Bienvenidos

Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.

domingo, 25 de octubre de 2020

Cumbre y llano

 Subí hasta lo más alto de la cumbre solo para demostrar que no era necesario estar ahí arriba para poder entender el paisaje. Subí sabiendo que podría hacerlo, que podría ver el paisaje completo, pero que al bajar nada modificaría mi utopía.

Una vez en la cumbre pude observar todo lo que siempre dije, lo que me gusta del paisaje; desde ahí uno puede ver todo lo que tiene para disfrutar. Se ve el mapa completo del ser.

Con la satisfacción de haber cumplido el objetivo, volví a descender lo necesario; tal vez aún más de lo esperado, pero sabiendo que pocos conocen los secretos del universo. Volví a mirar el llano y, como si un rayo de sol me estallara en la vista quedé asustado, cegado totalmente, paralizado. Algo que no estaba en los planes me había dejado sin vista, exactamente en el preciso instante que me disponía a confirmar mi teoría.

El mundo ya no es el mismo. Ni acá abajo donde vuelvo a caminar ni allá arriba, donde todo parecía al alcance de la mano. 

Antes alcanzaba a discernir a cuantos metros se encontraba un punto fijo desde mi lugar de origen, ahora eso ha cambiado radicalmente. Las distancias son tan irrisorias siempre que el verdadero horizonte no se llega a divisar y cuando procuremos verlo ya no estaremos en nuestro pequeño mundo fáctico. Estamos fuera de nuestro mapa, donde se halla el universo, el pequeño gran infinito, la verdadera libertad. 

De espaldas a ese infinito, y a esa inconmensurable libertad, nos veo a nosotros, todos enredados y atrapados en nuestro mínimo rincón, a los pies de una pequeña cumbre que los separa del lado oscuro.

Estaba a punto de confirmar mi vieja utopía, pero recordé, que he dejado asuntos pendientes donde los mortales juegan una batalla sin tiempo. Ordenaré un poco las viejas ideas y las entrañables costumbres y armaré mi mapa libertario de puntos inconcebibles y tierras sin límites. Iré por ellos en la mañana, sabiendo que ese nuevo comienzo será el final de la humanidad que habrá quedado a los pies de una pequeña cumbre.


miércoles, 21 de octubre de 2020

La visita tan ansiada (Cuento)

—¡Ey, Andrea! ¿Podés hacerme el favor de mirarme a la cara cuando te hablo? Desde que tengo uso de razón, te soporto los mismos gestos, el mismo aparente desinterés… y digo aparente porque después me entero por otro lado de que todo el barrio y la familia completa están enterados de cada palabra que te comento. A veces pienso cuál fue el momento en que cambiaste, o si yo fui el mamarracho que no se había dado cuenta.

Le di la espalda para seguir limpiando mi colección de cuchillos recién afilada. Ese gesto no debería molestarla justamente a ella, que siempre evitó mirarme a los ojos y hablaba mirando a cualquier lado con aires de superada.

—¿Sabés, Andrea, que papá está vivo? El otro día llamó a casa para saludar y preguntó cómo me estaba yendo en la fábrica. —No pude evitar una extraña sonrisa, casi al borde de la carcajada. Mantuve la mueca que el sarcasmo ofrenda y la miré fijo—. ¿Sabés que se olvidó de preguntar por el nieto? ¡No se acordó de Martín ni para preguntar cómo le iba en el colegio, o si estaba grande! Yo siempre le expliqué a Martincho que el abuelo está muy ocupado, que le encantaría llamarlo o venir a verlo, pero que el trabajo lo tiene ocupado todo el tiempo. En realidad, no creo que sea tan tonto y tampoco quiero que piense que lo tomo por boludo… Debería decirle que el abuelo es un hijo de puta que le importa tres carajos la familia, los hijos, los nietos; que lo único que le importa en el mundo es él mismo y pasarla lo mejor posible. Si se puede evitar cualquier obligación y responsabilidad… ¡bienvenido sea! ¿No?

Volví a concentrarme en la colección de cuchillos sobre la mesa de trabajo y los enfundé, uno por uno, para poder guardar toda la colección en su caja de madera. Una vez al mes, y generalmente después de utilizarlos, me relajo con esa tarea. Es un verdadero placer mantener el perfecto filo de toda la colección, limpiarlos uno por uno, hojas y cabos, para quitar todo rastro de sangre o suciedad. Alguna lustrada a las fundas de cuero, en ocasiones, y a guardar ordenadamente todo en su caja de siempre. Es un hobby que me distiende un poco y me hace pensar en otra cosa. 

Ese día era fundamental poder estar relajado y con la cabeza en otro lado. Sabía que Andrea iba a venir a verme, para hablar, y yo de lo que menos tenía ganas era de hablar. Pero debía tener una última conversación antes de terminar con todo. Yo sabía que después de ese día nada sería lo mismo y que, sin importar lo que pasara, me quedaría definitivamente sin mi única hermana. Por eso volví sobre ella y, apuntándole con el dedo, le dije:

—Vos sabías todo. Yo sé que vos sabías todo. Cuando el viejo me necesitó, yo estuve ahí. Cuando vos me necesitaste, estuve ahí. Estuve ahí cuando me necesitaron los tíos, cuando me necesitaron los abuelos. Estuve ahí siempre. Pero un día necesité que alguien me escuchara y…

Me mordí los labios, cerré fuerte los puños y la observé un segundo. Sentada en esa silla de la abuela que tengo en el taller, con su pelo tapándole la cara y mirando el piso sin nada para decir. Siempre me guardé todo, pero ese día no. Ese día quería decir lo que siempre callaba y volví a apuntar con el dedo.

—A veces creo que todo salió de tu cabecita retorcida. Pero la verdad es que miro a mi alrededor y el tiempo me ha dado, increíblemente, tantas sorpresas con determinadas personas que me siento obligado a creer que fui un estúpido la mitad de mi vida. ¿Cómo no me di cuenta de que el problema era yo? El problema era lo que yo representaba, lo que ustedes creían que no podían, lo que ustedes creían que me caía del cielo, lo que creían que les ocultaba… —La cabeza me comenzó a traer imágenes y casi me quebré, pero no, no volvería a sentirme culpable nunca más—. Nunca. Nunca les oculté nada. Al contrario: siempre quise contarles todo para que supieran quién soy, cómo soy… ¡Y yo creía que ustedes hacían lo mismo! ¿Cómo no iba a creer eso de mis padres, de mi hermana…? ¿No pensaron que, algún día, alguno de esos con los que hablaban y se reían se iban a acercar para ver quién realmente era yo? ¿No se les pudo ocurrir que, tal vez algún día, podrían contarme algunos de sus dichos, donde se reían y me defenestraban a mis espaldas? ¿En serio no se les ocurrió? Porque justamente los que me vinieron a hablar son tan hipócritas como ustedes, pero les dio pena ver que yo no me daba cuenta. Ellos me abrieron los ojos y todo se fue empezando a acomodar en la cabeza, todas las piezas encontraron su lugar y ya todos supimos quién era quien. Las traiciones estratégicamente orquestadas, las mentiras mantenidas en el tiempo, las difamaciones envidiosas, las engaños… Pero yo no quise aceptarlo. Lo guardé, lo mastiqué, lo intenté tragar… pero acá estoy, tomando la mejor decisión de mi vida para resolver definitivamente mis conflictos. Por eso te invité para hablar y decirte que ahora yo también lo sé todo, y que así no me gustan las cosas, Andrea. Por eso decidí decirte lo que siento. Ya no somos hermanos. ¿Está bien? Desde hoy no tengo hermana. ¿Te quedó claro?

De repente, arriba de la mesa sonó el teléfono celular de Andrea. Acerqué la mirada para espiar quién nos interrumpía y leí que era Ramiro, su marido.

—Ramiro. ¡Ja! —Otra sonrisa-carcajada sarcástica que se me escapaba de la boca—. El pelotudo de tu marido. ¿Querés que atienda y le diga que no podés responder? —dije sonriendo con sarcasmo. — El tarado que tuve que cagar a trompadas cuando me contabas que te acosaba y a los pocos días te estabas mudando a su casa. ¡Así de boludo era yo! Era el país de la hipocresía y yo buscaba en quién confiar.

El teléfono dejó de sonar sin que Andrea pudiera siquiera mirar la pantalla.

—Ya sé. Debés estar pensando en por qué no olvidamos todo y empezamos de nuevo, que no es tan así como lo digo, que nunca tuviste las intenciones de lastimar y perjudicar, que no me sienta así, que me amás y que ¡la puta madre que lo parió! Me cansé. Ya está, se acabó.

Me acerqué a la silla donde estaba Andrea con su cara mirando al piso y su pelo azabache tapándole la cara. Me hinqué delante de ella, con mis manos todavía sucias sobre mis rodillas, y lloré. Lloré mucho. No sé si por ella, por mí o por todo lo que pasó que, tal vez, no supe ver y que no pude controlar más tarde, pero lloré mucho, mientras un silencio profundo parecía zanjar todas las diferencias entre ambos. 

Después de un buen rato, me paré para ir a lavarme las manos antes de seguir manchando todo lo que tocaba. Mientras iba hacia el baño, le volví a dirigir la palabra:

—¿Sabías que papá viene el viernes? ¡Hacía más de dos años que no pasaba por casa! Lo invité para hablar, como hice con vos, así puedo solucionar todos los problemas familiares antes de que sea demasiado tarde. ¿No te parece bien, Andre?


jueves, 1 de octubre de 2020

Deberes y pasiones (Cuento)

Había llegado el día que tanto se había planeado. La estrategia, gestada casi en forma anónima, se venía desarrollando desde hacía tiempo en la gran isla de Solimán. Diferentes leales a la causa, desconocidos entre ellos, habían cumplido sus diversos objetivos, aparentemente desconectados entre sí, para poder hacerse con la victoria de lo que sería la misión más importante de todos los tiempos. 

El Duque de Bonum Kaeli, como se hacía llamar, salió de su morada en las afueras del reino, bajo una tarde espléndida a finales del verano. La suave brisa cálida y el perfume fresco de flores silvestres parecía embriagarlo para, de alguna manera, ofrecerle el ánimo que le faltaba para llevar a cabo la empresa de aquel día.

Con sus calzas pardas, su camisa púrpura de cuello redondo y sus puntiagudos zapatos de cuero marrón, el duque acomodó su fiel daga a la diestra de su cintura y, luego de cubrirse con su albornoz de lino y pieles escondió un estilete, en la parte interior de la solapa izquierda.

Montó el metro y medio de Arthur, su joven caballo de pelaje castaño y sedoso, y emprendió su viaje hacia el sur con destino al castillo. Desde el otro lado, desde el extremo sur del reino, alguien que él desconocía se encontraba iniciando un camino similar al suyo, pero iría por el Rey tuerto. Él debía ir por Crisálida, la reina.

Una vez arribado se dirigió, como acostumbraba a hacer desde hacía un tiempo, a los aposentos de la reina, donde solía esperarlo un pequeño banquete, que casi nunca se ingería, y los mejores vinos, para poder saciar la sed de los encuentros.

El duque sabía que esa noche sería la última y como tal tenía un sabor especial. Un sabor a victoria, un sabor a desafío, a justicia, a nuevos tiempos, un sabor a amor; un perfume a muertes.

Ella estaba esa noche más bella que nunca, sus ojos brillaban y su pálido rostro, apenas sonrojado, era solo comparable con alguna de las mayores obras de arte de ese entonces. El duque también estaba preparado para ese encuentro especial. Esa noche ella le ofreció las palabras más bellas que él jamás escuchó, le ofreció una y otra vez todo su ser, su cuerpo y sus pensamientos. Estuvo a punto de ofrecerle algo más, pero no hubiera sido digno de ella. 

Él encontró esa noche, a una mujer desconocida hasta ese entonces. Descubrió que sus venas transportaban sangre roja a igual que las suyas, y que sus penurias y desdichas, sin importar cargos o nombres, podían ser parecidas; que tal vez a ambos les faltaban las mismas cosas, aunque les sobraran otras muy disímiles, pero que juntos habían descubierto algo que algún día fue impensado para ellos.

Fueron esa noche el centro del mundo. Se descubrieron hasta lo más secreto de sus seres, se entregaron para siempre sin preguntas, se dejaron llevar por el destino e hicieron del tiempo la eternidad más sincera. Esa noche se amaron. Esa noche, la reina y el duque descubrieron que había mucho más de lo que imaginaban entre ellos, que el reino no ofrecía nada, que el castillo y la realeza eran apenas accesorios, que el tiempo y los temores podían ser los mayores enemigos y que las sensaciones más fuertes, placenteras, increíbles y sinceras existían únicamente en el abrazo de dos cuerpos que habían sido gestados para encontrarse.

Cuando el sol comenzaba a salir, abatido y montado sobre su caballo, el duque se dirigió a las puertas del castillo con paso lento y perdido. Abrieron los inmensos portones a su paso y lo reverenciaron al salir. Esa mañana, el duque se alejó lentamente, para nunca más volver a ser visto. Se sabe, que los mismos guardias del castillo, fueron los más extrañados por aquella partida del duque, que se retiró, como siempre en dirección al norte, pero con un rostro envuelto en dolor y lágrimas en sus ojos.

Esa mañana el reino amaneció sin reyes. Apenas el duque se alejó del castillo, los guardias, corriendo el riesgo de ser juzgados por su indiscreción, advirtieron a sus superiores sobre la situación de extrañeza que generó aquella partida; sugiriendo que tal vez fuera necesario consultar a la reina, para asegurarse que todo se encontraba en orden.

El horror invadió el castillo esa mañana cuando descubrieron a la reina, completamente desnuda en su cama de sábanas blancas, totalmente ensangrentadas, tendida boca arriba con brazos abiertos y un puñal envainado en el lado izquierdo de su cuello. De inmediato, y con temor de despertar la reconocida ira de su majestad, corrieron a informar al rey de lo sucedido. Al ingresar a su alcoba el espanto lo inundaba todo. Las imágenes eran catastróficas, el rey tuerto yacía en el suelo boca abajo. Todavía llevaba puestas sus calzas negras y su camisa blanca a medio quitar, teñida de sangre y repleta de perforaciones punzantes; había sido apuñalado en reiteradas ocasiones por la espalda, luego de recibir un fuerte impacto en la cabeza, que fue delatado por un importante corte sangrante en su parietal izquierdo, justo arriba de la oreja.

Toda la guardia Real bajo las órdenes de Lord Parri, su hasta entonces Capitán, salió de inmediato en busca de los posibles culpables del doble regicidio descubierto esa mañana. El reino, por primera vez en la historia, se encontraba definitivamente acéfalo y sin sucesores.

Esa misma tarde hallaron a Arthur, el caballo del duque, en su casa del norte. Los días siguientes, mientras el reino de Solimán se caía a pedazos, los pueblos y aldeas que lo conformaban se fueron organizando y declarándose libres. El Duque de Bonum Kaeli, a pesar de las leyendas que se tejieron en la isla, jamás volvió a dar señales de vida. 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Sé que he sido

Algo se ha quebrado en mí.
El pasado se desprende
me ha abandonado
en algún momento no preciso.

Nada de lo conocido se avecina
de lo contrario,
zonzamente,
debería ser el mismo todo el tiempo.

No sabría
si me dejo llevar
o tuerzo los caminos.

Pero ya no pisaré los suelos fatigosos
a menos que puedan llevarme
a un lugar buscado.

Jamás podría desterrar a mi pasado
ni ocultar sus vaivenes
ni ensombrecer sus conquistas.
Pero ha dejado de ser yo
para solo ser quien era.

De nada sirve
continuar sin recordar que he sido
sin saber que soy, y sin perder
la capacidad de asombro
por lo que todavía pueda ser.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Un mundo distinto (Cuento)

Aquella noche tuve mucho miedo. Nos hicieron quemar en las plazas todos los libros sin importar el contenido. Luego entraron a nuestras casas a la fuerza y nos quitaron libros, carpetas, escritos, todo. Hasta se llevaron el cuaderno de recetas de mamá. Fue una noche terrible.

Recuerdo que habían dictaminado en el Congreso que se debía desconectar la red mundial de internet y que las comunicaciones debían ser reguladas por el Estado. Papá se imaginaba que esas cosas podían llegar a suceder. A veces lo hablaba con mamá después de la cena y yo llegaba a escucharlos desde mi habitación, mientras creían que dormía.

En el colegio, el profesor Leandro no iba a dar más clase de Educación Cívica. Fue una gran pérdida para mi grupo de amigos: él era el único que solía explicarnos algunas cosas que nosotros no llegábamos a comprender del todo. 

Ese día, durante la hora libre que tuvimos, habíamos hablado con Hipólito, Carlos, Juan y algunos otros amigos sobre lo que sucedía. Estábamos seguros de que algo importante y extraño estaba pasando. Algunos decían que estaba bien porque nos estaban quemando la cabeza con ideas estúpidas y otros creían que era grave lo que sucedía, que debía haber lugar para todos si éramos capaces de entendernos.

Carlos estaba convencido de que debía haber un orden. Creo que todos estábamos de acuerdo en eso, pero él decía que el orden lo tenía poner alguien que se dedicara a eso, a poner orden; alguien que nos dijera cómo teníamos que hacer las cosas: «¡Como en la escuela!». 

Pero algunos sugerimos que tal vez ese orden no era el correcto y Carlos nos dijo que entonces debíamos ir con el encargado de poner orden y ver cómo se lo desplazaba de su puesto para tomar el control. El que se atreviera a desafiarlo y lo superara podría imponer el orden que creyera correcto. Pero eso nos parecía poco lógico e imposible para nosotros, que, con apenas 13 años, la mayoría de lo que sabíamos era por libros y por lo que escuchábamos en casa.

Hipólito creía que nosotros, los más chicos, éramos el futuro y debíamos tomar las riendas de los asuntos delicados del país, y así, al crecer, nos encontraríamos con lo que nos merecíamos. Que el futuro fuera construido por nosotros mismos, que éramos los que íbamos a tener que vivirlo. Varios de los chicos quedaron encantados con esa idea. Se propuso que, teniendo en cuenta lo que estaba sucediendo, escondiéramos algunos libros que nos interesaban, «incluso algunos de poesía», recomendó Jorge, que era un enamorado de escribir con una precisión increíble para su edad, y además en su casa se hablaban tres idiomas.

Juan nos dijo que todos teníamos razón, que debía haber lugar para todos, que lo importante era que nos juntásemos para poder sacar a los poderosos de su lugar, ocuparlo nosotros y poder así ser justos con todos los demás. Nos sonaba lógico e interesante.

Tuvimos que dejar la conversación cuando nos llamaron a la nueva clase. A partir de ese entonces, tuvimos una nueva materia llamada Introducción al Pensamiento, que nos iba a dar la profesora Cristina. Fue la profesora más intensa de todas. Nos hablaba horas y horas, incluso en ocasiones nos tuvimos que quedar en los recreos mientras nos explicaba los lineamientos para comprender el «nuevo pensamiento moderno». 

Ese año los exámenes de ella fueron terribles. Al menos hasta que Juan se dio cuenta de que, si escribíamos exactamente lo mismo que ella dictaba en clase, conseguíamos las mejores notas de la división. Y así fue. Algunos tuvieron problemas con su forma de dar las clases y hasta vinieron a hablar sus padres, pero muchos no lograban aprobar la materia y hasta se tuvieron que cambiar de colegio.

Papá decía que todo estaba escrito, que, si uno había leído lo suficiente, podía comprender casi cualquier cosa; que, si no había libros ni canales de comunicación de dónde obtener información, él iba a intentar trasmitirme todo lo que conocía para que yo pudiera pensar por mí mismo y darme cuenta de las cosas. Fue un gran padre.

Ese mismo año nos fuimos a vivir a un campo en Córdoba donde emprendimos una granja familiar. La verdad es que no me gustó mucho el cambio, pero papá me explicó que había renunciado al trabajo porque lo importante era ser fiel a uno mismo.

Cuando nos fuimos pude esconder algunos libros y revistas, entre los que seleccioné algunos de poesía, como había propuesto Jorge aquella tarde en el colegio. Una vez instalados en la granja, papá descubrió mis libros y se mostró orgulloso de lo que hice, aunque me advirtió los peligros del caso, debido a las circunstancias de aquel entonces.

Me enseñó a esconderlos en el campo. Enterrados. Siempre se me daba por pensar que, enterrados, tal vez algún día darían frutos o crecería un árbol. Él solía decirme que, de esa forma, enterrados, siempre se escondieron los tesoros, y que eso mismo eran los libros. Los podíamos consultar cuando quisiéramos si sabíamos mantenerlos escondidos y, si los escondíamos en nuestra memoria, mucho mejor. 

No fue mucho el tiempo, pero vivimos increíbles momentos en aquella granja, como por ejemplo, cuando papá armaba los fogones de los viernes, donde, después de la cena, leíamos algunos libros y terminábamos con poesías y relatos que podíamos discutir hasta el amanecer.

Uno de esos viernes, llegó una docena de autos mientras estábamos en el fogón. Papá tiró varios libros al fuego cuando los escuchó acercarse y me ordenó que fuera a la cama inmediatamente y que no saliera para nada. 

Entraron y dieron vuelta todo. No sé qué buscaban, pero le encontraron a papá un par de libros debajo de la cama. No creo que fuera ese el motivo, pero se los escuchaba satisfechos de haberlos encontrado. También revisaron toda mi habitación, pero no encontraron nada. Me escondí en un compartimento secreto que papá me había mostrado en el ropero, donde yo tenía escondidas algunas cosas, entre las que se encontraba un libro de poesía llamado Palabras, que me había recomendado una compañera de colegio que me gustaba mucho. Fue la última noche terrible que recuerdo en mi vida. Cuando se fueron me quedé guardado hasta escuchar los gritos de mamá cuando vino a buscarme al dormitorio. Recién entonces me animé a salir. Esa fue la última noche que pude ver a mi viejo.

Ya pasaron 2 años desde que él no vuelve a casa. Escribo este texto con miedo, entendiendo que no se debe hacer, pero me quedo con sus consejos de cuando leíamos al calor del fuego. Necesito dejarlo escrito en algún lado, sin importar los riesgos. 

No me quedan muchas esperanzas de volver a ver al viejo, pero me quedé con sus libros enterrados en el campo. En cada uno de ellos, hay una parte de él. Los leo y pareciera que escucho su voz, como si me hablara por sobre los escritos. Hasta llegué a encontrar enterrados unos ejemplares donde el autor tiene, exactamente, el mismo nombre que papá.


jueves, 17 de septiembre de 2020

El impacto de los cambios (Cuento)

Es bueno volver a los lugares de siempre con la frente alta. Las vueltas de la vida pueden colocar a alguien en los lugares buscados o sorprenderlo. Así, las cuestiones económicas del país llevaron a que, entrando en la adolescencia, Fernandito tuviera que mudarse de su casa de siempre, en Palermo, para vivir en un barrio del Gran Buenos Aires. A determinadas edades los cambios pueden ser muy frustrantes, o no tanto, pero siempre dejan alguna marca.

Recién a los 15 años, había logrado el relativo nivel de respeto y confianza que siempre había pretendido. Se movía cómodo entre su grupo de amigos incondicionales y el resto del piberío del barrio, que ya lo tenía entre los imprescindibles de la barra. Una barra ciertamente sin cabecilla, claro, ni necesidad de uno. Las historias eran más largas y épicas que las realidades, y las anécdotas eran más palabras que acción, pero Nando había conseguido un equilibrio bastante respetable.

En definitiva, cumplía con los estándares necesarios para ocupar el lugar que tenía en la barra, sobre todo con su compromiso, presencia y compañerismo. Nando había vivido en Palermo hasta los 12 años. Después, su familia se mudó al barrio. Cuando cumplió los 16, en la esquina de su casa (viejo caserón abandonado que funcionaba de punto de encuentro de la barra) comenzó una obra en construcción que duró casi un año. Una casa blanca de tres pisos con detalles en madera y tejas negras se erigió en la esquina como un monumento indiscutible. Nada cambió más que la incógnita de saber quiénes serían los nuevos dueños que dejaban a la barra sin su predio preferido.

Después de ese verano, los nuevos vecinos se mudaron a la casa de la esquina y, días más tarde, todos conocían a Lionel, el nuevo integrante de la barra. Los pibes no perdieron la costumbre de juntarse en la esquina y ahora Lionel era el dueño del lugar. Con sus 17 años, su familia se había cansado de los ruidos de Recoleta y se construyeron su lugar en el barrio, justo en la esquina en que Nando, sus amigos y toda la barra se juntaron siempre.

Lionel no era mal pibe, pero para Nando algo de humildad no le hubiera venido mal. Según él, el nuevo traía esas ínfulas de Nobleza o exclusividad sofisticadamente europea que suponen tener los habitantes de Recoleta. Solía decir que eran pibes que creían nacer adultos, con una seriedad tan superficial como sus sentimientos. Nando tampoco era mal pibe, pero para Lionel ese aire de justiciero y esa falsa humildad que profesaba no le hacían mejor que nadie, todo lo contrario. Estaba convencido que los pibes de Palermo creían ser superiores a todos, siempre cancheros, creyéndose agradables y divertidos como ningún otro. 

No pasó más de un mes que todo el piberío se había acercado a Lionel y, debido a que Nando no quería perder su lugar, observaba en detalle todas las situaciones entre absorto y decepcionado, juntando una frustración tras otra. La casa de Lionel ya era lugar de reunión, se anotó en el mismo club de fútbol, tenía auto y licencia, y todas las pibas del barrio ya lo llamaban Lío.

Una tarde en el club, Lionel y Nando se enfrentaron en equipos opuestos durante un entrenamiento de fútbol. El técnico lo llamaba Laionel, y Nando soportó esa tarde durante todo el primer tiempo que a Laionel se le perdonaran algunas faltas de las que a él le cobraban sin lugar a duda. 

A poco de terminar aquel primer tiempo, Lionel corría con la pelota cegado hacia el arco, Nando lo corrió de atrás con todas sus fuerzas y, cuando parecía que lo iba a asesinar, tiró un manotazo y alcanzó a cachetear su pierna tomándola por el tobillo. Lionel no cayó, alcanzó a frenar entre algunos saltitos sin que Nando lo soltara hasta que pudo mantenerse en pie. Con su pie todavía en manos de Nando, miró hacia atrás. Con cara de pocos amigos y haciendo montoncito con la mano, le preguntó:

—¿Qué hacés?

—Nada —contestó Nando con sarcasmo y sin soltarle el pie—. ¡No me vas a decir que fue falta! —Entonces sí, con una leve sonrisa socarrona, lo soltó.

Lionel encaró a Nando, que ya daba por terminado el entuerto. Literalmente hablando, le puso el pecho y lo frenó.

—¿Qué te pasa?, ¿sos piola? —dijo Lionel mirándolo fijo con el ceño fruncido.

Nando no se achicó. También le puso el pecho y lo miró fijamente a los ojos.
—Van tres faltas claras que hacés y te las dejan pasar. ¡Tres! Conmigo no te hagás el vivo. Jugá bien y no te hagas el canchero —le advirtió nariz con nariz.

La idea de Nando era, dicho esto, continuar con el partido. Pero esta vez las cosas eran diferentes: ninguno retrocedía y, cara a cara, conformaban una promesa de pesos pesados que garantizaba historia: ambos de contextura grande, pero con media cabeza de ventaja para Lionel y un entrenamiento de gimnasio que era evidentemente bastante más exigente que el de Nando.

Nando comprendió que estaba en problemas. Todos los presentes los rodearon expectantes. El tiempo parecía suspendido y el silencio, eterno. «No puede suceder nada. El técnico va a separarnos en cualquier momento», pensó Nando y escuchó cómo el técnico apostó 100 pesos por Lionel mientras uno de sus amigos no se animó a aceptar la apuesta.

Pocas veces había peleado mano a mano. Miraba a Lionel esperando algún movimiento, alguna amenaza, grito o insulto. De pronto el movimiento esperado llegó. Cuatro de sus nudillos impactaron en la parte izquierda de la cara, en el maxilar, justo adelante de la oreja. Los sonidos se apagaron para Nando y recién ahí su pelea comenzó. El intenso dolor activó algo en él y los puñetazos comenzaron a cruzarse para uno y otro lado. Lionel esquivaba, Nando solía recibir, pero la pelea se fue tornando más pareja, aunque Nando llegaba al rostro de Lionel sin demasiada fuerza, y Lionel sonaba contra el maxilar de Nando, que soportaba estoicamente.

Cuando Nando se abalanzó sobre Lionel y lo llevó al piso, donde se sentía más cómodo y con más experiencia, el técnico, seguido por algunos de los compañeros, interrumpió la pelea para separarlos. 
Se miraron fijo y sin hablar mientras los alejaban. Luego de reunirse el técnico con la comisión de disciplina del club, se los notificó de una semana de suspensión y los sacaron por distintas puertas.
Durante esa semana Nando no salió. El maxilar le dolía tanto que casi no hablaba. La comida sólida fue una complicación por más de un mes y, con cara de enojado con el mundo, se convirtió prácticamente en monosilábico, emitiendo apenas las palabras mínimas y necesarias. Seguramente, algo se rompió. No sabía qué, pero algo se había roto. Cada noche en su cama, se prometía que nadie iba a conocer su dolor, y así fue. Esa fractura fue una herida silenciosa e imborrable que nunca vería la luz.

Superada la semana, ambos volvieron al entrenamiento sin dirigirse la palabra. Nadie quería darle la espalda a Nando, pero evidentemente algo había cambiado en esos días de encierro. Nando no lograba entender y una cantidad infinita de fantasmas se hizo presente. Volvió a su casa derrotado, mientras el resto de los pibes se quedaba tomando algo en el club. 

Esa tarde su padre le dio la noticia. Se lo comentó de la mejor manera posible para que no se sintiera incómodo o molesto con la decisión. La situación en la empresa había mejorado lo suficiente y volvían a estar en una buena posición. Todo estaba resuelto, la familia volvía a Palermo.

Para Nando no importaba lo que los demás pudieran pensar desde ese momento. Él mismo, sin que nadie pudiera enjuiciarlo, acababa de juzgarse y aceptar su primera gran derrota.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Tornados en silencio

Podría quitarme la vida,
arriesgarla en una esquina,
o esperar que el impulso de la explosión
me disperse
para de cada parte de mí
iniciar un nuevo estallido.

Hasta acabar conmigo
sin conseguir nada.

Podría buscar la forma
que no existe,
e intentar llegar a una meta
que se escapa a cada paso,
como si en cada uno
le acertara un puntapié.

Va cayendo el sol
de salvadores vencidos
que decían vender tiempo
y compraban mi futuro.

Todo tenía un precio,
pero no termino de abonar
un infinito creciente
de tiempo encerrado en relojes
e inconstantes calendarios.

Cometemos el error
de confiar que ante la cuerda
nos va a salvar aquél
que supimos desatar
de las sogas de las sogas.

Yo no rifo nada
ni vendo mi alma, tengo
una infinita cosecha de frutos
que aún confían ver el sol.