Bienvenidos

Bienvenidos:
Hola a todos.
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Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.

miércoles, 7 de abril de 2021

La voz del epitafio (Cuento)

La noche acompañó al sol en su descanso y me dejó ciego. Con gubia de diamantes, firme, cabal, dibujaba mi última frase como una obra de arte. El último sueño, ese que no podemos contar, ese que guardaremos con nosotros para siempre, ese último sueño es el que nos deja sin aire, y así, con la fe de los que creemos, convencidos de que las utopías tienen un destino de realidad, fue como nos fuimos quedando en este mundo sin soñadores.

«Aquí es donde se descansa». En esta tierra se descansa. Se descansa mientras todo se destruye, de a poco, mientras la luna, sin darnos cuenta, deja de aparecer. El mar se queda sin olas, la sal cae a lo profundo, la gente común espera que algo suceda, el frío y los anhelos frenan de golpe junto al mundo en plena bajamar y, encallado en la orilla, el pescador del bote gris alza el bagre más grande de la historia. 

Hacía tiempo, un bagre había devorado a su esposa, dando muerte a su último sueño; pero esa vez la revancha se comió caliente y con papas, que el pimentón enrojecía, unas papas tímidas, algo maquilladas y con poco condimento.

Escuché barbaridades, estupideces y frases sin sentido, expresadas como doctrinas magníficas e irrefutables; y de pronto me callé la boca, antes de romper el espejo de una trompada.

«Cuando viví, lo hice todo», pensé durante mi último sueño, y abrí mis ojos queriendo soñar cuando ya me quedaba sin aire; como el bagre del pescador. Podría haber conseguido el más caro de los mármoles, el más fino de los diseños y el mejor de los grabadores, pero correspondía que mis propias manos grabaran, en la más inhumana de las piedras, el secreto del sueño que me cambió la vida. «Me fui sin dejar nada», decía la piedra de diamante. Sería esa piedra lo más parecido a la eternidad que creía buscar cuando aún vivía. 

Ayer di cuenta de lo equivocado que estuve hasta el final de mi vida. Ayer, en plena lluvia, cuando de las alcantarillas brotaba el agua podrida de los inframundos, cuando las nubes ácidas se volvían oscuras y los truenos fatales martillaban la tierra. Ayer nomás, cuando creía que por fin había visto todo, que lo hecho había sido en vano y que en vano había sido hecho este infame engendro que descansaba en la paz de la nada… ayer, en plena tormenta, se acercó mi pequeña a la maciza roca diamantada, para dejar un recuerdo bajo mi último delirio.

«Aquí es donde se descansa.
Cuando viví, lo hice todo,
y me fui sin dejar nada».


domingo, 4 de abril de 2021

Volver (Cuento)

Había regresado al teatro, después de un tiempo ocupado en sinsentidos de la rutinaria cotidianidad. El destino me metió «de prepo» en los encuentros entre Borges y Piazzolla, donde el arte sensual en su máxima expresión me había transportado a otros tiempos en los que consumía, con más frecuencia, la vida cotidiana en otros colores, y no en la escala de grises que solía verla en ese entonces.

Había sido una noche magnífica conmigo mismo.  La poesía y la música con sus humanidades presentes, y esa danza sublime, que personificaba las palabras no dichas, detrás de las obviedades de lo común, encarnaron los placeres y utopías de una entusiasta juventud que, poco a poco, comenzaba a concebirse recuerdo. Una de esas noches donde uno se transporta a otro universo, donde el tiempo no marca edades, ni límites. Salí a la calle, tras ese extraordinario ingenio prestidigitador que había presenciado, y la ciudad ya resultaba distinta. El aroma del aire había cambiado, los brillos de la noche en la avenida somnolienta invitaban a deambular, en busca de esos sentidos que nadie nos enseña en las escuelas. Yo tampoco era el mismo que había ingresado hacía un par de horas. Había retornado a mi elemento que tanto había desatendido desde tiempo atrás. La gente caminaba libre y sin tapujos, con sus rostros cubiertos por máscaras infinitamente diversas y de notorias representaciones.

Un reconocido rostro del drama se separó de su pareja, enmascarada de comedia, y se acercó a saludarme.

— ¡¡Como está don Fermar?!— dijo sorprendido, estirándome la mano en un saludo. — ¡Qué bueno verlo de regreso! En un rato hay recitales en el sótano del éter, donde íbamos siempre. Imagino que nos vemos ahí en un rato. ¡¿No?!— sentenció apuntándome con el índice como una suerte de condena.

Hacía rato que no me llamaban por mi seudónimo. Y sinceramente no estaba en mis planes pasar por aquél viejo sótano devoto, pero también era cierto que ya no tenía planes. Lo reconocí verdaderamente, cuando me nombró el sótano, y me salió sonreír con algo de nostalgia.

—Es cierto, anduve perdido un tiempo, pero estoy de vuelta. No sabía que el éter continuaba recibiendo gente, pero ahora que lo dice, es probable que más tarde me dé una vuelta. Hace mucho que no voy. —

—Excelente noticia! Nos vemos ahí. Hoy hay cena, así que, no se venga muy tarde que después no queda nada. — dijo, supongo yo, con una sonrisa cómplice detrás de ese drama que lo presentaba.

El éter era un sótano mágico, donde nos encontrábamos todos una vez a la semana. Durante el invierno, se hacía alguna especie de guiso caliente, que «bandejeaban» sin costo entre todos los poetas que asistían. El pago del guiso se hacía, en realidad, con la pequeña plusvalía sobre las bebidas, que garantizaban «el banquete» de la próxima reunión. 

Tras la cena de cortesía, nos anotábamos en una lista para pasar al pequeño escenario donde se recitaba. Después de unos minutos el silencio lo inundaba todo, y despegábamos a un viaje interminable que solo el amanecer se atrevía a interrumpir, entre los tragaluces que comunicaban al éter con el mundo externo. Había sido un tiempo maravilloso el vivido ahí, donde además asomaban portales a universos afines, por donde íbamos rotando y conociendo modernos ejemplares de nuestra especie, en peligro de extinción.

Caminé toda la noche, y visité distintos éteres que solía frecuentar en otros tiempos.

En uno de los recorridos encontré a Clarita, un alma joven y delicada, atrapada entre dos mundos, los cuales no alcanzaba a comprender del todo, pero por los que sentía una profunda admiración sin necesidad de fundamentos. Me sorprendió con un grito de alegría y un abrazo interminable, mientras me resumía al oído lo feliz que la hacía volver a verme después de tanto tiempo. Tomamos unos tragos juntos y me excusé para retirarme, invocando un poco creíble dolor de cabeza. No era que no estuviera feliz de encontrarla, sino que esa noche me encontraba inmerso en una búsqueda poco clara.

Continué recorriendo subsuelos y esquinas fantasma, y regresé desbordado de pensamientos y nostalgias, triste por lo que ya no poseía y por la ausencia de sentido en algunas realidades, que se volvían irrefutables, y carecían de dignidad necesaria para ser vividas.

Llegué antes del amanecer. Incluso mi propia casa parecía no ser la misma esa noche. Un aire perfumado me recibía con una caricia en mi pequeño departamento y el cuerpo se me caía a pedazos. Me quité la camisa y los zapatos en el comedor, apenas ingresé a casa, y cuando encendí la luz de mi habitación la encontré recostada en mi cama. Vestida con media sonrisa expectante y cubierta con un pánico sensual, me observaba reaccionar. 

—¡Clarita! — exclamé asombrado sin entender como esa joven belleza, que hacía poco más de dos horas se acodaba a una barra conmigo, había llegado a mi cama mientras yo no estaba en casa.

— Te noté triste y quise venir a acompañarte. — se justificó con voz aniñada y sensual. — ¿Estuve mal? —

Recordé, que ella conocía la llave dentro de la lámpara, sobre la puerta de ingreso. Pero mi rostro, además de agotado, reflejaba todavía la sorpresa de su presencia, justo cuando pensaba zambullirme en la cama como si un portal mágico me estuviera esperando entre las sábanas revueltas. Me acerqué pensando en explicarle que no era que hubiera estado mal, ni que me molestara su actitud, pero nunca dejó que saliera una palabra de mi boca.

Apenas dormí una hora aquella mañana, pero descansé como nunca. Desperté con el perfume de clarita impregnado en la almohada, en mi cuerpo, en el aire.  La casa toda olía a ella. Comprendí al despertar que Clarita había crecido. Ella tampoco era la misma. Me levanté de la cama para acompañarla y compartir el desayuno con ella. Pero ya no estaba. Había dejado una nota sobre la mesa del comedor.

«Sé lo difícil y triste de los finales, querido Fernando, pero no dejemos nunca de lado nuestra esencia. Tenía mucha curiosidad de reconocerte al despertar, pero temí también que descubrieras quien soy yo, después de tanto tiempo. Ya no me acompaña la joven Clarita que disfrutaba el desayuno con tostadas en la cama, y que buscaba quien la mire a los ojos al hablar. El mundo que me ha cobijado no deja de ser ni blanco ni negro; Pero como alguna vez te escuché decir, «me permite tomar lo que quiero, sin necesidad de dañar a nadie»; porque descubrí que el mundo es mío y esta vida es breve.

Clara.»

Esa mañana me odié, y más aún odié sentirme en la necesidad de confesarme esa misma noche, en una tácita cita, en algún éter, masticando whiskies, y escuchando esos tangos insólitos y esas poesías volátiles, que a Clarita tanto apasionaban, y esas sensuales piernas femeninas, que con su cadencia acompañaban el viejo fuego de estar vivo. Supongo que más tarde, tal vez, si el destino y Clara lo permiten, y el tiempo me hiciera un guiño, podré volver a encontrarme con Fermar, para decidir cómo seguimos.

viernes, 26 de marzo de 2021

La Casona - Paradies (Cuento)

Me encontraba hospedado en una casona magnífica con múltiples habitaciones. Una construcción hermosa de mitad de siglo, sobre un terreno interminable, en las afueras de la ciudad. El lugar brindaba todas las posibilidades de sentir la naturaleza en infinitas formas, y la casa más cercana se encontraba a no menos de 200 metros de ahí. Tenía alquilada mi habitación anticipadamente por los próximos dieciocho meses, tiempo que me llevaría terminar el trabajo que la empresa me había encomendado. Una vez cumplido mi objetivo, volvería a los rugidos de la capital, y a las horas sin tiempo que nos depara el destino.
La casona pertenecía a dos hermanos alemanes que no vivían en ella, pero no queriendo desprenderse de la propiedad, decidieron acondicionar algunas habitaciones para alquilar, e hicieron cerrar todo ingreso interno que diera a la parte derecha de la casa, dónde se dice, que todo continúa manteniéndose en su estilo histórico.
Además de una enorme cocina comedor y de una hermosa sala de estar, modernizada con cerramientos vidriados para disfrutar la magnífica e imponente imagen de las montañas, todas las habitaciones poseían baño privado, y unas pocas se encontraban provistas de un comedor, con una pequeña kitchenette disimulada detrás de unas puertas de placard.
El lugar se encontraba algo lejos de la ciudad, pero eso formaba parte del encanto que la casona tenía. Inmensa y extraña, la casa conformaba un verdadero retiro del mundo conocido, a una realidad con cierta mirada romántica de la existencia.
Los primeros dos meses sirvieron para adaptarse al lugar, al nuevo ritmo, a los nuevos horarios y a las distancias. Después de asimilar el nuevo tiempo todo se volvía más etéreo y deslumbrante todavía. Pero algo sucedió una mañana que modificó algún aspecto, o lo intensificó todo.
Una mujer había alquilado, al igual que yo, una de las habitaciones de la casona. La descubrí una mañana saliendo de la casa y, sin comprenderlo, quedé absorto. Apenas nos dimos los buenos días con una sonrisa, mientras todo en mí se entumecía, presentándome inmóvil, sin saber que hacer o decir. Tenía plena seguridad que jamás, en ninguna circunstancia, había concebido algo similar. 
Todo en mí acababa de perder sentido, y el tiempo, a pesar de acontecer en horas, había dejado de correr desde esa mañana, para permanecer suspendido en la imagen de aquella pequeña silueta de cabellos rojos, que acababa de pasar frente a mí, y se concebía etérea a medida que se desplazaba sobre el césped sin dejar vestigios del camino.
Quedé en la puerta de la casona simplemente mirando. El día apenas comenzaba y me pareció sentir que el atardecer lo empujaba con fuerza para volver a presentarme ahí, donde nacía el pasillo, para volver a distinguir con precisión esa sensación de crear el universo dentro del cuerpo, como si un parsimonioso big-bang interminable, se esparciera dentro de uno. Un circuito eléctrico del organismo humano, que por primera vez recibe una descarga de voltaje, superior a la necesaria.
Sin suerte, busqué, los siguientes días, encontrarla en el comedor, en la cocina, en los parques, o en algún lugar de paso, pero nada conseguía. Unos días después pude enterarme por Aníbal, el encargado de la casona, que la nueva inquilina, que decía llamarse Guadalupe, había sido reasignada a una de las habitaciones principales, con sala de estar, por indicación del señor Heinz, el mayor de los hermanos.
Me había tocado regresar a la ciudad por unos días, a firmar unos papeles de la empresa y presentar unos informes, pero ese mismo sábado por la tarde estaría de vuelta. Mi ansiedad fue tal, que pudo más, y volví buscando encontrarla, tan temprano como pude. Quería poder presentarme, darme a conocer, conocerla, hablar con ella, volver a deslumbrarme con el brillo de su cabello encendido y su sonrisa simple de labios delgados y apretados. Había vuelto urgente, con la impostergable decisión, y el convencimiento absoluto, de la necesidad inmediata que a mi ser le urgía de abordarla ni bien se presente la oportunidad. Algo en mí necesitaba, desesperadamente, de aquella mujer. 
Al ingresar en la casona esa mañana, sabía que solo quedábamos dos inquilinos además de ella, y Don Álvaro nunca despertaba antes de las once. Caminé sigilosamente por el pasillo principal de la casa hasta la puerta de su habitación. Me resultó irresistible echar un vistazo.
Fueron apenas segundos los que quedarían a fuego eternizados en mi memoria. Me incliné como para abrir el bolso en el suelo y la imagen que se alcanzaba a vislumbrar del otro lado de la cerradura de la puerta era la más indiscutible de las obras de arte.
La mañana acompañaba la imagen. Ella se encontraba recostada, de espalas a mí, con la cabeza hacia los pies de la cama, donde el sol de las nueve iluminaba su esculpido cuerpo desnudo, como si un cenital mágico la descubriera sobre las sábanas revueltas. Introducía los pies lentamente, una y otra vez, bajo la almohada de plumas, como si quisiera calentarlos un poco. Con su mano izquierda sostenía en el aire un humeante cigarrillo apoyando su codo sobre su cadera pálida y con su mano derecha sostenía su cabeza de coloradas y finas olas, anudadas en su parte posterior.
Esa mujer sobrenatural, observaba obnubilada a la criatura más ensimismada de la tierra. Del otro lado del dormitorio un marco con la puerta completamente abierta ofrecía una parcial imagen del comedor privado de la habitación. Allí estaba Heinz, el hombre más frio y seco que he conocido en mi vida. Ahí estaba él, completamente desnudo, sentado a la mesa, leyendo las noticias del día, ausente como siempre. Mientras ella lo miraba él se transportaba entre las letras del periódico y las imágenes que su cabeza creaba, dibujando el mundo que lo abducía.
Ella estaba en la cama, recostada fumando, mirándolo, observándolo desnuda, deslumbrante. El sol desde la ventana la iluminaba de frente, un sol natural y brillante, mientras ella idealizaba contemplando en pose de revista, sosteniendo su cabeza pelirroja, de espaldas a mí, desnuda y mirándolo a él, que estaba en otra habitación, y a su vez en otro mundo, porque estaba leyendo concentrado, lejano, inexistente, ensimismado en aquel texto. No estaba. Él no estaba ahí. Él nunca estuvo ahí, en la imagen, con ella.

Si hubiera podido no alcanzar a ver la puerta del otro lado de la habitación, me habría encontrado con tan solo una mujer hermosa y pensativa; pero me encuentro con esa mujer, fumando, observando resignada a ese engendro desnudo, obnubilada quien sabe por qué delirio. No necesitaba verla de frente para saber que era hermosa, que tenía una piel suave y fresca. No era que llevase un cuerpo voluptuoso o despampanante, sino que era una mujer realmente hermosa, sencilla y sensual, absolutamente deseable.
En cambio, él, era un tipo más, que nada tenía de lo que ella pudiera enamorarse. Seguramente lo que la nublaba era otra cosa.
Verla así resultaba desesperante, se la veía tan bella, tan cierta y tibia, tan real, tan perfectamente imperfecta que no se puede siquiera dar tiempo a la llegada de una oportunidad. Se me ocurría que el mero hecho de pensar en tocarla daba algo de temor. No sabía, si pudieran mis manos ser merecedoras de semejante ensueño algún día cercano.
La habitación era magnífica, al igual que la mayor parte de la casa, las paredes vestían de un rosado viejo desde la guarda blanca, a un metro de altura, hasta el techo, y verde agua por debajo de ella. Los muebles, si bien eran de estilo, combinaban una simpleza delicada con una evidente solidez.
El marco de la puerta era de madera gruesa, algo barroco, tallado, con bordes gruesos y cubos con grabados en sus cuatro ángulos.
El otro ambiente, en cambio, donde él se encontraba sentado a la mesa, leyendo, también desnudo, no posee luz natural de ningún tipo. Pero una lámpara eléctrica le ilumina el rostro, perdido, inmóvil, arrastrado a otro plano donde su lectura realmente lo retiene.
En aquella habitación se alcanzaba a descubrir todo lo artificial, como la misma luz artificial que le iluminaba a Heinz su cara, que también parecía, por supuesto, artificial. Lo único no artificial que se podía rescatar era ese cuerpo desnudo y flácido, que no podía creer que alguien pudiera mantenerle la mirada más que un mínimo instante.
En esta habitación, de la que apenas me separaba una puerta más delgada a cada instante, me daba la espalda la mejor obra de arte de la naturaleza; una bocanada mística de sensualidad paralizante; un delirio divino, que arrebataba la razón y condenaba a la esperanza.
La simbología imperante en cada habitación me resultaba inimaginable y maravillosa. Dos incompatibilidades evidentes, dos lejanías inenarrables, dos paralelas infinitas que no lograban que ella deje de mirar lo que no existe en ese cuerpo desnudo y sin alma, que parece nunca haberla visto a pesar de poseerla.
Sin querer me apoyo sobre la puerta para acomodarme y un crujido alarmó a quien escuchase.
El riesgo de ser descubierto me asustó. Pero me quedé ahí. Pensando las maneras de convertirme en héroe de algún modo.
Él, creo que ni escuchó el ruido, pero ella giró de inmediato su cabeza para mirar. Al parecer, increíblemente había conseguido perturbar esa extraña obsesión, de observar la nada, que parecía tener.
Cuando la puerta se abrió del todo, me encontró acomodando y cerrando el bolso, como si accidentalmente hubiera caído, y eso hubiera provocado los ruidos tras la puerta de su habitación.
— Perdón. No sabía que había alguien— le dije mientras levantaba el bolso y volvía a colgarlo sobre mi hombro.
—No, está bien.— contestó ella mientras miraba todo alrededor, como si alguien más pudiera estar observando. — Escuché ruidos, y pensar que alguien extraño podría estar en la casona me dio un poco de temor. Creí que hoy no habría nadie.—
—Si. Te entiendo. Yo pensé lo mismo. Creí que no había nadie y sin querer hice un ruido de no creer. Te pido mil disculpas.— Comenzaba a retirarme cuando volví a girar, y dirigiendo la mirada a sus ojos se me dio por preguntar si quería compartir el desayuno conmigo, ya que traía unas medialunas, recién horneadas, de la panadería del pueblo.
Me miró algo sorprendida y apoyada sobre el marco de la puerta, con un cuarto de cuerpo saliendo hacia el pasillo, como si el marco fuera un cinturón de seguridad que la protegía de salir despedida de su habitación. Apenas la cabeza y poco más de un hombro alcanzaban lo suficiente para poder comenzar una mañana distinta. Un nuevo comienzo.
— ¡Uy, que buena idea!.— me dijo de inmediato, y tras un diminuto silencio, una mueca, que profetizaba complicaciones, recalculó la expresión.— Tal vez en un rato pase un momento. Todavía me tengo que duchar, y acomodar unas cosas, y suelo dar mil vueltas. Pero prometo que si llego, paso a robarte una medialuna.— cerró con una sonrisa entre comillas, que aún levantaba sus pómulos dignamente.
Ella ni bien había escuchado el primer ruido detrás de la puerta, salió despedida de la cama para encontrarlo. Se puso la bata que había dejado previamente a un lado de la puerta, en el perchero, y como lo suponía, abrió de repente para encontrarlo, casi infraganti, espiando por la cerradura. Estaba azul del pánico.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Recuerdo de futuro

-Esta noche!"
En el teatro del balneario garompiña,
la presentación de Mamarracho y sus historias poeticoliterarias!-

Así decía el aeroplano que surcaba los cielos de la costa entera.

Esa noche, 14 personas asistieron a su presentación, de las 60 posibles.
Pero esa noche fue increíble. Al finalizar la presentación, se convirtió en uno más, sin sentir la necesidad de dejar de ser él mismo.

domingo, 21 de marzo de 2021

El hada de la noche (Cuento)

Daniel despidió a sus compañeros en la puerta de la empresa. La noche era serena y no demasiado calurosa. Corría mediados de marzo y lo más agobiante del verano había quedado atrás. Pensó en volver a su casa, donde unos escritos habían quedado inconclusos, o visitar uno de esos sótanos donde solía escuchar a escritores y donde incluso él había dado a conocer sus «postales», como solía llamar a sus escritos. Se decidió finalmente por caminar a casa las veinte cuadras que lo distanciaban del trabajo y cruzar por la plaza del centro para ver cómo perfilaba el fin de semana.

Los restaurantes, con luces tenues a esa hora, se preparaban para cerrar, y los bares comenzaban a recibir clientes cual desaforados monstruos de ladrillos. Uno tras otro, como hipnotizados por algún encanto desconocido, los clientes ingresaban por las puertas vaivén de madera a esos universos indescriptibles, que dosificaban el rugido feroz que emitían cada vez que abrían sus fauces para una nueva presa.

De pronto, entre toda la fauna salvaje que lo rodeaba, Daniel alcanzó a observar que, en la puerta del bar irlandés, un personaje especial, con apariencia de hada, ingresaba entre gente que se abría a su paso. El cabello azabache descansaba sobre sus hombros, unas coloridas y traslúcidas alas nacían de su espalda y, por debajo de una breve falda oscura, se desprendía un par de piernas, de una topografía magníficamente detallada, que terminaban en dos pequeños pies desnudos que apenas si tocaban el suelo en su andar.

Esa última imagen quedó grabada en sus retinas, mientras la oscuridad del lugar la absorbía, antes de que las puertas se cerraran tras su ingreso. Como si el tiempo hubiera trascurrido sin que él lo hubiese notado, al quitar la vista de la puerta del bar irlandés advirtió que la plaza había quedado desierta. Los restaurantes habían cerrado y todos se encontraban dentro de alguno de los mundos que la noche y sus fauces ofrecían.

Subyugado por el hada y el deseo irrefrenable de saberla cierta, se impuso un cambio de planes abrupto y concreto. El cansancio había perdido el espesor que aletargaba su paso y su sorpresiva decisión acababa de retarlo a un viaje desconocido pero irrenunciable. 

Parado frente al bar, metió la mano en el bolsillo de su jean para analizar el leve inventario de posibilidades: unos pocos billetes, un par de cigarrillos y una pequeña caja de fósforos. Supuso que tenía todo lo necesario y se dejó deglutir por las mismas oscuridades que aquella hada de la noche que lo había deslumbrado.

Se fue filtrando hasta llegar al último rincón del lugar. Entre los cuerpos perdidos que deambulaban por el espeso verde azulado que iluminaba todo, y el estruendo incauto de los sonoros latidos de un corazón salvaje que aceleraba y desaceleraba su frecuencia, llegó al último rincón, sin haber encontrado señal alguna de las imágenes que sus retinas le enviaban una y otra vez.

El calor comenzaba a sofocarlo, y la presión lo llevó a fusionarse con los fantasmas y las concurridas soledades del lugar. La necesidad de no volver a casa sin haber descubierto que su visión no había sido una mera utopía, le permitió advertir que no había escape alguno ante sus ojos.

Apenas a unos metros, una escalera descendía no más de una docena de escalones y terminaba en una cortina de gasas oscuras, en retazos anudados, que permitía entrever figuras que pasaban una y otra vez, danzaban, se besaban y brindaban, combinándose entre risas y voces suaves.

Bajó sabiendo que la tierra no iba a tragarlo y que todo lo que hubiese detrás podría no ser lo esperado; o que todo lo conocido no volviera a ser lo mismo. Como si nada en él fuese extraño, traspasó la cortina y caminó decidido a la primera barra que pudiera contenerlo antes de que notaran su presencia. No quería ser observado como ajeno al lugar o desentonar con la magia del ambiente.

Apoyado en la barra, levantó apenas su mano, con sus dedos índice y mayor extendidos hacia arriba, para que el barman se acercara.

El escenario estaba iluminado por una luz blanca. A algunas pocas mesas y al resto del lugar, en cambio, lo bañaban distintos azules íntimos y tenues. El aire ofrecía una agradable mezcla de perfumes y tabaco y una suerte de jazz acariciaba los oídos como si el resto del mundo no existiera. Al menos no esa noche.

Entre las mínimas mesas, redondas, transitando los tenues azules y alguna luz blanca que pareció fotografiar ese preciso instante, el hada —que sus retinas repetían una y otra vez— se le comenzó a acercar con una enorme e inmaculada sonrisa de dientes intensamente blancos y una delicada mirada de ojos rasgados que emulaban dos pardos y minúsculos topacios. Entre sus manos, de las cuales caían finas gasas verdes, sostenía una varita mágica, oscura y brillante. Con ella lo señaló y, acomodándose en la barra, se presentó con la certeza de conocerlo. 

No supieron cómo ni por qué, pero a esa altura ya no eran desconocidos. Alguien en común los había presentado. Tal vez aquel momento no habría sido el apropiado, ya que ninguno de ellos recordó haber reparado en el otro, pero esa noche él fue deslumbrado por un hada y ella recordó una lectura de postales que jamás olvidaría.

Mientras no amaneciera, la noche los exponía como una obra de arte en el mejor de los museos. Entre ellos, las palabras fueron utopías, caricias, sensaciones, y sus rostros aullaban asombro, amor, admiración. 

El resto del lugar cobijaba a los fantasmas que iban y venían, trasgos que bailaban aferrados a sus almas, alguna soledad que besaba a sus amantes, penas cabizbajas bebiendo en tragos largos, y amantes verdaderos, retirándose envidiados por corazones destrozados.

Cuando la noche comenzó a hacerse día, y tras haber aceptado el ofrecimiento de ser acompañada hasta su casa, el hada y sus encantos dejaron la barra para ser escoltados por Daniel y sus postales.

Llegaron justo cuando el sol intentaba descubrirlos. Las alas del hada cayeron por su espalda, y sus ojos, rasgados y vidriosos, parecían cerrarse como los de un Morfeo fortalecido por las decepciones. 

Ni bien el primer rayo de sol se coló por la ventana, el rímel del hada comenzó a propagarse invadiendo sus ojos, encendidos en una mezcla de pasiones y tristezas. De repente, ya tan humana y desnuda como sus pies, y tan cierta como el aire que a él comenzaba a escasearle, el hada tomó su varita, como si de un revólver se tratara, se paró frente a la ventana y apuntando al horizonte con sus brazos extendidos, disparó tres veces, hasta apagar el sol.

Después dejó caer el arma, junto con todos sus prejuicios y supersticiones, y se fundió en un primer beso con Daniel, junto con la promesa de no ser más que ella misma a su manera.

Para entonces no era noche. Ni amanecer, ni nada. Era un vacío intemporal que transcurría; un verdadero sintiempo que tampoco ofrecía, siquiera, variantes de alguna eternidad, más que la de ellos mismos. Él pensó en ese momento que tal vez los atardeceres no eran tan románticos como sus postales creían.

martes, 16 de febrero de 2021

La ventana (Cuento)

Si bien el horario de trabajo en el correo es bueno para poder llevar a cabo otras actividades, a Julio el tiempo nunca le alcanzaba para mucho. Una tarde, antes de llegar el verano, se encontró frente a su último dibujo realizado sobre el escritorio de EncoteSA. En el diseño, una isla asimilaba una silueta femenina, con un evidente estado de embarazo; y desde una recóndita bahía, una incesante cantidad de embarcaciones partían, hasta desaparecer en altamar, donde las figuras, ya mínimas, parecían ahogarse en el horizonte.

Despachó el último informe de telegramas y certificadas, y dejó libre de trabajo la entera superficie del viejo escritorio. Como si el tiempo corriera, abrió parsimoniosamente el primer cajón para sacar su carbonilla y firmar su último trabajo. Cerró bruscamente su carpeta, y el eco de las tapas de madera resonó en sus oídos, como las matinales campanadas del colegio contiguo a su casa llamando a los alumnos a clase, y a él, a levantarse para no llegar tarde a la oficina.

Julio había recibido el telegrama. Nadie lo sabía, él nunca lo había comentado. No hablaba demasiado, trabajaba mucho y dibujaba por demás cuando tenía sus respiros. Julio era, aunque no quisiera aceptarlo, un artista, un virtuoso desperdiciado en la soledad de una interna oficina de correos. Cuando las puertas al público se cerraron, él ya había retirado el vidrio de su escritorio. Se quedó sentado un momento observando todos los dibujos que descansaban en el mueble desde hacía tiempo, y antes de abandonar el despacho corrió las cortinas que siempre colgaron a sus espaldas.

Era noviembre. Se iba de EncoteSA después de veintisiete años de trabajo y de haber llegado a su puesto con apenas cuarenta y cinco de edad. Veintisiete años y más de cien trabajos distribuidos por toda la oficina de correos de la avenida Libertad. Comenzó a recorrer los dibujos como una retrospectiva de algo que nunca sucedió. Empezó por el ángulo superior izquierdo de su escritorio, donde una hoja de bordes amarillentos retrataba en ese mismo escritorio a don Ricardo y su pipa, su primer jefe. El último buen jefe que había conocido. Fue observando cada dibujo antes de despegarlos cuidadosamente de la interminable superficie de nogal del histórico escritorio. Las rejas de las cajas de atención al público, donde estuvo alguna vez, también estaban ahí, vistas desde adentro, con un jardín interminable al otro lado. Algunos viejos clientes, algunos viejos empleados que todavía venían a visitarlo de cuando en cuando, lo llamaban Don Julio. Era licenciado en filosofía, pero muy pocos conocían su título, como su apellido, que hubiera sido anónimo de no ser por su sello “Julio D. Lira – jefe zonal a cargo – EncoteSA”

Solía vestir bien, aunque en ocasiones, sin descuidarse al extremo, adquiría una imagen bohemia que casi pasaba desapercibida. Esos días se quedaba hasta tarde, y dibujaba mucho. Al día siguiente algún nuevo diseño se descubría en el lugar, en ocasiones más de uno.

Era muy inteligente. No le costaba aprender nada y se adaptaba con facilidad a los cambios tecnológicos. Eso sí, los cambios de manejos en la superioridad, que notoriamente iban contra sus ideales, y en detrimento del bienestar general, no le eran fácilmente asimilables; le causaban largos dolores de cabeza que lo extenuaban al punto de tomarse un par de días para volver, y al presentarse nuevamente pedía disculpas a cada uno de sus empleados.

Era un buen hombre. Sabía un poco de todo y mucho de nada. Conocía lo necesario y el resto lo creaba de la nada, improvisaba hasta que todo funcionara como correspondía. Siempre consultaba a todos sus empleados y no tomaba decisiones hasta no conseguir un importante consenso. Hablaba poco, y escuchaba demasiado.

Soportó varios cambios de gobierno y muchas más injusticias. En esos momentos dibujaba día y noche, como la gran rebelión que colgaba detrás de su puerta, o dramáticas y románticas imágenes sociales que guardaba en sus cajones.

En la pared posterior de la oficina había unas cortinas que siempre permanecieron cerradas. Algún indiscreto del personal de limpieza había comentado alguna vez, que detrás de ellas había un óleo de una ventana, que Julio habría realizado cuando le adjudicaron la oficina. Nunca lo había visto nadie.

Julio era simple y alegre, pero guardaba algo para sí. ¿Qué habría sucedido si hubiera mencionado en voz alta que todo lo que había logrado era su peor pesadilla, que estaba prisionero en un sitio imaginario del que no podía escapar? Tal vez varios hubiéramos sentido lo mismo, y él no era tan soberbio como para menospreciar las ilusiones de los que todavía creen que seguir un conjunto de reglas impuestas, entrelazadas cuasi racionalmente entre sí, puede solucionar sus vidas y satisfacer sus aspiraciones.

Julio siguió dibujando hasta esa tarde. Hasta esa noche, porque no se fue de su oficina hasta bien entrada la madrugada. Todos hubieran dicho que era una nueva injusticia, una terrible sinrazón, que le arruinaban la vida a una persona excepcional y hasta con seguridad, sus empleados hubieran tomado cualquier medida para modificar la decisión de los nuevos empresarios. Pero de nada hubiera servido. Julio estaba agradecido en su silencio. Esa noche, se llevó del correo todos sus diseños en varias cajas de archivo de EncoteSA ordenados cronológicamente.

Todos sus empleados se enteraron de su partida la mañana siguiente. Toda la oficina se encontraba desprovista de imágenes. A medida que los empleados llegaban, iban ingresando a su despacho con extrema curiosidad. Las cortinas de la pared estaban por primera vez corridas. Detrás de ellas una imponente ventana daba al mar con una vista increíble e innumerables detalles casi imperceptibles. Algunas ramas de cipreses apenas entorpecían la vista de la costa y escondían embarcaciones que comenzaban a perderse en lo difuso del horizonte. En el extremo del muelle se alcanzaba a reconocer a Julio, cargando alegremente sus cosas en una embarcación azul. Unos metros más atrás, bajo una sombra que dividía el muelle en dos mitades, se alcanzaba a descubrir de espaldas, como si el futuro hubiera estado siempre ahí, la silueta de cada uno de los que iba ingresando a la oficina, exactamente en el mismo orden que llegaban. Todos, aún de espaldas a ellos mismos, se mostraban ineludiblemente tristes, y arrastrando cada uno en su tobillo una especie de grillete que los unía entre sí.

jueves, 11 de febrero de 2021

Barrio (Cuento)

Eran más de las 8, y desde las 4 de la tarde estaban sentados en los sillones de piedra, en la plazoleta del barrio Libertad, a un costado de las torres.

Casi todos los días la misma rutina. El Gordo miraba entretenido unos videos en su celular, el Gaita hablaba del último laburo que hicieron juntos, mientras zarandeaba una botella de cerveza casi vacía, como si fuera un puntero láser, y el Pira escuchaba, ensimismado, mientras armaba uno con lo último que le quedaba. Atrás de ellos sonaba la música de los redondos, que venía desde la luneta abierta del auto del Gaita, un gol GTI, negro, con detalles en rojo y vidrios polarizados.

El Pira era el Pira porque no dejaba que lo llamen pirata, le habían puesto así a los 15, cuando perdió el ojo en un tiroteo en el barrio, entre dos bandas que estaban enfrentadas.

Terminó de armar, le dio mecha y tras varios segundos dejó salir el humo mientras interrumpía al Gaita.

– Si hacemos las cosas bien no vamos a tener problemas. Hay que ser responsables, cuando se labura, se labura y punto. Si no, andá a preguntarle al Moco como se ve todo desde abajo. – Con la imagen del Moco en el aire dio una seca potente antes de pasárselo al Gordo, que no quitaba la vista del celular que sostenía con la otra mano.

– Fea, la comparación con el Moco. – Dijo el Gaita, que acababa de tirar el envase de cerveza vacío en el césped, junto a los dos anteriores. – Yo soy responsable. Cuando laburamos soy el que más se mueve y trato de estar en todo. – dijo serio y mirando al gordo. – Gordo, ¿cuándo vas a largar ese celular? ¡Terminá con eso y pasálo, que no es un micrófono! – Dijo levantándose apenas del asiento de piedra y arrebatándole el faso de la boca al gordo.

– Ya lo dijo Caballeri, ante todo somos un grupo de amigos, siempre unidos. Siempre primero nosotros y todo lo demás después. – dijo el Pira, y echándose hacia atrás sobre el asiento, con sus manos en la nuca, agregó – si no nos cuidamos entre nosotros estamos puestos.

A unos doscientos metros, desde la calle principal del barrio, se escuchó acercarse una moto que acababa de doblar en la esquina. Los tres miraron en esa dirección. Era el Tuerca, que a pocos metros bajó la velocidad y subió con la moto a la vereda hasta frenarla entre el Gordo y el Gaita. – Chicos, hay un laburo dijo Caballeri. Es un restaurante en Palermo. Puede que haya algún famoso. – Dijo el Tuerca, sin apagar la moto ni bajarse. – ¿Qué le digo? -

– Decíle que salimos en cinco, vamos por Nazo y el Tano y nos encontramos con vos en el taller. – Dijo el Pira mientras se paraba y recibía la tuca del Gaita para rematarla. Aspiró la última braza hasta quemarse la yema de los dedos, y conteniendo todavía la respiración, sentenció – Vamos en el Bora, maneja Nazo y el Tano va a la puerta. Entramos nosotros tres.

– Quedamos. – dijo el Tuerca, mientras taconeaba el cambio en la moto para salir enseguida – Le aviso a Caballeri y después volvemos todos al taller. Nos encontramos allá. – El ensordecedor rugido de la CBR-1000 del Tuerca les hizo apretar los ojos, mientras pasaba por entre los tres para volver por donde vino.

En el Bora de Nazo, ya con Nazo al volante, y el Pira de copiloto, se dirigieron hasta el restaurante de Palermo que les había indicado Caballeri. El trabajo era rápido y seguro. Mientras el Tano bajó del auto y se paraba en la puerta del restaurante, El Pira repartió las herramientas de trabajo y organizó la primera presentación de la noche. Bajaron los tres y entraron al restaurante. Nazo esperaba con el auto en marcha, y un papel en la mano que lo ayudaría a llegar más rápido al taller de Caballeri.

En menos de cinco minutos el Tano corrió hasta el auto, abrió la puerta del acompañante y luego la de atrás, por donde entró mientras los demás venían corriendo con los bolsos en la mano. Antes que cerraran las puertas Nazo arrancó quemando caucho y giró en la primera esquina antes que alguien saliera por la puerta del restaurante. La noche acababa de comenzar y la primera presentación había sido tremendamente exitosa.

– Estaba la polaca de las películas ¿vieron? – Dijo emocionado el gordo, sentado último en la ventanilla de atrás, mientras curioseaba un IPhone rosa brillante libre de contraseña.

El Pira se arrodilló en la butaca del copiloto, mirando hacia atrás, y apuntando al gordo gritó. – Gordo pelotudo. ¿No te das cuenta de que estuviste baboseándote al lado de esa rubia todo el tiempo? No le sacaste la mirada de encima, y por atrás tuyo salía una mina del baño hablando por celular que nunca viste. ¡Menos mal que el Gaita la cazó al vuelo y le arrebató el aparato, sino estábamos todos puestos!

– Pará Pira, tranquilo que la noche recién arranca. – Dijo el Gaita intentando calmar un poco los ánimos.

– Gente, no me griten en el auto que estoy manejando y me pongo nervioso. Salió todo joya, no la compliquen. – Dijo Nazo, que cuando giró en la avenida, divisó de inmediato un patrullero en la siguiente esquina esperando el semáforo, y sin mediar palabra, por puro instinto y algo de ansiedad, giró en forma de U sin bajar la velocidad y salió hacia el otro lado. Las gomas, chillando en su carrera contra el asfalto, desvirtuaron apenas el estrepitoso estruendo que los ensordeció dentro del Bora.

La ruidosa maniobra y lo abrupto de la secuencia llamó la atención de los oficiales, que habían dejado el patrullero para atender un simple altercado entre vecinos. Subieron al móvil extrañados y salieron en busca del sospechoso Bora, que en ese entonces había alcanzado, al menos, unas cuatro cuadras de ventaja.

En el Bora, los insultos desenfrenados de Nazo desentonaban con el silencio y el paralizante asombro de los demás. Frenó de golpe unos metros más adelante y mientras bajaba del auto gritó: – Corran, la policía va a llamar una ambulancia. –  y echó a correr cruzando la avenida, al tiempo que gritaba – ¡Corran! ¡Corran!

El tano y el Gaita bajaron del auto con los bolsos y corrieron hasta la esquina, donde giraron hacia el lado opuesto que Nazo. En el Bora quedaba el gordo en el asiento de atrás, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, empañada por el jadeo, y sus manos presionando la herida del pecho, como le pedía el Pira, que bajó último del auto, sin dejar de mirarlo, caminando lentamente hacia atrás y guardando el arma en el bolso. Cuando el patrullero estaba a unos metros, y antes de girar y salir corriendo, el Pira gritó, sollozando y agarrando con fuerza los pelos de su cabeza – ¡Gordo pelotudo, mirá lo que me hiciste hacer! ¡Mirá lo que me hiciste hacer Gordo!