- Trilogía Parte 2 -
Catalina lo imaginaba desde hacía tiempo, pero no quería pensar en eso. Quizá, en lo más profundo de su inconsciente, barajaba la idea de que todo volvería a la normalidad sin cambiar demasiado. Esa mañana, cuando el invierno comenzaba a despedirse, sintió que todo tenía que terminar. El suspenso tenía que terminar, la espera. La agonía.
Desde hacía tiempo Damián estaba distinto. Siempre fue un gran hombre, de eso no había dudas, pero había que estarle encima porque su cabeza siempre estaba en otro lado. Aunque de un tiempo a esta parte algunas cosas parecían haber comenzado a acomodarse. Ya no resultaba necesario que ella, por ejemplo, le comprara ropa nueva o corrigiera su vestuario; es más, hasta se estaba vistiendo algo más moderno de lo que sus 45 años venían denunciando. Solía estar bastante prolijo, se compraba camisas más a la moda y se lo notaba mucho más activo que antes. Algo estaba cambiando en él. Al principio se presentía y, al cabo de un tiempo, ya era lo suficientemente evidente.
La pasión de Damián por la arquitectura siempre fue un gran motor de su vida y, desde hacía unos años, siendo ya el arquitecto en jefe de la empresa, por algún motivo comenzó a sentirse acabado. Ella siempre estuvo ahí, a su lado, siempre acompañando, apoyando, opinando cuando la situación lo ameritaba o consolando cuando las cosas no salían.
Un momento clave fue cuando Fernando se fue de casa. Estaba estudiando en París desde el invierno anterior y, desde que dejó la casa, la distancia entre Damián y ella había crecido un abismo. La idea de estudiar en el exterior nunca fue completamente aceptada por Damián; en cambio, ella hizo todo lo posible para que Fernando pudiera realizarse como soñaba. Al fin y al cabo, sentía que era el último esfuerzo como madre para que se formara como profesional y pudiera estar preparado para, algún día, conformar la familia como él soñara.
Pero, desde aquella partida de Fer y la incorporación de jóvenes pasantes en la empresa, algo en la actitud de Damián se fue transformando. Se reavivó, se volvió a encender el Damián que había conocido en su adolescencia, ese arquitecto que investigaba y creaba nuevos estilos, modernos, no ortodoxos, extravagantes pero delicados y concretos. Damián estaba renaciendo. Se lo veía más fresco, más feliz, más ágil, independiente y preocupado por sí mismo.
Todos esos cambios —notorios, por cierto— no se estaban reflejando en la relación entre ellos. Todo lo contrario. Ella no podía decir que él faltase en la casa, era un hombre que colaboraba, estaba siempre presente y parecía estar pendiente de que nada faltase, de que todo funcionara y estuviera en orden. Prácticamente, no había nada para reprocharle. Pero ella sentía un terrible vacío a su alrededor: a la casa le faltaba algo, a su vida le faltaba algo. Se sentía sola y desamparada; con un magnífico hombre a su lado que parecía estar encontrando una nueva plenitud, pero que lamentablemente parecía no estar con ella.
En lo profundo de su ser, ella temía haber cometido un grave error. Solo ella tenía el recuerdo de ese momento crítico donde todo estuvo a punto de estallar por los aires. Había depositado su mirada en otra persona, y algo más tal vez, probablemente descuidando la casa, la familia, la armonía del hogar. Pero fue un momento de inconciencia, un delirio que inmediatamente la hizo caer en una realidad que decidió asumir como mujer, madre y esposa.
Muchas veces se armó de esperanza, presintió que todo estaba por cambiar. En la casa todo continuaba de la misma manera. Hizo esfuerzos por acostumbrarse. Tal vez así eran las cosas ahora. Tal vez eso era la vida que le tocaba y ella era quien no estaba entendiendo algo. Tal vez él sabía de sus secretos y estaba siendo compasivo. Pero, no. Ella sabía que entendía todo demasiado bien, y eso, hiciera lo que hiciera, le dolía. La perseguía y la acechaba.
El último viernes que estuvieron juntos viendo esa película de suspenso, hacía algo más de dos semanas atrás, él se quejó de que había salido ese viaje de 20 días por trabajo. Tenía que ir a Uruguay a hacer un estudio para un proyecto en Montevideo. Iría solo. Sí o sí tenía que viajar él, le habían dicho. Lo dijo sin ánimo, molesto. Ella notó, ciertamente, que lo dijo con desgano. En su interior él no quería ir a ese viaje. Estaba segura de eso. Lo notó en su tono, en sus formas y hasta en la actitud de toda esa última semana preparando las cosas para el viaje. Tal vez era ese el momento. Podría ser que, entonces sí, algo estuviera por cambiar, pensó ella. Tal vez ese viaje fuera la clave. Tal vez el momento que hacía más de un año estaba esperando tuviera fecha de desembarco.
Para el viernes siguiente, estaba planeando acompañarlo al puerto, pero él insistió en que no. El buque zarpaba tarde y sería peligroso para ella volver sola desde allá. Se quedaría más tranquilo si se despedía por la mañana y se iba directo desde la oficina. Finalmente, así fue.
Esa noche de viernes, terminó de convencerse de que todo estaría bien. El viaje iba a ser saludable para ambos, una bocanada de aire para poder continuar con más energía, con una nueva actitud, para poder volver a sentarse, mirarse a los ojos, reconocerse cada uno en el otro y poder encontrar todo lo que no estaban viendo.
Todas las noches, a las 22:00, Damián llamaba para preguntar cómo estaba todo y contar cómo le había ido durante el día. Todos los días un llamado. Algún mensaje en ocasiones cuando se hacía demasiado tarde. Pero todos los días se comunicaba. Durante esos días, y a pesar de la distancia, se sintió más conectada con él que cuando estaba sentado a su lado en el comedor. Faltaba poco para su regreso. Había llegado el momento, y ella debía estar a la altura.
Fueron 17 días desde su partida, y esa mañana el sonido interminable del timbre la despertó de golpe. Se levantó molesta. Pensó, mientras buscaba algo para ponerse, que hacía rato no se enojaba en serio. Apuró el paso para no demorar más tiempo y abrió la puerta. El cartero la esperaba con una carta en la mano y una carpeta con un bolígrafo en la otra.
—Carta para Catalina Irusta —dijo el muchacho sentado en su bicicleta y apoyando el pie en el escalón del zaguán—. ¿Es usted?
—Sí, soy yo —respondió ella mientras cerraba bien su bata. Firmó el recibo, tomó la carta y le agradeció al cartero con una sonrisa.
Cerró la puerta y, durante el trayecto hasta el dormitorio, fue observando la carta recibida. El sobre lo remitía Camila Montana con su dirección. ¡Extraño! ¿Quién era Camila Montana? Sería una propaganda. «Ya nadie escribe cartas», pensó. Se sentó en la cama y, para quitarse las dudas, abrió el sobre. Quitó de su interior la cuartilla doblada al medio y, al abrirla, en un prolijo manuscrito de pluma, leyó:
«Estimada Catalina:
Si quiere recuperar a Damián, su marido, acérquese de inmediato al departamento de la Srta. Camila Montana antes de que él regrese de… ¿su viaje a Uruguay?
Saludos de su amiga más sincera,
La realidad».