Bienvenidos

Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.

domingo, 13 de junio de 2021

Ventanas abiertas (Cuento)

Marcos abrió la puerta de su departamento. Después de todo un día de trabajo había llegado. Al ingresar, pensó por primera vez que no encontraba nada interesante al regresar a su casa, nada agradable que le cambiara el ánimo. Al cerrar la puerta se quedó parado, como esperando alguna señal que nunca llegaría. Ni siquiera pudo rescatar esa sensación de haber llegado a su lugar, al menos para sentirse cómodo. Colgó las llaves en el llavetero detrás de la puerta, se quitó la ropa de oficina y se vistió con ropa liviana, puso a lavar su camisa, y se sentó en el sillón con el libro que había comenzado a leer esa semana.

Los días de Marcos no solían ser demasiado sorprendentes, carecían de acontecimientos divertidos o momentos interesantes. Con sus 23 años era una persona extremadamente ordenada, de una educación excelente y una intelectualidad asombrosa, aunque él se encargaba de renegar de ella en cada oportunidad que se la adulaban. Como cada día de la semana, esperaría la hora de la cena mientras leía, y después de comer se acostaría para poder estar descansado al día siguiente y llegar temprano a la productora de su padre, donde se ocupaba, junto con un equipo de profesionales designados, de los análisis de costos de las nuevas producciones.

Esa tarde, mientras leía recostado en su sillón, una fuerte ráfaga de viento abrió de golpe una de las ventanas del departamento. El ruido del impacto de la hoja de la ventana contra la pared lo asustó, y en el mismo momento lo sorprendió el aroma de un aire húmedo y fresco que lo transportó al recuerdo de Celeste. Contrario a su costumbre de mantener las ventanas cerradas, esa vez ni siquiera pensó en levantarse del sillón. Cerró y dejó a un costado el libro que estaba leyendo,  y no pudo dejar de lado la majestuosa maquinaria que ya se había disparado en su cabeza.

Celeste compartía con él el alquiler del departamento desde hacía casi 3 años. Tenían la misma edad y la había conocido en la productora, un año después de haber terminado el secundario. Ella, además de su trabajo en la productora por las mañanas, participaba en una pequeña compañía de teatro con la que daba clases por la tarde, y con la que presentaban algunas obras en teatros pequeños, cuando se presentaban las oportunidades. Hacía más de 6 meses que Celeste se había ido a recorrer ciudades con su compañía y no tenía fecha de regreso.  Habían construido, en gran parte gracias a ella, una relación de amistad inseparable, en la cual Marcos se encargaba de intentar convencerla, una y otra vez, de que merecían ser algo más que esa suma infinita de confidencias y risas.

Hasta la partida de Celeste, lo primero que notaba Marcos cada vez que abría la puerta del departamento eran las ventanas abiertas. Todas. No una ventana o dos; todas las ventanas estaban abiertas. Así solían estar al menos desde el mediodía, cuando Celeste iba a dar sus clases de teatro. Ella insistía en que las ventanas abiertas renovaban la energía, cambiaban el aire y, de alguna manera, conectaban los sueños con la realidad. 

Después de un rato Marcos se levantó del sillón y se dirigió hasta la ventana. Se apoyó en el marco de cara al viento, que entraba con fuerza desde ese anochecer encapotado con la más amplia gama de grises. Recordó, que una tarde similar encontró a Celeste en la misma situación y sostuvo, que pararse ante las ventanas abiertas la hacía recordar, por un lado y siempre con una sonrisa, todo lo que inevitablemente había tenido que dejar atrás; pero también le permitía soñar. Soñar con todas las posibilidades que el tiempo le iba a presentar, hasta poder encontrar de qué se trataba su sueño, y en qué lugar se encontraba, para saber, hacia dónde ir en su búsqueda. Ahora, era él quien comenzaba a recordar lo que tal vez había quedado atrás. Ahora era él quien buscaba, ante una ventana abierta, la oportunidad de juntar el valor necesario para saltar al vacío en busca de sus sueños. Saltar al vacío y volar, volar fuerte. Volar de día y de noche, entre los imponentes rascacielos de la ciudad y sobre las alejadas cabañas en las montañas, volar sobre las aguas cálidas, sobre aguas heladas y mares bravíos, volar sobre los campos verdes, cosechados, o sobre sabanas secas y agrietadas. Pero volar volando, sintiendo el viento transformarnos la cara, volar sonriendo, volar llorando, volar dormido, y dormir volando. Volar con los ojos abiertos o con los ojos cerrados, volar solo, o volar acompañado. Amar volando. Ahora, era él quién decidía recordar, con una sonrisa, lo que inevitablemente comenzaba a dejar atrás. Ahora era él quien dejaba la ventana abierta. Porque esa noche encontró el coraje de saltar por esa primer ventana, y con su vuelo inexperto comenzar a respirar, pero volando, que es la mejor forma de respirar. Volar sin alas, sin penas, volar con la fuerza necesaria para atravesar cualquier muro, cualquier tormenta. Volar en silencio, y volar gritando, para que todos miren hacia arriba, y nos vean volando, no para envidia de alguien; volar, para que sepan todos que se puede volar. Volar con el cuerpo y con el alma. Volar desnudos y volar de gala.

Esa noche Marcos durmió con todas las ventanas abiertas. Por la mañana, con apenas unas mudas de ropa, dejó definitivamente el departamento, volando fuerte; justo antes que lo llamara Celeste.


La reunión de padres (Cuento)

Esa mañana, Mario, no tenía ni la más mínima gana de presentarse en la escuela de Danielita. Se duchó rápido y perdió media hora frente al espejo, mirando y enjuagando su cara una y otra vez, como si el agua, y el mero hecho del transcurso del tiempo, pudieran mejorar su imagen. No había podido dormir en toda la noche. Sus ojos, enrojecidos e hinchados, lo condenaban de cualquier manera. Resignado, volvió a la habitación para vestirse y tomar valor para enfrentar esa reunión de padres. Reunión de padres organizada a pedido de algunas madres, pero que nada tenía que ver con temas que conciernan a la escuela, y menos aún a la totalidad de las familias de 3° grado.

Miró la cama semirevuelta y no pudo evitar pensar en la ausencia de Malena. Ya había pasado una semana sin noticias de ella y Danielita. Llamó varias veces a casa de su suegra para poder comunicarse con alguna de las dos, pero recibió siempre las mismas respuestas, «No es el momento», «Después de lo que pasó necesitan recuperarse», «Cómo podés pretender que te extrañen después de lo que les hiciste. ¡Sobre todo a la criatura, una nena de 8 añitos!»

Moría de ganas de comunicarse con Andrés. Sabía que seguramente se encontraba en una situación parecida a la suya, Silvina también se había ido de casa con su hija, pero él no lo permitió. Fue él quien dejó la casa mientras intenta recuperar a su familia. Recién volvería a ver a Silvina en la reunión de padres, pero ambos tenían la intención de conversar más tarde en un café, para ver como siguen, después de todo lo sucedido.

Le hubiera gustado tener la misma posibilidad con Malena. Pero está convencido que hizo todo mal, y la actitud de ella es mucho más drástica que la de Silvina. Tal vez Andrés no llevara a cuestas los mismos sentimientos de culpa que él, y eso lo haga sentir más íntegro o mejor posicionado.

Salió de la casa con la sensación de que ya no pertenecía a ese lugar. Ni a la casa, ni a la familia que la habitaba hasta hace apenas una semana, ni al barrio… De alguna manera, de la noche a la mañana, parecía haber dejado de ser Mario Marcarián y haberse convertido en una figura pública, del lado bizarro e hipócrita de la ciudad.

Estacionó el auto a poco más de cincuenta metros de la puerta del colegio. Faltaba un cuarto de hora para que comience la reunión de padres, y él no pensaba bajar del auto hasta que estén todos adentro y la reunión haya comenzado. Tendría que pasar ante la vista de todos, soportar al menos sus miradas y, si todos se comportaban respetuosamente, podrían comprender que más allá de los errores que se le pudieran adjudicar, en ningún momento fue intención que las niñas, su hija y la de Andrés y Silvina, tuvieran que ser testigos de cualquier acto impropio que ellos, como adultos, hubieran podido cometer.

Ni Andrés, ni él, previeron que las niñas regresaran a casa antes del final del partido. Se suponía que la niñera las traería más tarde. Tampoco se le ocurrió a la niñera que ellos, por más festejos efusivos que pudieran llevar a cabo, tuvieran la costumbre de mirar los partidos sin ropa. Pero más allá de lo que las niñas pudieran haber visto, lo cual hubiera sido realmente nada en comparación con las barbaridades que tuvieron que escuchar después, no había ninguna necesidad de acusarlos de abusadores o degenerados, como se estaba hablando, ni de organizar esta reunión para estigmatizarlos como personas peligrosas para sus hijos, ni para la comunidad.

Mario sabe, en lo profundo de su ser, que cometió un error que no debió permitirse, pero fue un error que no tenía intenciones de lastimar a nadie. Si en lugar de Andrés hubiera sido Silvina, a quien hubieran encontrado en el sillón con él, no hubieran sido entonces tan exagerados. Tal vez hasta hubieran sido, en algunos casos, todo lo contrario. Algunos lo hubieran festejado, por lo bajo por supuesto, y otros los hubieran señalado con el dedo. Pero de ninguna manera hubieran expuesto de semejante forma lo sucedido, ni ante los chicos ni ante nadie. Bien se sabe, en las puertas del colegio, de un par de madres que resultan por demás cariñosas y amigables con algunos padres, y en ninguno de los casos, necesariamente, se trata de personas separadas. Es verdad que nadie los encontró en circunstancias comprometedoras, pero esas mismas personas, hipócritas e inescrupulosas, son las que con mayor énfasis levantan la voz en este momento, sin importar lo que las hijas de las familias puedan sufrir. 

Desde el auto, observó como abrían las puertas del salón del colegio y hacían ingresar a los padres. Entre todos ellos estaba Andrés, llorando desconsoladamente, compungido, bien arreglado y bien vestido, hasta podía imaginarlo perfumado como siempre, pero desarticulado y tembloroso, casi convulsionando, sostenido por su mujer y alguna otra madre amiga. Algunas madres y padres que ingresaban tras él se sonreían de la situación, o se mordían los labios resignados al show que estaban asistiendo. La reunión de padres comenzaría de inmediato.

Todavía no era el momento de bajar del auto. Mario pensaba en Daniela. Pensaba también en Malena, que seguramente había ingresado más temprano, para no participar del espectáculo más de la cuenta. No podía no pensar en Malena porque realmente la amaba, y aunque nadie pudiera entenderlo sufría horrores por el imperdonable error que había cometido. Pero por sobre todas las cosas pensaba en Daniela. ¿Cómo iba a hacer para explicarle lo sucedido, cómo poder explicarle una situación que, a sabiendas de estar equivocado en las formas, había sido producto de un amor, al menos por su parte, que no iba a terminar de concretarse nunca, pero que él creía que merecía, al menos, un tiempo de dedicación? ¿Como explicarle que no era algo de todos los días, ni que su padre no era ningún monstruo? Sí, podía hacerse cargo de haber fallado como esposo con su madre, pero nada hubiera cambiado el amor que le tenía. ¿Cómo explicarle que jamás hubiera hecho lo que hizo, si hubiera pensado unos segundos en que ponía en riesgo a Malena y a ella? Tarde se dio cuenta del error y lo sabe. Por eso no va a bajar del auto. Mario no va a exponerse a ese barrial donde lo quieren llevar. ¿Para qué? ¿Con que sentido? Si alguien tiene que escuchar sus explicaciones y escuchar sus disculpas son Malena y Danielita. Malena hoy no quiere escuchar nada, ya lo demostró, y nada puede reprocharle. Pero Danielita debe estar sufriendo la situación. Mario no sabe cuánto entiende, y cuanto no, de lo que está sucediendo, pero ella seguro que lo extraña, y él está seguro de que cuando lo entienda también sabría perdonarlo. Pero no puede Mario permitir que todo esto siga creciendo y que su hija lo siga incorporando en ella como una mochila, como una marca en la frente, como un tatuaje eterno que cada día crece un poco más.

Ya está. Mario está decidido a que esto llegue hasta acá y no más. Sabe que la única forma de que una cacería fracase, es que la presa no exista. No hay forma de que pueda hoy explicarle a nadie su verdad. Hasta Andrés le ha soltado la mano para dejar de ser juzgado y convertirse en víctima de la situación. Tal vez, hasta sea él mismo quien se ponga el primer traje de cazador y quiera levantar la cabeza de su presa. Sabe que va a lastimar a Danielita por un tiempo, pero piensa que la va a lastimar mucho menos de lo que tendría que sufrir si pretende enfrentar la hipocresía de esas bestias hambrientas que esperan agazapadas para desollarlo, según ellos, de forma ejemplificadora.

Calcula que, mientras la reunión se lleve a cabo en el colegio, tiene el tiempo suficiente de pasar por la casa y darle un final a toda la situación. Pone en marcha el auto y se dirige a su casa. Al pasar por el frente del colegio intenta, sin éxito, encontrar algo que pueda cambiar su decisión. Las opciones que baraja mientras maneja no son demasiadas. Puede preparar el revólver de su padre que guarda de recuerdo o preparar un bolso con lo necesario para desaparecer. Cualquiera de ambos finales serviría para liberar a Malena y Danielita del karma de su existencia. La más drástica es demasiado egoísta y sin marcha atrás, pero está seguro que no tiene la valentía suficiente para hacerlo. En cambio, la segunda, la huida propiamente dicha, le propone un abanico de posibilidades que pueden darle el aire necesario para enfrentarse a lo que realmente necesita.

En el sur todavía vive Gastón, su gran amigo de la adolescencia, que maneja la hostería que sus padres pusieron en los años 90. Seguramente puede conseguir trabajo ahí y alejarse de todo, hasta que algún día Male vuelva a atenderle un llamado y pueda disculparse, y explicar lo que ella pretenda, o seguir desaparecido hasta tener el coraje necesario para sentarse frente a Daniela, cuando crezca, y pueda decidir si lo perdona. Si algún día encuentra ese coraje podría explicar lo sucedido y los porqué de esta huida, y esperar que lo perdone o se lo reproche eternamente. Pero, aunque sea tener la posibilidad de intentar, explicarle que cuando todos le dieron vuelta la cara, y él se quedaba solo, frente a ese tsunami hipócrita de valores inconmensurables, tuvo miedo por ella.

Si por caso nunca encuentra ese coraje, habrá sido bien tomada la decisión de huir y permitir a Danielita crecer sin karmas ni mochilas, y a Malena rehacer su vida, dejando atrás un episodio que, tal vez, pueda cicatrizar mejor con las ausencias. 

miércoles, 7 de abril de 2021

La voz del epitafio (Cuento)

La noche acompañó al sol en su descanso y me dejó ciego. Con gubia de diamantes, firme, cabal, dibujaba mi última frase como una obra de arte. El último sueño, ese que no podemos contar, ese que guardaremos con nosotros para siempre, ese último sueño es el que nos deja sin aire, y así, con la fe de los que creemos, convencidos de que las utopías tienen un destino de realidad, fue como nos fuimos quedando en este mundo sin soñadores.

«Aquí es donde se descansa». En esta tierra se descansa. Se descansa mientras todo se destruye, de a poco, mientras la luna, sin darnos cuenta, deja de aparecer. El mar se queda sin olas, la sal cae a lo profundo, la gente común espera que algo suceda, el frío y los anhelos frenan de golpe junto al mundo en plena bajamar y, encallado en la orilla, el pescador del bote gris alza el bagre más grande de la historia. 

Hacía tiempo, un bagre había devorado a su esposa, dando muerte a su último sueño; pero esa vez la revancha se comió caliente y con papas, que el pimentón enrojecía, unas papas tímidas, algo maquilladas y con poco condimento.

Escuché barbaridades, estupideces y frases sin sentido, expresadas como doctrinas magníficas e irrefutables; y de pronto me callé la boca, antes de romper el espejo de una trompada.

«Cuando viví, lo hice todo», pensé durante mi último sueño, y abrí mis ojos queriendo soñar cuando ya me quedaba sin aire; como el bagre del pescador. Podría haber conseguido el más caro de los mármoles, el más fino de los diseños y el mejor de los grabadores, pero correspondía que mis propias manos grabaran, en la más inhumana de las piedras, el secreto del sueño que me cambió la vida. «Me fui sin dejar nada», decía la piedra de diamante. Sería esa piedra lo más parecido a la eternidad que creía buscar cuando aún vivía. 

Ayer di cuenta de lo equivocado que estuve hasta el final de mi vida. Ayer, en plena lluvia, cuando de las alcantarillas brotaba el agua podrida de los inframundos, cuando las nubes ácidas se volvían oscuras y los truenos fatales martillaban la tierra. Ayer nomás, cuando creía que por fin había visto todo, que lo hecho había sido en vano y que en vano había sido hecho este infame engendro que descansaba en la paz de la nada… ayer, en plena tormenta, se acercó mi pequeña a la maciza roca diamantada, para dejar un recuerdo bajo mi último delirio.

«Aquí es donde se descansa.
Cuando viví, lo hice todo,
y me fui sin dejar nada».


domingo, 4 de abril de 2021

Volver (Cuento)

Había regresado al teatro, después de un tiempo ocupado en sinsentidos de la rutinaria cotidianidad. El destino me metió «de prepo» en los encuentros entre Borges y Piazzolla, donde el arte sensual en su máxima expresión me había transportado a otros tiempos en los que consumía, con más frecuencia, la vida cotidiana en otros colores, y no en la escala de grises que solía verla en ese entonces.

Había sido una noche magnífica conmigo mismo.  La poesía y la música con sus humanidades presentes, y esa danza sublime, que personificaba las palabras no dichas, detrás de las obviedades de lo común, encarnaron los placeres y utopías de una entusiasta juventud que, poco a poco, comenzaba a concebirse recuerdo. Una de esas noches donde uno se transporta a otro universo, donde el tiempo no marca edades, ni límites. Salí a la calle, tras ese extraordinario ingenio prestidigitador que había presenciado, y la ciudad ya resultaba distinta. El aroma del aire había cambiado, los brillos de la noche en la avenida somnolienta invitaban a deambular, en busca de esos sentidos que nadie nos enseña en las escuelas. Yo tampoco era el mismo que había ingresado hacía un par de horas. Había retornado a mi elemento que tanto había desatendido desde tiempo atrás. La gente caminaba libre y sin tapujos, con sus rostros cubiertos por máscaras infinitamente diversas y de notorias representaciones.

Un reconocido rostro del drama se separó de su pareja, enmascarada de comedia, y se acercó a saludarme.

— ¡¡Como está don Fermar?!— dijo sorprendido, estirándome la mano en un saludo. — ¡Qué bueno verlo de regreso! En un rato hay recitales en el sótano del éter, donde íbamos siempre. Imagino que nos vemos ahí en un rato. ¡¿No?!— sentenció apuntándome con el índice como una suerte de condena.

Hacía rato que no me llamaban por mi seudónimo. Y sinceramente no estaba en mis planes pasar por aquél viejo sótano devoto, pero también era cierto que ya no tenía planes. Lo reconocí verdaderamente, cuando me nombró el sótano, y me salió sonreír con algo de nostalgia.

—Es cierto, anduve perdido un tiempo, pero estoy de vuelta. No sabía que el éter continuaba recibiendo gente, pero ahora que lo dice, es probable que más tarde me dé una vuelta. Hace mucho que no voy. —

—Excelente noticia! Nos vemos ahí. Hoy hay cena, así que, no se venga muy tarde que después no queda nada. — dijo, supongo yo, con una sonrisa cómplice detrás de ese drama que lo presentaba.

El éter era un sótano mágico, donde nos encontrábamos todos una vez a la semana. Durante el invierno, se hacía alguna especie de guiso caliente, que «bandejeaban» sin costo entre todos los poetas que asistían. El pago del guiso se hacía, en realidad, con la pequeña plusvalía sobre las bebidas, que garantizaban «el banquete» de la próxima reunión. 

Tras la cena de cortesía, nos anotábamos en una lista para pasar al pequeño escenario donde se recitaba. Después de unos minutos el silencio lo inundaba todo, y despegábamos a un viaje interminable que solo el amanecer se atrevía a interrumpir, entre los tragaluces que comunicaban al éter con el mundo externo. Había sido un tiempo maravilloso el vivido ahí, donde además asomaban portales a universos afines, por donde íbamos rotando y conociendo modernos ejemplares de nuestra especie, en peligro de extinción.

Caminé toda la noche, y visité distintos éteres que solía frecuentar en otros tiempos.

En uno de los recorridos encontré a Clarita, un alma joven y delicada, atrapada entre dos mundos, los cuales no alcanzaba a comprender del todo, pero por los que sentía una profunda admiración sin necesidad de fundamentos. Me sorprendió con un grito de alegría y un abrazo interminable, mientras me resumía al oído lo feliz que la hacía volver a verme después de tanto tiempo. Tomamos unos tragos juntos y me excusé para retirarme, invocando un poco creíble dolor de cabeza. No era que no estuviera feliz de encontrarla, sino que esa noche me encontraba inmerso en una búsqueda poco clara.

Continué recorriendo subsuelos y esquinas fantasma, y regresé desbordado de pensamientos y nostalgias, triste por lo que ya no poseía y por la ausencia de sentido en algunas realidades, que se volvían irrefutables, y carecían de dignidad necesaria para ser vividas.

Llegué antes del amanecer. Incluso mi propia casa parecía no ser la misma esa noche. Un aire perfumado me recibía con una caricia en mi pequeño departamento y el cuerpo se me caía a pedazos. Me quité la camisa y los zapatos en el comedor, apenas ingresé a casa, y cuando encendí la luz de mi habitación la encontré recostada en mi cama. Vestida con media sonrisa expectante y cubierta con un pánico sensual, me observaba reaccionar. 

—¡Clarita! — exclamé asombrado sin entender como esa joven belleza, que hacía poco más de dos horas se acodaba a una barra conmigo, había llegado a mi cama mientras yo no estaba en casa.

— Te noté triste y quise venir a acompañarte. — se justificó con voz aniñada y sensual. — ¿Estuve mal? —

Recordé, que ella conocía la llave dentro de la lámpara, sobre la puerta de ingreso. Pero mi rostro, además de agotado, reflejaba todavía la sorpresa de su presencia, justo cuando pensaba zambullirme en la cama como si un portal mágico me estuviera esperando entre las sábanas revueltas. Me acerqué pensando en explicarle que no era que hubiera estado mal, ni que me molestara su actitud, pero nunca dejó que saliera una palabra de mi boca.

Apenas dormí una hora aquella mañana, pero descansé como nunca. Desperté con el perfume de clarita impregnado en la almohada, en mi cuerpo, en el aire.  La casa toda olía a ella. Comprendí al despertar que Clarita había crecido. Ella tampoco era la misma. Me levanté de la cama para acompañarla y compartir el desayuno con ella. Pero ya no estaba. Había dejado una nota sobre la mesa del comedor.

«Sé lo difícil y triste de los finales, querido Fernando, pero no dejemos nunca de lado nuestra esencia. Tenía mucha curiosidad de reconocerte al despertar, pero temí también que descubrieras quien soy yo, después de tanto tiempo. Ya no me acompaña la joven Clarita que disfrutaba el desayuno con tostadas en la cama, y que buscaba quien la mire a los ojos al hablar. El mundo que me ha cobijado no deja de ser ni blanco ni negro; Pero como alguna vez te escuché decir, «me permite tomar lo que quiero, sin necesidad de dañar a nadie»; porque descubrí que el mundo es mío y esta vida es breve.

Clara.»

Esa mañana me odié, y más aún odié sentirme en la necesidad de confesarme esa misma noche, en una tácita cita, en algún éter, masticando whiskies, y escuchando esos tangos insólitos y esas poesías volátiles, que a Clarita tanto apasionaban, y esas sensuales piernas femeninas, que con su cadencia acompañaban el viejo fuego de estar vivo. Supongo que más tarde, tal vez, si el destino y Clara lo permiten, y el tiempo me hiciera un guiño, podré volver a encontrarme con Fermar, para decidir cómo seguimos.

viernes, 26 de marzo de 2021

La Casona - Paradies (Cuento)

Me encontraba hospedado en una casona magnífica con múltiples habitaciones. Una construcción hermosa de mitad de siglo, sobre un terreno interminable, en las afueras de la ciudad. El lugar brindaba todas las posibilidades de sentir la naturaleza en infinitas formas, y la casa más cercana se encontraba a no menos de 200 metros de ahí. Tenía alquilada mi habitación anticipadamente por los próximos dieciocho meses, tiempo que me llevaría terminar el trabajo que la empresa me había encomendado. Una vez cumplido mi objetivo, volvería a los rugidos de la capital, y a las horas sin tiempo que nos depara el destino.
La casona pertenecía a dos hermanos alemanes que no vivían en ella, pero no queriendo desprenderse de la propiedad, decidieron acondicionar algunas habitaciones para alquilar, e hicieron cerrar todo ingreso interno que diera a la parte derecha de la casa, dónde se dice, que todo continúa manteniéndose en su estilo histórico.
Además de una enorme cocina comedor y de una hermosa sala de estar, modernizada con cerramientos vidriados para disfrutar la magnífica e imponente imagen de las montañas, todas las habitaciones poseían baño privado, y unas pocas se encontraban provistas de un comedor, con una pequeña kitchenette disimulada detrás de unas puertas de placard.
El lugar se encontraba algo lejos de la ciudad, pero eso formaba parte del encanto que la casona tenía. Inmensa y extraña, la casa conformaba un verdadero retiro del mundo conocido, a una realidad con cierta mirada romántica de la existencia.
Los primeros dos meses sirvieron para adaptarse al lugar, al nuevo ritmo, a los nuevos horarios y a las distancias. Después de asimilar el nuevo tiempo todo se volvía más etéreo y deslumbrante todavía. Pero algo sucedió una mañana que modificó algún aspecto, o lo intensificó todo.
Una mujer había alquilado, al igual que yo, una de las habitaciones de la casona. La descubrí una mañana saliendo de la casa y, sin comprenderlo, quedé absorto. Apenas nos dimos los buenos días con una sonrisa, mientras todo en mí se entumecía, presentándome inmóvil, sin saber que hacer o decir. Tenía plena seguridad que jamás, en ninguna circunstancia, había concebido algo similar. 
Todo en mí acababa de perder sentido, y el tiempo, a pesar de acontecer en horas, había dejado de correr desde esa mañana, para permanecer suspendido en la imagen de aquella pequeña silueta de cabellos rojos, que acababa de pasar frente a mí, y se concebía etérea a medida que se desplazaba sobre el césped sin dejar vestigios del camino.
Quedé en la puerta de la casona simplemente mirando. El día apenas comenzaba y me pareció sentir que el atardecer lo empujaba con fuerza para volver a presentarme ahí, donde nacía el pasillo, para volver a distinguir con precisión esa sensación de crear el universo dentro del cuerpo, como si un parsimonioso big-bang interminable, se esparciera dentro de uno. Un circuito eléctrico del organismo humano, que por primera vez recibe una descarga de voltaje, superior a la necesaria.
Sin suerte, busqué, los siguientes días, encontrarla en el comedor, en la cocina, en los parques, o en algún lugar de paso, pero nada conseguía. Unos días después pude enterarme por Aníbal, el encargado de la casona, que la nueva inquilina, que decía llamarse Guadalupe, había sido reasignada a una de las habitaciones principales, con sala de estar, por indicación del señor Heinz, el mayor de los hermanos.
Me había tocado regresar a la ciudad por unos días, a firmar unos papeles de la empresa y presentar unos informes, pero ese mismo sábado por la tarde estaría de vuelta. Mi ansiedad fue tal, que pudo más, y volví buscando encontrarla, tan temprano como pude. Quería poder presentarme, darme a conocer, conocerla, hablar con ella, volver a deslumbrarme con el brillo de su cabello encendido y su sonrisa simple de labios delgados y apretados. Había vuelto urgente, con la impostergable decisión, y el convencimiento absoluto, de la necesidad inmediata que a mi ser le urgía de abordarla ni bien se presente la oportunidad. Algo en mí necesitaba, desesperadamente, de aquella mujer. 
Al ingresar en la casona esa mañana, sabía que solo quedábamos dos inquilinos además de ella, y Don Álvaro nunca despertaba antes de las once. Caminé sigilosamente por el pasillo principal de la casa hasta la puerta de su habitación. Me resultó irresistible echar un vistazo.
Fueron apenas segundos los que quedarían a fuego eternizados en mi memoria. Me incliné como para abrir el bolso en el suelo y la imagen que se alcanzaba a vislumbrar del otro lado de la cerradura de la puerta era la más indiscutible de las obras de arte.
La mañana acompañaba la imagen. Ella se encontraba recostada, de espalas a mí, con la cabeza hacia los pies de la cama, donde el sol de las nueve iluminaba su esculpido cuerpo desnudo, como si un cenital mágico la descubriera sobre las sábanas revueltas. Introducía los pies lentamente, una y otra vez, bajo la almohada de plumas, como si quisiera calentarlos un poco. Con su mano izquierda sostenía en el aire un humeante cigarrillo apoyando su codo sobre su cadera pálida y con su mano derecha sostenía su cabeza de coloradas y finas olas, anudadas en su parte posterior.
Esa mujer sobrenatural, observaba obnubilada a la criatura más ensimismada de la tierra. Del otro lado del dormitorio un marco con la puerta completamente abierta ofrecía una parcial imagen del comedor privado de la habitación. Allí estaba Heinz, el hombre más frio y seco que he conocido en mi vida. Ahí estaba él, completamente desnudo, sentado a la mesa, leyendo las noticias del día, ausente como siempre. Mientras ella lo miraba él se transportaba entre las letras del periódico y las imágenes que su cabeza creaba, dibujando el mundo que lo abducía.
Ella estaba en la cama, recostada fumando, mirándolo, observándolo desnuda, deslumbrante. El sol desde la ventana la iluminaba de frente, un sol natural y brillante, mientras ella idealizaba contemplando en pose de revista, sosteniendo su cabeza pelirroja, de espaldas a mí, desnuda y mirándolo a él, que estaba en otra habitación, y a su vez en otro mundo, porque estaba leyendo concentrado, lejano, inexistente, ensimismado en aquel texto. No estaba. Él no estaba ahí. Él nunca estuvo ahí, en la imagen, con ella.

Si hubiera podido no alcanzar a ver la puerta del otro lado de la habitación, me habría encontrado con tan solo una mujer hermosa y pensativa; pero me encuentro con esa mujer, fumando, observando resignada a ese engendro desnudo, obnubilada quien sabe por qué delirio. No necesitaba verla de frente para saber que era hermosa, que tenía una piel suave y fresca. No era que llevase un cuerpo voluptuoso o despampanante, sino que era una mujer realmente hermosa, sencilla y sensual, absolutamente deseable.
En cambio, él, era un tipo más, que nada tenía de lo que ella pudiera enamorarse. Seguramente lo que la nublaba era otra cosa.
Verla así resultaba desesperante, se la veía tan bella, tan cierta y tibia, tan real, tan perfectamente imperfecta que no se puede siquiera dar tiempo a la llegada de una oportunidad. Se me ocurría que el mero hecho de pensar en tocarla daba algo de temor. No sabía, si pudieran mis manos ser merecedoras de semejante ensueño algún día cercano.
La habitación era magnífica, al igual que la mayor parte de la casa, las paredes vestían de un rosado viejo desde la guarda blanca, a un metro de altura, hasta el techo, y verde agua por debajo de ella. Los muebles, si bien eran de estilo, combinaban una simpleza delicada con una evidente solidez.
El marco de la puerta era de madera gruesa, algo barroco, tallado, con bordes gruesos y cubos con grabados en sus cuatro ángulos.
El otro ambiente, en cambio, donde él se encontraba sentado a la mesa, leyendo, también desnudo, no posee luz natural de ningún tipo. Pero una lámpara eléctrica le ilumina el rostro, perdido, inmóvil, arrastrado a otro plano donde su lectura realmente lo retiene.
En aquella habitación se alcanzaba a descubrir todo lo artificial, como la misma luz artificial que le iluminaba a Heinz su cara, que también parecía, por supuesto, artificial. Lo único no artificial que se podía rescatar era ese cuerpo desnudo y flácido, que no podía creer que alguien pudiera mantenerle la mirada más que un mínimo instante.
En esta habitación, de la que apenas me separaba una puerta más delgada a cada instante, me daba la espalda la mejor obra de arte de la naturaleza; una bocanada mística de sensualidad paralizante; un delirio divino, que arrebataba la razón y condenaba a la esperanza.
La simbología imperante en cada habitación me resultaba inimaginable y maravillosa. Dos incompatibilidades evidentes, dos lejanías inenarrables, dos paralelas infinitas que no lograban que ella deje de mirar lo que no existe en ese cuerpo desnudo y sin alma, que parece nunca haberla visto a pesar de poseerla.
Sin querer me apoyo sobre la puerta para acomodarme y un crujido alarmó a quien escuchase.
El riesgo de ser descubierto me asustó. Pero me quedé ahí. Pensando las maneras de convertirme en héroe de algún modo.
Él, creo que ni escuchó el ruido, pero ella giró de inmediato su cabeza para mirar. Al parecer, increíblemente había conseguido perturbar esa extraña obsesión, de observar la nada, que parecía tener.
Cuando la puerta se abrió del todo, me encontró acomodando y cerrando el bolso, como si accidentalmente hubiera caído, y eso hubiera provocado los ruidos tras la puerta de su habitación.
— Perdón. No sabía que había alguien— le dije mientras levantaba el bolso y volvía a colgarlo sobre mi hombro.
—No, está bien.— contestó ella mientras miraba todo alrededor, como si alguien más pudiera estar observando. — Escuché ruidos, y pensar que alguien extraño podría estar en la casona me dio un poco de temor. Creí que hoy no habría nadie.—
—Si. Te entiendo. Yo pensé lo mismo. Creí que no había nadie y sin querer hice un ruido de no creer. Te pido mil disculpas.— Comenzaba a retirarme cuando volví a girar, y dirigiendo la mirada a sus ojos se me dio por preguntar si quería compartir el desayuno conmigo, ya que traía unas medialunas, recién horneadas, de la panadería del pueblo.
Me miró algo sorprendida y apoyada sobre el marco de la puerta, con un cuarto de cuerpo saliendo hacia el pasillo, como si el marco fuera un cinturón de seguridad que la protegía de salir despedida de su habitación. Apenas la cabeza y poco más de un hombro alcanzaban lo suficiente para poder comenzar una mañana distinta. Un nuevo comienzo.
— ¡Uy, que buena idea!.— me dijo de inmediato, y tras un diminuto silencio, una mueca, que profetizaba complicaciones, recalculó la expresión.— Tal vez en un rato pase un momento. Todavía me tengo que duchar, y acomodar unas cosas, y suelo dar mil vueltas. Pero prometo que si llego, paso a robarte una medialuna.— cerró con una sonrisa entre comillas, que aún levantaba sus pómulos dignamente.
Ella ni bien había escuchado el primer ruido detrás de la puerta, salió despedida de la cama para encontrarlo. Se puso la bata que había dejado previamente a un lado de la puerta, en el perchero, y como lo suponía, abrió de repente para encontrarlo, casi infraganti, espiando por la cerradura. Estaba azul del pánico.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Recuerdo de futuro

-Esta noche!"
En el teatro del balneario garompiña,
la presentación de Mamarracho y sus historias poeticoliterarias!-

Así decía el aeroplano que surcaba los cielos de la costa entera.

Esa noche, 14 personas asistieron a su presentación, de las 60 posibles.
Pero esa noche fue increíble. Al finalizar la presentación, se convirtió en uno más, sin sentir la necesidad de dejar de ser él mismo.

domingo, 21 de marzo de 2021

El hada de la noche (Cuento)

Daniel despidió a sus compañeros en la puerta de la empresa. La noche era serena y no demasiado calurosa. Corría mediados de marzo y lo más agobiante del verano había quedado atrás. Pensó en volver a su casa, donde unos escritos habían quedado inconclusos, o visitar uno de esos sótanos donde solía escuchar a escritores y donde incluso él había dado a conocer sus «postales», como solía llamar a sus escritos. Se decidió finalmente por caminar a casa las veinte cuadras que lo distanciaban del trabajo y cruzar por la plaza del centro para ver cómo perfilaba el fin de semana.

Los restaurantes, con luces tenues a esa hora, se preparaban para cerrar, y los bares comenzaban a recibir clientes cual desaforados monstruos de ladrillos. Uno tras otro, como hipnotizados por algún encanto desconocido, los clientes ingresaban por las puertas vaivén de madera a esos universos indescriptibles, que dosificaban el rugido feroz que emitían cada vez que abrían sus fauces para una nueva presa.

De pronto, entre toda la fauna salvaje que lo rodeaba, Daniel alcanzó a observar que, en la puerta del bar irlandés, un personaje especial, con apariencia de hada, ingresaba entre gente que se abría a su paso. El cabello azabache descansaba sobre sus hombros, unas coloridas y traslúcidas alas nacían de su espalda y, por debajo de una breve falda oscura, se desprendía un par de piernas, de una topografía magníficamente detallada, que terminaban en dos pequeños pies desnudos que apenas si tocaban el suelo en su andar.

Esa última imagen quedó grabada en sus retinas, mientras la oscuridad del lugar la absorbía, antes de que las puertas se cerraran tras su ingreso. Como si el tiempo hubiera trascurrido sin que él lo hubiese notado, al quitar la vista de la puerta del bar irlandés advirtió que la plaza había quedado desierta. Los restaurantes habían cerrado y todos se encontraban dentro de alguno de los mundos que la noche y sus fauces ofrecían.

Subyugado por el hada y el deseo irrefrenable de saberla cierta, se impuso un cambio de planes abrupto y concreto. El cansancio había perdido el espesor que aletargaba su paso y su sorpresiva decisión acababa de retarlo a un viaje desconocido pero irrenunciable. 

Parado frente al bar, metió la mano en el bolsillo de su jean para analizar el leve inventario de posibilidades: unos pocos billetes, un par de cigarrillos y una pequeña caja de fósforos. Supuso que tenía todo lo necesario y se dejó deglutir por las mismas oscuridades que aquella hada de la noche que lo había deslumbrado.

Se fue filtrando hasta llegar al último rincón del lugar. Entre los cuerpos perdidos que deambulaban por el espeso verde azulado que iluminaba todo, y el estruendo incauto de los sonoros latidos de un corazón salvaje que aceleraba y desaceleraba su frecuencia, llegó al último rincón, sin haber encontrado señal alguna de las imágenes que sus retinas le enviaban una y otra vez.

El calor comenzaba a sofocarlo, y la presión lo llevó a fusionarse con los fantasmas y las concurridas soledades del lugar. La necesidad de no volver a casa sin haber descubierto que su visión no había sido una mera utopía, le permitió advertir que no había escape alguno ante sus ojos.

Apenas a unos metros, una escalera descendía no más de una docena de escalones y terminaba en una cortina de gasas oscuras, en retazos anudados, que permitía entrever figuras que pasaban una y otra vez, danzaban, se besaban y brindaban, combinándose entre risas y voces suaves.

Bajó sabiendo que la tierra no iba a tragarlo y que todo lo que hubiese detrás podría no ser lo esperado; o que todo lo conocido no volviera a ser lo mismo. Como si nada en él fuese extraño, traspasó la cortina y caminó decidido a la primera barra que pudiera contenerlo antes de que notaran su presencia. No quería ser observado como ajeno al lugar o desentonar con la magia del ambiente.

Apoyado en la barra, levantó apenas su mano, con sus dedos índice y mayor extendidos hacia arriba, para que el barman se acercara.

El escenario estaba iluminado por una luz blanca. A algunas pocas mesas y al resto del lugar, en cambio, lo bañaban distintos azules íntimos y tenues. El aire ofrecía una agradable mezcla de perfumes y tabaco y una suerte de jazz acariciaba los oídos como si el resto del mundo no existiera. Al menos no esa noche.

Entre las mínimas mesas, redondas, transitando los tenues azules y alguna luz blanca que pareció fotografiar ese preciso instante, el hada —que sus retinas repetían una y otra vez— se le comenzó a acercar con una enorme e inmaculada sonrisa de dientes intensamente blancos y una delicada mirada de ojos rasgados que emulaban dos pardos y minúsculos topacios. Entre sus manos, de las cuales caían finas gasas verdes, sostenía una varita mágica, oscura y brillante. Con ella lo señaló y, acomodándose en la barra, se presentó con la certeza de conocerlo. 

No supieron cómo ni por qué, pero a esa altura ya no eran desconocidos. Alguien en común los había presentado. Tal vez aquel momento no habría sido el apropiado, ya que ninguno de ellos recordó haber reparado en el otro, pero esa noche él fue deslumbrado por un hada y ella recordó una lectura de postales que jamás olvidaría.

Mientras no amaneciera, la noche los exponía como una obra de arte en el mejor de los museos. Entre ellos, las palabras fueron utopías, caricias, sensaciones, y sus rostros aullaban asombro, amor, admiración. 

El resto del lugar cobijaba a los fantasmas que iban y venían, trasgos que bailaban aferrados a sus almas, alguna soledad que besaba a sus amantes, penas cabizbajas bebiendo en tragos largos, y amantes verdaderos, retirándose envidiados por corazones destrozados.

Cuando la noche comenzó a hacerse día, y tras haber aceptado el ofrecimiento de ser acompañada hasta su casa, el hada y sus encantos dejaron la barra para ser escoltados por Daniel y sus postales.

Llegaron justo cuando el sol intentaba descubrirlos. Las alas del hada cayeron por su espalda, y sus ojos, rasgados y vidriosos, parecían cerrarse como los de un Morfeo fortalecido por las decepciones. 

Ni bien el primer rayo de sol se coló por la ventana, el rímel del hada comenzó a propagarse invadiendo sus ojos, encendidos en una mezcla de pasiones y tristezas. De repente, ya tan humana y desnuda como sus pies, y tan cierta como el aire que a él comenzaba a escasearle, el hada tomó su varita, como si de un revólver se tratara, se paró frente a la ventana y apuntando al horizonte con sus brazos extendidos, disparó tres veces, hasta apagar el sol.

Después dejó caer el arma, junto con todos sus prejuicios y supersticiones, y se fundió en un primer beso con Daniel, junto con la promesa de no ser más que ella misma a su manera.

Para entonces no era noche. Ni amanecer, ni nada. Era un vacío intemporal que transcurría; un verdadero sintiempo que tampoco ofrecía, siquiera, variantes de alguna eternidad, más que la de ellos mismos. Él pensó en ese momento que tal vez los atardeceres no eran tan románticos como sus postales creían.