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viernes, 7 de agosto de 2020

La Tesis (Cuento)

- Trilogía Parte 1 -

Damián trabajaba en la compañía desde joven, y desde hace 5 años era el arquitecto en jefe. Durante el último año, le asignaron una joven pasante que estaba terminando su carrera, Camila, de 23 años. 

Con la frescura y el atrevimiento de la juventud, al poco tiempo de conocerse, Camila había solicitado a Damián, encantada por su dialéctica y conocimientos, su colaboración para la tesis que debía presentar en su examen final, y él, enamorado de su profesión como pocos y contento con su entusiasmo, no pudo negarse a su pedido.

Al inicio comenzaron quedándose un par de horas en la oficina después del trabajo, pero con el tiempo Damián prefirió que se juntasen en su casa, ya que él poseía mucho material para consultar durante el desarrollo de la tesis. 

Damián vivía en un departamento en Palermo junto a su esposa, con quien tenían un hijo de 19 años que se encontraba estudiando en el exterior. Damián decidió organizar una pequeña oficina en la habitación de su hijo y comenzó a compartir algunas tardes a la semana enfocado en la tesis junto con Camila. 

Con el correr de los encuentros, se fueron sintiendo demasiado cómodos, se fueron admirando mutuamente, y ambos, apasionados por su profesión, terminaron cayendo en la tentación de un romance que, ante la sorpresa de ambos, se fue convirtiendo en una realidad única.

Los meses siguientes fueron consolidando el romance y a los encuentros de estudio en su casa, se fueron sumando visitas a la de ella, y alguna que otra salida esporádica a lugares seguros en las afueras de la ciudad. 

La relación, por momentos, parecía un noviazgo normal, y era en esas situaciones donde Camila, temiendo confundirse, preguntaba en más de una ocasión cómo seguiría esa historia. Damián nunca dejó de repetir que, mientras ella fuera su pasante, nada podía suceder entre ellos y ambos debían evitar cualquier acto que levante sospechas. Pero en muchas oportunidades, descuidado y obnubilado por la belleza de la joven y lo fantástico de la relación, también llegó a asegurar que, llegado el momento, dejaría todo por ella.

Dicen que el tiempo vuela y que las palabras se las lleva el viento, y en esa historia, el viento no se llevó algunas palabras y a esa altura del vuelo la tesis ya había sido entregada, Camila ya tenía su título y la empresa ya la había contratado de forma definitiva con grandes expectativas. En ese momento cumbre, Camila estaba absolutamente convencida de que, ahora sí, todo estaba dado para poder contar a todos sobre su relación y comenzar una vida nueva juntos, como ambos se merecían.

Algunos temores —quién sabe si morales o imaginarios— nunca dejaron de merodear por la cabeza de Damián, que, con el afán de ganar algo de tiempo, se le ocurrió ofrecerle a Camila una pequeña prueba de convivencia, inventando un viaje de trabajo y pudiendo así probar algo parecido a una vida cotidiana juntos. Luego, e incluso durante esos 15 o 20 días, podrían pensar juntos sobre su futuro y tomar una decisión al respecto. Camila, que no pudo soportar sentirse a prueba todavía, se mostró profundamente ofendida y menospreciada, jurando, entre lágrimas y gritos, no estar para recibirlo cuando se arrepienta de sus mentiras.

Pasaron días sin que Camila atendiera sus llamadas, y él se supo cobarde y culpable, sintiendo ahora que cada día pasaba extrañaba más su compañía. Tras una semana sin ir a la empresa, Camila decidió llamarlo para acordar un encuentro donde pudieran hablar seriamente sobre todo los ocurrido.

Esa misma tarde, Damián salió antes de la oficina, sin dudar se dirigió directo a casa de Camila y golpeó a la puerta de su departamento. Ella, sin arreglarse siquiera y todavía en bata, abrió la puerta en silencio, cerró bien sus solapas y, poniendo ambas manos en sus bolsillos, se dirigió pensativa hasta el centro de la sala con la cabeza baja. Damián, todavía vestido de oficina y sin quitarse el sobretodo, cerró la puerta y yendo tras ella, comenzó la conversación:

—Bueno, me llamaste para hablar —dijo fríamente mientras dejaba su portafolios. Y se anunció—: Aquí estoy.

Ella, dándose vuelta, sentenció.

—Vivamos ese tiempo al menos. —Y lo miró a los ojos estudiando su reacción.

—¿Estás bromeando o qué? —se asombró él.

—No —contestó ella, suave, con sonrisa cómplice, y ratificó su sentencia—: Digo que hagamos la prueba.

—Pero ¿qué explicación voy a dar a mi esposa? – Preguntó él.

—Dijiste expresamente que inventarías un viaje, o algo. – Replicó ella.

—Pero ¿cómo invento algo así, de la nada? No estás comprendiendo la situación, ponte en mi lugar. Claro que quiero estar contigo, pero no es tan fácil hacerlo como decirlo.

—Desde hace un año que lo estás repitiendo. —Y, con cierto aire de fastidio, reclamó—: Yo nunca te pedí nada, tú eras quien repetía una y otra vez que dejaría todo para quedarse conmigo.

—¡No puedes ser más injusta! Tú fuiste quien estuvo siempre detrás de mí esperando su momento, ¡su oportunidad! —Y, comenzando a retroceder, pero sin realmente confiar en lo que decía, afirmó apesadumbrado—: ¡Nunca debería haber permitido esta historia!

—Perdóname —se apresuró ella viendo que la situación podía escaparse de sus manos. Se acercó los tres pasos que los separaban y, sin mirarlo a los ojos, pero con una sensualidad exquisita, volvió sobre sus palabras—: Perdóname, prometo que no va a volver a suceder. Solo conviviremos esos pocos días y luego tomarás la decisión que te parezca… y yo la aceptaré.

Él la acercó en un abrazo y, luego de besarla pensativamente en la frente, asintió.

—Está bien. Déjame ver cómo.

De alguna manera era lo que estaba esperando, una puerta quedaba abierta para que pudiera tomar su decisión y resolver sin presiones. Los días próximos serían una real experiencia mientras pensaba cómo solucionar todo. Ese mismo día ambos supieron que, de alguna manera, un final se estaba escribiendo. Él, atiborrado de dudas y temores, aún no sabía cuál ni cómo sería; ella, por el contrario, sabía perfectamente el final que comenzaba a escribir.

Damián terminó embarcado en un viaje fantasma a Uruguay y se dirigió a San Telmo a vivir esos 20 días al departamento de Camila. Fueron realmente días increíbles, donde ambos se sintieron cómodos y felices por demás. La vida de ambos era perfecta, los días pasaban y Damián comenzaba a tomar conciencia de que esa vida podía ser suya. «¡Podría funcionar!», pensó. 

El decimoséptimo día, como si la desgracia tocara a la puerta por la mañana, alguien golpeó en el departamento de Camila. Él, despreocupado en su fantasía mientras desayunaba en la cama, apenas se interesó por quién molestaría tan temprano. Ella, como si una intriga desmedida la invadiera, lo miró fijo un segundo — ¿Quién será? — dijo, tomando el salto de cama y se dirigiéndose a abrir la puerta. Con una carta en la mano, la esposa de Damián entraba a los gritos pidiendo por su marido.


jueves, 30 de julio de 2020

Destinos (Cuento)

El interior del auto todavía huele a nuevo. El perfume a cuero penetra en la nariz de Máximo como aire fresco, mientras, sentado al volante, piensa cómo va a hacer para enmendar su situación. Busca el ticket para poder salir del estacionamiento y esconde bajo la butaca del acompañante las dos botellas vacías de whisky que andan tintineando en el suelo. No puede ser que todo esté perdido apenas a las 5 de la mañana.

En casa todavía está el canuto para la refacción de comedor y las próximas vacaciones. Claudia duerme toda la noche de un tirón desde el comienzo de su embarazo, de modo que, estando en el sexto mes, no va a ser difícil entrar despacio sin que lo note y volver a despegar.

Fueron exactos 25 minutos. El ticket de salida del estacionamiento registraba las 5:03 y el último ingreso marcaba las 5:28. Guantera, billetera, trabas, alarma y a recuperarse. Como si nada hubiera sucedido y recién saliera de una reconfortante ducha, Máximo vuelve a traspasar el portal del azar con sus bolsillos llenos, la frente alta y la confianza de haberle arrebatado al destino un final insospechado en más de una oportunidad, o al menos un final digno, si es que así se los puede catalogar.

El cigarrillo en la boca, las fichas en la mano y los mocasines dibujando los pasos en el mullido bermellón de la alfombra lo acompañan en la cruzada. El ensordecedor canto de las máquinas tragamonedas lo vitorea de fondo, como una hinchada de seguidores incondicionales que lo alienta permanentemente a la victoria; con ese empuje, y esa garra, se apoya en su mesa predilecta y cambia todas sus fichas por promesas de futuro. Su reloj apenas marca las 5:45 y el paño verde se extiende delante suyo como un interminable campo de batalla donde, a partir de ese momento, se juega todo.

Labios, manos, cigarrillo, dientes apretados y gestos espasmódicos interminables impulsan la primera estrategia de juego. Despliega su potencial meticulosa y paulatinamente, y abarca todo el territorio posible hasta que un grito seco lo paraliza en la expectativa: «¡No va más!». 

El destino comienza a girar en el mismo lugar, como si el tiempo real se detuviera unos instantes y en una dimensión paralela se escuchara rodar el final en sentido contrario; y cuando el final choca contra el destino, que venía perdiendo velocidad, el azar comienza su trabajo rápido, fugaz y desinteresado. Los ruidos del destino, haciendo saltar una y otra vez al final, son un derrotero de frustraciones que se desencadenan mientras las eternas vueltas del destino nos vuelven a acomodar en nuestra única realidad.

Interminables segundos separan la expectativa de la realidad, hasta que puede divisarse en la velocidad descendente de los giros el último silencio. «¡Negro el 2!», se escucha sonoramente y, detrás, vuelve a crecer el abrumador aliento de los seguidores.

La cabeza sabe que no barajó esa posibilidad y se redobla la apuesta en concordancia con los gritos y la fragorosa persistencia del entorno. Una y otra vez coronaba la desgracia que lo haría triunfar, mientras algunas calles predilectas le cubrían las espaldas. Idas y vueltas, sonrisas y pesares, y una última apuesta al destino, que se declara vencida ante un cero repudiable que frustra cualquier estrategia y pone a Máximo en la desesperante batalla de un todo o nada rabioso y descontrolado. 

Los últimos montones de esperanza se acumulan en los lugares indicados sin declinar la táctica, y las manos de Máximo se refriegan entre sí, mientras el cuerpo acompaña con sus gestos todo el ritual llevado a cabo en estas instancias.

Podría decir que una eternidad transcurre entre la decisión y el desenlace, pero ciertamente es apenas poco más que un instante.

Cuando todos creían que el final era inevitable y Máximo se escudaba apenas en el deseo de victoria que le agitaban sus seguidores, un silencio suspendido aguarda la decisión del destino que lo catapultaría a la gloria.

Volver a casa a cualquier hora con una sonrisa eterna, con algunos espumantes y unas cajas de sushi para la cena, acompañada de regalos para Claudia y montones de excusas y anécdotas exageradas. El alivio y la respiración, que, agitada todavía quién sabe si por el temor o por la alegría, comenzarían a regularizarse hasta dejar todo en un pasado lejano y un destino que nunca tuvo lugar. Poder ser ganador incluso sin ganar. Sentirse ganador aun cuando un fantasma de desazón sobrevuela el ambiente. Haberse visto comprando un boleto al infierno y recibir un pasaje al paraíso sin que nadie lo notara. Apenas eso era la gloria.

Pero lo inevitable, generalmente, suele resultar inevitable. Las cosas no se dieron como se pensaba, o al menos no como lo pensaba Máximo.

De alguna manera entiende que ya no hay vuelta a casa; que el ensordecedor aliento, que hace instantes vitoreaba incesante, se convierte en el metálico sonido de campanillas y ecos insistentes que dispara la realidad de máquinas cegadoras; que ese mullido bermellón ya no tiene sus huellas y tan solo es un escenario gastado que junta ánimos y sinsabores de gladiadores vencidos. 

Es tarde. No queda siquiera para la salida del estacionamiento. Es tarde y Máximo comienza una caminata extensa sin destino final. Mira su muñeca. No tiene reloj, pero el sol del mediodía ya comienza a debilitarse. Todo dejó de girar y, cuando apenas pasa el umbral de la pesadilla, los zumbidos dejan de perturbar su inconsciente con una última frase: «No va más».

domingo, 10 de mayo de 2020

Universos paralelos

Bajaba los peldaños
como quien baja hacia un cielo en el infierno,
con los sentidos encendidos,
en un fuego cálido
sensual y danzarín.

Bajaba a descubrir
lo más hermoso de ese mundo oculto
en la ciudad de las luces y los ruidos.

La magia de ese inframundo
crecía a cada paso
cuando peldaño a peldaño
un sonido sin igual
enajenó su corazón,
de golpe,
sin más,
sin chances de volver;
y se elevó en el aire
antes de poner un pie
en esa milonga interminable
de la vida del beso en los oídos,
de la conquistadora voz sensual
de un bandoneón, que atravesó su suerte
para no volver a ser
lo mismo.

La viruta que las suelas cargaron a su casa
no eran pasos ni delirios,
eran utopías de esos mundos ciertos
que nos pueden llenar la vida eternamente
mientras transitamos los lugares comunes
que el resto cree realidad.

Cuerpo, alma y universo
fueron arrojados
al amanecer de un sol envenado
que quemaba
poco a poco
los recuerdos de ese instante extraordinario
que nos salvó la vida.

En la ciudad de las luces y los ruidos
hay puertas
que nos llevan a universos desconocidos
donde pocos podemos transitar
y sentirse vivos de verdad.

martes, 5 de mayo de 2020

Prácticas comunes

Caigo en la trampa
y tu arma
comienza a ser distancia
para vos.

Voy a estar jugando
en los naipes,
para no estar de nuevo
cuando vuelvas.

Pienso el tiempo,
y pienso por los dos,
nadie puede cambiar,
                     ni vos ni yo.

Pienso el tiempo
y pienso por los dos.
La única salida es
                     volar.

El gran dilema
es la capacidad
de cada corazón.
Fatalidad

Voy cuidando el tiempo
como puedo
y dejo en el tintero
tu recuerdo.

                     Guardo las promesas
                     en mis dedos
                     y las dejo
                     en papeles viejos

Pienso el tiempo
y pienso por los dos,
nadie puede cambiar,
                     ni vos ni yo

Pienso el tiempo
y pienso por los dos.
La única salida es
                     volar.

domingo, 3 de mayo de 2020

Postal sobre postales

Una imagen disparó un recuerdo.
Un recuerdo desnudó un pasado,
el pasado removió fracasos
y un fracaso oscureció la noche.

Estuve
donde podría estar
donde quise, donde pude
donde llegué y me llevaron
donde no quise,
donde jamás hubiera imaginado.

Y estoy aquí.
Donde he llegado.
Con alguna idea de hacia dónde ir
sin morir en los intentos.

He sido muy feliz.
             (Hasta el extremo)
También no tanto.
             (Al otro extremo)
           
Y estando aquí feliz,
y despejado,
poseo aún interminables recorridos
donde todo puede suceder.
Dónde lo mejor está al llegar
o donde un abrazo de la nada nos confisque el aire.

Donde mi Flor florezca
estará mi vida,
mi amanecer eterno.

No existe ya
imagen ni recuerdo
pasado ni fracasos
que osen opacar mis vuelos.


Caminantes ocasos

Vamos a ocultar el sol
y a devolver la luna a los poetas.
Voy a buscar algo mejor.
Salir del espejismo
y ser una tregua en tu cerebro

Si el mundo fuera a terminar
me encontrará buscando mil destinos
y observará sin pestañear
como el fuego ante mis ojos
enciende un laberinto de caminos

No vayas a caer.
Muchos negocian tus derrotas.
No vayas a caer
ya no seremos ilusión
seremos todas las victorias

Comenzamos a surgir
como un millón de soles y satélites,
universos liberados,
delirios consentidos.
Nada tiene que terminar

No vayas a caer.
Muchos negocian tus derrotas.
No vayas a caer
ya no seremos ilusión
           seremos todas las victorias.
                          Siempre

lunes, 6 de abril de 2020

En nombre del padre (Microcuento)

De niño, su madre solía recordarle que su padre no podía visitarlo seguido debido a sus compromisos.

Hoy, adulto, lleva sus chicos al colegio y a sus actividades deportivas. No pierde casi ningún evento en los que participan y deja todo por ellos.

Sus momentos más inmensos suelen ser cuando pueden fundirse en un abrazo, cuando le piden consejo, cuando sonríen juntos y comparten momentos.

Sabe todo lo que un padre puede dar por sus hijos, y todo lo que puede recibir de ellos en cada instante compartido.

Hoy, su padre, sigue atiborrado de compromisos como para poder visitarlo.