 días por trabajo. Tenía que ir a Uruguay a hacer un estudio para un proyecto en Montevideo. Iría solo. Sí o sí tenía que viajar él, le habían dicho. Lo dijo sin ánimo, molesto. Ella notó, ciertamente, que lo dijo con desgano. En su interior él no quería ir a ese viaje. Estaba segura de eso. Lo notó en su tono, en sus formas y hasta en la actitud de toda esa última semana preparando las cosas para el viaje. Tal vez era ese el momento. Podría ser que, entonces sí, algo estuviera por cambiar, pensó ella. Tal vez ese viaje fuera la clave. Tal vez el momento que hacía más de un año estaba esperando tuviera fecha de desembarco.

Para el viernes siguiente, estaba planeando acompañarlo al puerto, pero él insistió en que no. El buque zarpaba tarde y sería peligroso para ella volver sola desde allá. Se quedaría más tranquilo si se despedía por la mañana y se iba directo desde la oficina. Finalmente, así fue.

Esa noche de viernes, terminó de convencerse de que todo estaría bien. El viaje iba a ser saludable para ambos, una bocanada de aire para poder continuar con más energía, con una nueva actitud, para poder volver a sentarse, mirarse a los ojos, reconocerse cada uno en el otro y poder encontrar todo lo que no estaban viendo.

Todas las noches, a las 22:00, Damián llamaba para preguntar cómo estaba todo y contar cómo le había ido durante el día. Todos los días un llamado. Algún mensaje en ocasiones cuando se hacía demasiado tarde. Pero todos los días se comunicaba. Durante esos días, y a pesar de la distancia, se sintió más conectada con él que cuando estaba sentado a su lado en el comedor. Faltaba poco para su regreso. Había llegado el momento, y ella debía estar a la altura.

Fueron 17 días desde su partida, y esa mañana el sonido interminable del timbre la despertó de golpe. Se levantó molesta. Pensó, mientras buscaba algo para ponerse, que hacía rato no se enojaba en serio. Apuró el paso para no demorar más tiempo y abrió la puerta. El cartero la esperaba con una carta en la mano y una carpeta con un bolígrafo en la otra.

—Carta para Catalina Irusta —dijo el muchacho sentado en su bicicleta y apoyando el pie en el escalón del zaguán—. ¿Es usted?

—Sí, soy yo —respondió ella mientras cerraba bien su bata. Firmó el recibo, tomó la carta y le agradeció al cartero con una sonrisa.

Cerró la puerta y, durante el trayecto hasta el dormitorio, fue observando la carta recibida. El sobre lo remitía Camila Montana con su dirección. ¡Extraño! ¿Quién era Camila Montana? Sería una propaganda. «Ya nadie escribe cartas», pensó. Se sentó en la cama y, para quitarse las dudas, abrió el sobre. Quitó de su interior la cuartilla doblada al medio y, al abrirla, en un prolijo manuscrito de pluma, leyó:


«Estimada Catalina:

Si quiere recuperar a Damián, su marido, acérquese de inmediato al departamento de la Srta. Camila Montana antes de que él regrese de… ¿su viaje a Uruguay?

Saludos de su amiga más sincera,

La realidad».


viernes, 7 de agosto de 2020

La Tesis (Cuento)

- Trilogía Parte 1 -

Damián trabajaba en la compañía desde joven, y desde hace 5 años era el arquitecto en jefe. Durante el último año, le asignaron una joven pasante que estaba terminando su carrera, Camila, de 23 años. 

Con la frescura y el atrevimiento de la juventud, al poco tiempo de conocerse, Camila había solicitado a Damián, encantada por su dialéctica y conocimientos, su colaboración para la tesis que debía presentar en su examen final, y él, enamorado de su profesión como pocos y contento con su entusiasmo, no pudo negarse a su pedido.

Al inicio comenzaron quedándose un par de horas en la oficina después del trabajo, pero con el tiempo Damián prefirió que se juntasen en su casa, ya que él poseía mucho material para consultar durante el desarrollo de la tesis. 

Damián vivía en un departamento en Palermo junto a su esposa, con quien tenían un hijo de 19 años que se encontraba estudiando en el exterior. Damián decidió organizar una pequeña oficina en la habitación de su hijo y comenzó a compartir algunas tardes a la semana enfocado en la tesis junto con Camila. 

Con el correr de los encuentros, se fueron sintiendo demasiado cómodos, se fueron admirando mutuamente, y ambos, apasionados por su profesión, terminaron cayendo en la tentación de un romance que, ante la sorpresa de ambos, se fue convirtiendo en una realidad única.

Los meses siguientes fueron consolidando el romance y a los encuentros de estudio en su casa, se fueron sumando visitas a la de ella, y alguna que otra salida esporádica a lugares seguros en las afueras de la ciudad. 

La relación, por momentos, parecía un noviazgo normal, y era en esas situaciones donde Camila, temiendo confundirse, preguntaba en más de una ocasión cómo seguiría esa historia. Damián nunca dejó de repetir que, mientras ella fuera su pasante, nada podía suceder entre ellos y ambos debían evitar cualquier acto que levante sospechas. Pero en muchas oportunidades, descuidado y obnubilado por la belleza de la joven y lo fantástico de la relación, también llegó a asegurar que, llegado el momento, dejaría todo por ella.

Dicen que el tiempo vuela y que las palabras se las lleva el viento, y en esa historia, el viento no se llevó algunas palabras y a esa altura del vuelo la tesis ya había sido entregada, Camila ya tenía su título y la empresa ya la había contratado de forma definitiva con grandes expectativas. En ese momento cumbre, Camila estaba absolutamente convencida de que, ahora sí, todo estaba dado para poder contar a todos sobre su relación y comenzar una vida nueva juntos, como ambos se merecían.

Algunos temores —quién sabe si morales o imaginarios— nunca dejaron de merodear por la cabeza de Damián, que, con el afán de ganar algo de tiempo, se le ocurrió ofrecerle a Camila una pequeña prueba de convivencia, inventando un viaje de trabajo y pudiendo así probar algo parecido a una vida cotidiana juntos. Luego, e incluso durante esos 15 o 20 días, podrían pensar juntos sobre su futuro y tomar una decisión al respecto. Camila, que no pudo soportar sentirse a prueba todavía, se mostró profundamente ofendida y menospreciada, jurando, entre lágrimas y gritos, no estar para recibirlo cuando se arrepienta de sus mentiras.

Pasaron días sin que Camila atendiera sus llamadas, y él se supo cobarde y culpable, sintiendo ahora que cada día pasaba extrañaba más su compañía. Tras una semana sin ir a la empresa, Camila decidió llamarlo para acordar un encuentro donde pudieran hablar seriamente sobre todo los ocurrido.

Esa misma tarde, Damián salió antes de la oficina, sin dudar se dirigió directo a casa de Camila y golpeó a la puerta de su departamento. Ella, sin arreglarse siquiera y todavía en bata, abrió la puerta en silencio, cerró bien sus solapas y, poniendo ambas manos en sus bolsillos, se dirigió pensativa hasta el centro de la sala con la cabeza baja. Damián, todavía vestido de oficina y sin quitarse el sobretodo, cerró la puerta y yendo tras ella, comenzó la conversación:

—Bueno, me llamaste para hablar —dijo fríamente mientras dejaba su portafolios. Y se anunció—: Aquí estoy.

Ella, dándose vuelta, sentenció.

—Vivamos ese tiempo al menos. —Y lo miró a los ojos estudiando su reacción.

—¿Estás bromeando o qué? —se asombró él.

—No —contestó ella, suave, con sonrisa cómplice, y ratificó su sentencia—: Digo que hagamos la prueba.

—Pero ¿qué explicación voy a dar a mi esposa? – Preguntó él.

—Dijiste expresamente que inventarías un viaje, o algo. – Replicó ella.

—Pero ¿cómo invento algo así, de la nada? No estás comprendiendo la situación, ponte en mi lugar. Claro que quiero estar contigo, pero no es tan fácil hacerlo como decirlo.

—Desde hace un año que lo estás repitiendo. —Y, con cierto aire de fastidio, reclamó—: Yo nunca te pedí nada, tú eras quien repetía una y otra vez que dejaría todo para quedarse conmigo.

—¡No puedes ser más injusta! Tú fuiste quien estuvo siempre detrás de mí esperando su momento, ¡su oportunidad! —Y, comenzando a retroceder, pero sin realmente confiar en lo que decía, afirmó apesadumbrado—: ¡Nunca debería haber permitido esta historia!

—Perdóname —se apresuró ella viendo que la situación podía escaparse de sus manos. Se acercó los tres pasos que los separaban y, sin mirarlo a los ojos, pero con una sensualidad exquisita, volvió sobre sus palabras—: Perdóname, prometo que no va a volver a suceder. Solo conviviremos esos pocos días y luego tomarás la decisión que te parezca… y yo la aceptaré.

Él la acercó en un abrazo y, luego de besarla pensativamente en la frente, asintió.

—Está bien. Déjame ver cómo.

De alguna manera era lo que estaba esperando, una puerta quedaba abierta para que pudiera tomar su decisión y resolver sin presiones. Los días próximos serían una real experiencia mientras pensaba cómo solucionar todo. Ese mismo día ambos supieron que, de alguna manera, un final se estaba escribiendo. Él, atiborrado de dudas y temores, aún no sabía cuál ni cómo sería; ella, por el contrario, sabía perfectamente el final que comenzaba a escribir.

Damián terminó embarcado en un viaje fantasma a Uruguay y se dirigió a San Telmo a vivir esos 20 días al departamento de Camila. Fueron realmente días increíbles, donde ambos se sintieron cómodos y felices por demás. La vida de ambos era perfecta, los días pasaban y Damián comenzaba a tomar conciencia de que esa vida podía ser suya. «¡Podría funcionar!», pensó. 

El decimoséptimo día, como si la desgracia tocara a la puerta por la mañana, alguien golpeó en el departamento de Camila. Él, despreocupado en su fantasía mientras desayunaba en la cama, apenas se interesó por quién molestaría tan temprano. Ella, como si una intriga desmedida la invadiera, lo miró fijo un segundo — ¿Quién será? — dijo, tomando el salto de cama y se dirigiéndose a abrir la puerta. Con una carta en la mano, la esposa de Damián entraba a los gritos pidiendo por su marido.