—¡Ey, Andrea! ¿Podés hacerme el favor de mirarme a la cara cuando te hablo? Desde que tengo uso de razón, te soporto los mismos gestos, el mismo aparente desinterés… y digo aparente porque después me entero por otro lado de que todo el barrio y la familia completa están enterados de cada palabra que te comento. A veces pienso cuál fue el momento en que cambiaste, o si yo fui el mamarracho que no se había dado cuenta.
Le di la espalda para seguir limpiando mi colección de cuchillos recién afilada. Ese gesto no debería molestarla justamente a ella, que siempre evitó mirarme a los ojos y hablaba mirando a cualquier lado con aires de superada.
—¿Sabés, Andrea, que papá está vivo? El otro día llamó a casa para saludar y preguntó cómo me estaba yendo en la fábrica. —No pude evitar una extraña sonrisa, casi al borde de la carcajada. Mantuve la mueca que el sarcasmo ofrenda y la miré fijo—. ¿Sabés que se olvidó de preguntar por el nieto? ¡No se acordó de Martín ni para preguntar cómo le iba en el colegio, o si estaba grande! Yo siempre le expliqué a Martincho que el abuelo está muy ocupado, que le encantaría llamarlo o venir a verlo, pero que el trabajo lo tiene ocupado todo el tiempo. En realidad, no creo que sea tan tonto y tampoco quiero que piense que lo tomo por boludo… Debería decirle que el abuelo es un hijo de puta que le importa tres carajos la familia, los hijos, los nietos; que lo único que le importa en el mundo es él mismo y pasarla lo mejor posible. Si se puede evitar cualquier obligación y responsabilidad… ¡bienvenido sea! ¿No?
Volví a concentrarme en la colección de cuchillos sobre la mesa de trabajo y los enfundé, uno por uno, para poder guardar toda la colección en su caja de madera. Una vez al mes, y generalmente después de utilizarlos, me relajo con esa tarea. Es un verdadero placer mantener el perfecto filo de toda la colección, limpiarlos uno por uno, hojas y cabos, para quitar todo rastro de sangre o suciedad. Alguna lustrada a las fundas de cuero, en ocasiones, y a guardar ordenadamente todo en su caja de siempre. Es un hobby que me distiende un poco y me hace pensar en otra cosa.
Ese día era fundamental poder estar relajado y con la cabeza en otro lado. Sabía que Andrea iba a venir a verme, para hablar, y yo de lo que menos tenía ganas era de hablar. Pero debía tener una última conversación antes de terminar con todo. Yo sabía que después de ese día nada sería lo mismo y que, sin importar lo que pasara, me quedaría definitivamente sin mi única hermana. Por eso volví sobre ella y, apuntándole con el dedo, le dije:
—Vos sabías todo. Yo sé que vos sabías todo. Cuando el viejo me necesitó, yo estuve ahí. Cuando vos me necesitaste, estuve ahí. Estuve ahí cuando me necesitaron los tíos, cuando me necesitaron los abuelos. Estuve ahí siempre. Pero un día necesité que alguien me escuchara y…
Me mordí los labios, cerré fuerte los puños y la observé un segundo. Sentada en esa silla de la abuela que tengo en el taller, con su pelo tapándole la cara y mirando el piso sin nada para decir. Siempre me guardé todo, pero ese día no. Ese día quería decir lo que siempre callaba y volví a apuntar con el dedo.
—A veces creo que todo salió de tu cabecita retorcida. Pero la verdad es que miro a mi alrededor y el tiempo me ha dado, increíblemente, tantas sorpresas con determinadas personas que me siento obligado a creer que fui un estúpido la mitad de mi vida. ¿Cómo no me di cuenta de que el problema era yo? El problema era lo que yo representaba, lo que ustedes creían que no podían, lo que ustedes creían que me caía del cielo, lo que creían que les ocultaba… —La cabeza me comenzó a traer imágenes y casi me quebré, pero no, no volvería a sentirme culpable nunca más—. Nunca. Nunca les oculté nada. Al contrario: siempre quise contarles todo para que supieran quién soy, cómo soy… ¡Y yo creía que ustedes hacían lo mismo! ¿Cómo no iba a creer eso de mis padres, de mi hermana…? ¿No pensaron que, algún día, alguno de esos con los que hablaban y se reían se iban a acercar para ver quién realmente era yo? ¿No se les pudo ocurrir que, tal vez algún día, podrían contarme algunos de sus dichos, donde se reían y me defenestraban a mis espaldas? ¿En serio no se les ocurrió? Porque justamente los que me vinieron a hablar son tan hipócritas como ustedes, pero les dio pena ver que yo no me daba cuenta. Ellos me abrieron los ojos y todo se fue empezando a acomodar en la cabeza, todas las piezas encontraron su lugar y ya todos supimos quién era quien. Las traiciones estratégicamente orquestadas, las mentiras mantenidas en el tiempo, las difamaciones envidiosas, las engaños… Pero yo no quise aceptarlo. Lo guardé, lo mastiqué, lo intenté tragar… pero acá estoy, tomando la mejor decisión de mi vida para resolver definitivamente mis conflictos. Por eso te invité para hablar y decirte que ahora yo también lo sé todo, y que así no me gustan las cosas, Andrea. Por eso decidí decirte lo que siento. Ya no somos hermanos. ¿Está bien? Desde hoy no tengo hermana. ¿Te quedó claro?
De repente, arriba de la mesa sonó el teléfono celular de Andrea. Acerqué la mirada para espiar quién nos interrumpía y leí que era Ramiro, su marido.
—Ramiro. ¡Ja! —Otra sonrisa-carcajada sarcástica que se me escapaba de la boca—. El pelotudo de tu marido. ¿Querés que atienda y le diga que no podés responder? —dije sonriendo con sarcasmo. — El tarado que tuve que cagar a trompadas cuando me contabas que te acosaba y a los pocos días te estabas mudando a su casa. ¡Así de boludo era yo! Era el país de la hipocresía y yo buscaba en quién confiar.
El teléfono dejó de sonar sin que Andrea pudiera siquiera mirar la pantalla.
—Ya sé. Debés estar pensando en por qué no olvidamos todo y empezamos de nuevo, que no es tan así como lo digo, que nunca tuviste las intenciones de lastimar y perjudicar, que no me sienta así, que me amás y que ¡la puta madre que lo parió! Me cansé. Ya está, se acabó.
Me acerqué a la silla donde estaba Andrea con su cara mirando al piso y su pelo azabache tapándole la cara. Me hinqué delante de ella, con mis manos todavía sucias sobre mis rodillas, y lloré. Lloré mucho. No sé si por ella, por mí o por todo lo que pasó que, tal vez, no supe ver y que no pude controlar más tarde, pero lloré mucho, mientras un silencio profundo parecía zanjar todas las diferencias entre ambos.
Después de un buen rato, me paré para ir a lavarme las manos antes de seguir manchando todo lo que tocaba. Mientras iba hacia el baño, le volví a dirigir la palabra:
—¿Sabías que papá viene el viernes? ¡Hacía más de dos años que no pasaba por casa! Lo invité para hablar, como hice con vos, así puedo solucionar todos los problemas familiares antes de que sea demasiado tarde. ¿No te parece bien, Andre?