Comenzaré de nuevo porque siempre se comienza de nuevo. Este será mi nuevo lugar, mi nuevo rincón donde dejar estas letras que suelen ser, tal vez, algunas postales que van escapando de entre los barrotes de mi memoria.
Bienvenidos
Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.
viernes, 26 de marzo de 2021
La Casona - Paradies (Cuento)
miércoles, 24 de marzo de 2021
Recuerdo de futuro
domingo, 21 de marzo de 2021
El hada de la noche (Cuento)
Daniel despidió a sus compañeros en la puerta de la empresa. La noche era serena y no demasiado calurosa. Corría mediados de marzo y lo más agobiante del verano había quedado atrás. Pensó en volver a su casa, donde unos escritos habían quedado inconclusos, o visitar uno de esos sótanos donde solía escuchar a escritores y donde incluso él había dado a conocer sus «postales», como solía llamar a sus escritos. Se decidió finalmente por caminar a casa las veinte cuadras que lo distanciaban del trabajo y cruzar por la plaza del centro para ver cómo perfilaba el fin de semana.
Los restaurantes, con luces tenues a esa hora, se preparaban para cerrar, y los bares comenzaban a recibir clientes cual desaforados monstruos de ladrillos. Uno tras otro, como hipnotizados por algún encanto desconocido, los clientes ingresaban por las puertas vaivén de madera a esos universos indescriptibles, que dosificaban el rugido feroz que emitían cada vez que abrían sus fauces para una nueva presa.
De pronto, entre toda la fauna salvaje que lo rodeaba, Daniel alcanzó a observar que, en la puerta del bar irlandés, un personaje especial, con apariencia de hada, ingresaba entre gente que se abría a su paso. El cabello azabache descansaba sobre sus hombros, unas coloridas y traslúcidas alas nacían de su espalda y, por debajo de una breve falda oscura, se desprendía un par de piernas, de una topografía magníficamente detallada, que terminaban en dos pequeños pies desnudos que apenas si tocaban el suelo en su andar.
Esa última imagen quedó grabada en sus retinas, mientras la oscuridad del lugar la absorbía, antes de que las puertas se cerraran tras su ingreso. Como si el tiempo hubiera trascurrido sin que él lo hubiese notado, al quitar la vista de la puerta del bar irlandés advirtió que la plaza había quedado desierta. Los restaurantes habían cerrado y todos se encontraban dentro de alguno de los mundos que la noche y sus fauces ofrecían.
Subyugado por el hada y el deseo irrefrenable de saberla cierta, se impuso un cambio de planes abrupto y concreto. El cansancio había perdido el espesor que aletargaba su paso y su sorpresiva decisión acababa de retarlo a un viaje desconocido pero irrenunciable.
Parado frente al bar, metió la mano en el bolsillo de su jean para analizar el leve inventario de posibilidades: unos pocos billetes, un par de cigarrillos y una pequeña caja de fósforos. Supuso que tenía todo lo necesario y se dejó deglutir por las mismas oscuridades que aquella hada de la noche que lo había deslumbrado.
Se fue filtrando hasta llegar al último rincón del lugar. Entre los cuerpos perdidos que deambulaban por el espeso verde azulado que iluminaba todo, y el estruendo incauto de los sonoros latidos de un corazón salvaje que aceleraba y desaceleraba su frecuencia, llegó al último rincón, sin haber encontrado señal alguna de las imágenes que sus retinas le enviaban una y otra vez.
El calor comenzaba a sofocarlo, y la presión lo llevó a fusionarse con los fantasmas y las concurridas soledades del lugar. La necesidad de no volver a casa sin haber descubierto que su visión no había sido una mera utopía, le permitió advertir que no había escape alguno ante sus ojos.
Apenas a unos metros, una escalera descendía no más de una docena de escalones y terminaba en una cortina de gasas oscuras, en retazos anudados, que permitía entrever figuras que pasaban una y otra vez, danzaban, se besaban y brindaban, combinándose entre risas y voces suaves.
Bajó sabiendo que la tierra no iba a tragarlo y que todo lo que hubiese detrás podría no ser lo esperado; o que todo lo conocido no volviera a ser lo mismo. Como si nada en él fuese extraño, traspasó la cortina y caminó decidido a la primera barra que pudiera contenerlo antes de que notaran su presencia. No quería ser observado como ajeno al lugar o desentonar con la magia del ambiente.
Apoyado en la barra, levantó apenas su mano, con sus dedos índice y mayor extendidos hacia arriba, para que el barman se acercara.
El escenario estaba iluminado por una luz blanca. A algunas pocas mesas y al resto del lugar, en cambio, lo bañaban distintos azules íntimos y tenues. El aire ofrecía una agradable mezcla de perfumes y tabaco y una suerte de jazz acariciaba los oídos como si el resto del mundo no existiera. Al menos no esa noche.
Entre las mínimas mesas, redondas, transitando los tenues azules y alguna luz blanca que pareció fotografiar ese preciso instante, el hada —que sus retinas repetían una y otra vez— se le comenzó a acercar con una enorme e inmaculada sonrisa de dientes intensamente blancos y una delicada mirada de ojos rasgados que emulaban dos pardos y minúsculos topacios. Entre sus manos, de las cuales caían finas gasas verdes, sostenía una varita mágica, oscura y brillante. Con ella lo señaló y, acomodándose en la barra, se presentó con la certeza de conocerlo.
No supieron cómo ni por qué, pero a esa altura ya no eran desconocidos. Alguien en común los había presentado. Tal vez aquel momento no habría sido el apropiado, ya que ninguno de ellos recordó haber reparado en el otro, pero esa noche él fue deslumbrado por un hada y ella recordó una lectura de postales que jamás olvidaría.
Mientras no amaneciera, la noche los exponía como una obra de arte en el mejor de los museos. Entre ellos, las palabras fueron utopías, caricias, sensaciones, y sus rostros aullaban asombro, amor, admiración.
El resto del lugar cobijaba a los fantasmas que iban y venían, trasgos que bailaban aferrados a sus almas, alguna soledad que besaba a sus amantes, penas cabizbajas bebiendo en tragos largos, y amantes verdaderos, retirándose envidiados por corazones destrozados.
Cuando la noche comenzó a hacerse día, y tras haber aceptado el ofrecimiento de ser acompañada hasta su casa, el hada y sus encantos dejaron la barra para ser escoltados por Daniel y sus postales.
Llegaron justo cuando el sol intentaba descubrirlos. Las alas del hada cayeron por su espalda, y sus ojos, rasgados y vidriosos, parecían cerrarse como los de un Morfeo fortalecido por las decepciones.
Ni bien el primer rayo de sol se coló por la ventana, el rímel del hada comenzó a propagarse invadiendo sus ojos, encendidos en una mezcla de pasiones y tristezas. De repente, ya tan humana y desnuda como sus pies, y tan cierta como el aire que a él comenzaba a escasearle, el hada tomó su varita, como si de un revólver se tratara, se paró frente a la ventana y apuntando al horizonte con sus brazos extendidos, disparó tres veces, hasta apagar el sol.
Después dejó caer el arma, junto con todos sus prejuicios y supersticiones, y se fundió en un primer beso con Daniel, junto con la promesa de no ser más que ella misma a su manera.
Para entonces no era noche. Ni amanecer, ni nada. Era un vacío intemporal que transcurría; un verdadero sintiempo que tampoco ofrecía, siquiera, variantes de alguna eternidad, más que la de ellos mismos. Él pensó en ese momento que tal vez los atardeceres no eran tan románticos como sus postales creían.
martes, 16 de febrero de 2021
La ventana (Cuento)
Si bien el horario de trabajo en el correo es bueno para poder llevar a cabo otras actividades, a Julio el tiempo nunca le alcanzaba para mucho. Una tarde, antes de llegar el verano, se encontró frente a su último dibujo realizado sobre el escritorio de EncoteSA. En el diseño, una isla asimilaba una silueta femenina, con un evidente estado de embarazo; y desde una recóndita bahía, una incesante cantidad de embarcaciones partían, hasta desaparecer en altamar, donde las figuras, ya mínimas, parecían ahogarse en el horizonte.
Despachó el último informe de telegramas y certificadas, y dejó libre de trabajo la entera superficie del viejo escritorio. Como si el tiempo corriera, abrió parsimoniosamente el primer cajón para sacar su carbonilla y firmar su último trabajo. Cerró bruscamente su carpeta, y el eco de las tapas de madera resonó en sus oídos, como las matinales campanadas del colegio contiguo a su casa llamando a los alumnos a clase, y a él, a levantarse para no llegar tarde a la oficina.
Julio había recibido el telegrama. Nadie lo sabía, él nunca lo había comentado. No hablaba demasiado, trabajaba mucho y dibujaba por demás cuando tenía sus respiros. Julio era, aunque no quisiera aceptarlo, un artista, un virtuoso desperdiciado en la soledad de una interna oficina de correos. Cuando las puertas al público se cerraron, él ya había retirado el vidrio de su escritorio. Se quedó sentado un momento observando todos los dibujos que descansaban en el mueble desde hacía tiempo, y antes de abandonar el despacho corrió las cortinas que siempre colgaron a sus espaldas.
Era noviembre. Se iba de EncoteSA después de veintisiete años de trabajo y de haber llegado a su puesto con apenas cuarenta y cinco de edad. Veintisiete años y más de cien trabajos distribuidos por toda la oficina de correos de la avenida Libertad. Comenzó a recorrer los dibujos como una retrospectiva de algo que nunca sucedió. Empezó por el ángulo superior izquierdo de su escritorio, donde una hoja de bordes amarillentos retrataba en ese mismo escritorio a don Ricardo y su pipa, su primer jefe. El último buen jefe que había conocido. Fue observando cada dibujo antes de despegarlos cuidadosamente de la interminable superficie de nogal del histórico escritorio. Las rejas de las cajas de atención al público, donde estuvo alguna vez, también estaban ahí, vistas desde adentro, con un jardín interminable al otro lado. Algunos viejos clientes, algunos viejos empleados que todavía venían a visitarlo de cuando en cuando, lo llamaban Don Julio. Era licenciado en filosofía, pero muy pocos conocían su título, como su apellido, que hubiera sido anónimo de no ser por su sello “Julio D. Lira – jefe zonal a cargo – EncoteSA”
Solía vestir bien, aunque en ocasiones, sin descuidarse al extremo, adquiría una imagen bohemia que casi pasaba desapercibida. Esos días se quedaba hasta tarde, y dibujaba mucho. Al día siguiente algún nuevo diseño se descubría en el lugar, en ocasiones más de uno.
Era muy inteligente. No le costaba aprender nada y se adaptaba con facilidad a los cambios tecnológicos. Eso sí, los cambios de manejos en la superioridad, que notoriamente iban contra sus ideales, y en detrimento del bienestar general, no le eran fácilmente asimilables; le causaban largos dolores de cabeza que lo extenuaban al punto de tomarse un par de días para volver, y al presentarse nuevamente pedía disculpas a cada uno de sus empleados.
Era un buen hombre. Sabía un poco de todo y mucho de nada. Conocía lo necesario y el resto lo creaba de la nada, improvisaba hasta que todo funcionara como correspondía. Siempre consultaba a todos sus empleados y no tomaba decisiones hasta no conseguir un importante consenso. Hablaba poco, y escuchaba demasiado.
Soportó varios cambios de gobierno y muchas más injusticias. En esos momentos dibujaba día y noche, como la gran rebelión que colgaba detrás de su puerta, o dramáticas y románticas imágenes sociales que guardaba en sus cajones.
En la pared posterior de la oficina había unas cortinas que siempre permanecieron cerradas. Algún indiscreto del personal de limpieza había comentado alguna vez, que detrás de ellas había un óleo de una ventana, que Julio habría realizado cuando le adjudicaron la oficina. Nunca lo había visto nadie.
Julio era simple y alegre, pero guardaba algo para sí. ¿Qué habría sucedido si hubiera mencionado en voz alta que todo lo que había logrado era su peor pesadilla, que estaba prisionero en un sitio imaginario del que no podía escapar? Tal vez varios hubiéramos sentido lo mismo, y él no era tan soberbio como para menospreciar las ilusiones de los que todavía creen que seguir un conjunto de reglas impuestas, entrelazadas cuasi racionalmente entre sí, puede solucionar sus vidas y satisfacer sus aspiraciones.
Julio siguió dibujando hasta esa tarde. Hasta esa noche, porque no se fue de su oficina hasta bien entrada la madrugada. Todos hubieran dicho que era una nueva injusticia, una terrible sinrazón, que le arruinaban la vida a una persona excepcional y hasta con seguridad, sus empleados hubieran tomado cualquier medida para modificar la decisión de los nuevos empresarios. Pero de nada hubiera servido. Julio estaba agradecido en su silencio. Esa noche, se llevó del correo todos sus diseños en varias cajas de archivo de EncoteSA ordenados cronológicamente.
Todos sus empleados se enteraron de su partida la mañana siguiente. Toda la oficina se encontraba desprovista de imágenes. A medida que los empleados llegaban, iban ingresando a su despacho con extrema curiosidad. Las cortinas de la pared estaban por primera vez corridas. Detrás de ellas una imponente ventana daba al mar con una vista increíble e innumerables detalles casi imperceptibles. Algunas ramas de cipreses apenas entorpecían la vista de la costa y escondían embarcaciones que comenzaban a perderse en lo difuso del horizonte. En el extremo del muelle se alcanzaba a reconocer a Julio, cargando alegremente sus cosas en una embarcación azul. Unos metros más atrás, bajo una sombra que dividía el muelle en dos mitades, se alcanzaba a descubrir de espaldas, como si el futuro hubiera estado siempre ahí, la silueta de cada uno de los que iba ingresando a la oficina, exactamente en el mismo orden que llegaban. Todos, aún de espaldas a ellos mismos, se mostraban ineludiblemente tristes, y arrastrando cada uno en su tobillo una especie de grillete que los unía entre sí.
jueves, 11 de febrero de 2021
Barrio (Cuento)
Eran más de las 8, y desde las 4 de la tarde estaban sentados en los sillones de piedra, en la plazoleta del barrio Libertad, a un costado de las torres.
Casi todos los días
la misma rutina. El Gordo miraba entretenido unos videos en su celular, el
Gaita hablaba del último laburo que hicieron juntos, mientras zarandeaba una
botella de cerveza casi vacía, como si fuera un puntero láser, y el Pira
escuchaba, ensimismado, mientras armaba uno con lo último que le quedaba. Atrás
de ellos sonaba la música de los redondos, que venía desde la luneta abierta
del auto del Gaita, un gol GTI, negro, con detalles en rojo y vidrios
polarizados.
El Pira era el Pira
porque no dejaba que lo llamen pirata, le habían puesto así a los 15, cuando
perdió el ojo en un tiroteo en el barrio, entre dos bandas que estaban
enfrentadas.
Terminó de armar,
le dio mecha y tras varios segundos dejó salir el humo mientras interrumpía al
Gaita.
– Si hacemos las
cosas bien no vamos a tener problemas. Hay que ser responsables, cuando se
labura, se labura y punto. Si no, andá a preguntarle al Moco como se ve todo
desde abajo. – Con la imagen del Moco en el aire dio una seca potente antes de
pasárselo al Gordo, que no quitaba la vista del celular que sostenía con la
otra mano.
– Fea, la
comparación con el Moco. – Dijo el Gaita, que acababa de tirar el envase de
cerveza vacío en el césped, junto a los dos anteriores. – Yo soy responsable.
Cuando laburamos soy el que más se mueve y trato de estar en todo. – dijo serio
y mirando al gordo. – Gordo, ¿cuándo vas a largar ese celular? ¡Terminá con eso
y pasálo, que no es un micrófono! – Dijo levantándose apenas del asiento de
piedra y arrebatándole el faso de la boca al gordo.
– Ya lo dijo
Caballeri, ante todo somos un grupo de amigos, siempre unidos. Siempre primero
nosotros y todo lo demás después. – dijo el Pira, y echándose hacia atrás sobre
el asiento, con sus manos en la nuca, agregó – si no nos cuidamos entre
nosotros estamos puestos.
A unos doscientos
metros, desde la calle principal del barrio, se escuchó acercarse una moto que
acababa de doblar en la esquina. Los tres miraron en esa dirección. Era el
Tuerca, que a pocos metros bajó la velocidad y subió con la moto a la vereda
hasta frenarla entre el Gordo y el Gaita. – Chicos, hay un laburo dijo Caballeri.
Es un restaurante en Palermo. Puede que haya algún famoso. – Dijo el Tuerca,
sin apagar la moto ni bajarse. – ¿Qué le digo? -
– Decíle que
salimos en cinco, vamos por Nazo y el Tano y nos encontramos con vos en el
taller. – Dijo el Pira mientras se paraba y recibía la tuca del Gaita para
rematarla. Aspiró la última braza hasta quemarse la yema de los dedos, y
conteniendo todavía la respiración, sentenció – Vamos en el Bora, maneja Nazo y
el Tano va a la puerta. Entramos nosotros tres.
– Quedamos. – dijo
el Tuerca, mientras taconeaba el cambio en la moto para salir enseguida – Le
aviso a Caballeri y después volvemos todos al taller. Nos encontramos allá. –
El ensordecedor rugido de la CBR-1000 del Tuerca les hizo apretar los ojos,
mientras pasaba por entre los tres para volver por donde vino.
En el Bora de Nazo,
ya con Nazo al volante, y el Pira de copiloto, se dirigieron hasta el
restaurante de Palermo que les había indicado Caballeri. El trabajo era rápido
y seguro. Mientras el Tano bajó del auto y se paraba en la puerta del
restaurante, El Pira repartió las herramientas de trabajo y organizó la primera
presentación de la noche. Bajaron los tres y entraron al restaurante. Nazo
esperaba con el auto en marcha, y un papel en la mano que lo ayudaría a llegar
más rápido al taller de Caballeri.
En menos de cinco
minutos el Tano corrió hasta el auto, abrió la puerta del acompañante y luego
la de atrás, por donde entró mientras los demás venían corriendo con los bolsos
en la mano. Antes que cerraran las puertas Nazo arrancó quemando caucho y giró
en la primera esquina antes que alguien saliera por la puerta del restaurante.
La noche acababa de comenzar y la primera presentación había sido tremendamente
exitosa.
– Estaba la polaca
de las películas ¿vieron? – Dijo emocionado el gordo, sentado último en la
ventanilla de atrás, mientras curioseaba un IPhone rosa brillante libre de
contraseña.
El Pira se
arrodilló en la butaca del copiloto, mirando hacia atrás, y apuntando al gordo
gritó. – Gordo pelotudo. ¿No te das cuenta de que estuviste baboseándote al
lado de esa rubia todo el tiempo? No le sacaste la mirada de encima, y por
atrás tuyo salía una mina del baño hablando por celular que nunca viste. ¡Menos
mal que el Gaita la cazó al vuelo y le arrebató el aparato, sino estábamos
todos puestos!
– Pará Pira,
tranquilo que la noche recién arranca. – Dijo el Gaita intentando calmar un
poco los ánimos.
– Gente, no me
griten en el auto que estoy manejando y me pongo nervioso. Salió todo joya, no
la compliquen. – Dijo Nazo, que cuando giró en la avenida, divisó de inmediato
un patrullero en la siguiente esquina esperando el semáforo, y sin mediar
palabra, por puro instinto y algo de ansiedad, giró en forma de U sin bajar la
velocidad y salió hacia el otro lado. Las gomas, chillando en su carrera contra
el asfalto, desvirtuaron apenas el estrepitoso estruendo que los ensordeció
dentro del Bora.
La ruidosa maniobra
y lo abrupto de la secuencia llamó la atención de los oficiales, que habían
dejado el patrullero para atender un simple altercado entre vecinos. Subieron
al móvil extrañados y salieron en busca del sospechoso Bora, que en ese
entonces había alcanzado, al menos, unas cuatro cuadras de ventaja.
En el Bora, los
insultos desenfrenados de Nazo desentonaban con el silencio y el paralizante
asombro de los demás. Frenó de golpe unos metros más adelante y mientras bajaba
del auto gritó: – Corran, la policía va a llamar una ambulancia. – y echó a correr cruzando la avenida, al
tiempo que gritaba – ¡Corran! ¡Corran!
El tano y el Gaita
bajaron del auto con los bolsos y corrieron hasta la esquina, donde giraron hacia
el lado opuesto que Nazo. En el Bora quedaba el gordo en el asiento de atrás,
con la cabeza apoyada contra la ventanilla, empañada por el jadeo, y sus manos
presionando la herida del pecho, como le pedía el Pira, que bajó último del
auto, sin dejar de mirarlo, caminando lentamente hacia atrás y guardando el
arma en el bolso. Cuando el patrullero estaba a unos metros, y antes de girar y
salir corriendo, el Pira gritó, sollozando y agarrando con fuerza los pelos de
su cabeza – ¡Gordo pelotudo, mirá lo que me hiciste hacer! ¡Mirá lo que me
hiciste hacer Gordo!
sábado, 16 de enero de 2021
A Copes, el hombre. (Carta)
Estimadísimo Juan Carlos,
Hoy, en la profunda tristeza de saber que se va un grande quiero, en primerísimo lugar, brindarle mi más fuerte aplauso de pie, en homenaje a su obra, que no es ni más ni menos que usted mismo, Juan Carlos Copes. El bailarín y el hombre, que supo a fuerza de intentos infinitos, y esmeros interminables, hacer de sí mismo una obra legendaria, para aquellos que conocieron lo fantástico de su universo.
Un maestro, un ser humano especial, un filósofo particular que supo tener la delicadeza de sentarse al lado de un pibe, y mostrarle lo crudo, voraz e injusto de la realidad; así como lo infinito de la creación, lo magnífico de la sencillez, lo extraordinario de creer, vivir y respirar en modo arte.
Siempre renegué de decir las cosas a destiempo, sin embargo, parece que es una característica esencial de mi persona. Me quedé con una catarata de recuerdos que quería agradecerle, momentos, que tal vez solo momento fueron para usted, pero fundaron increíbles universos en una capacidad de asombro que esperaba comprensión y paradigmas.
Estaba preparando mis palabras, para un día no lejano, mi estimadísimo Juan Carlos, poder ofrendarle mi inconmensurable agradecimiento por su aporte esencial a un mundo nuevo, donde la realidad supo rendirse ante la belleza, aún sabiendo ser su madre y creadora. Realidad que, sin más remedio, se somete a la extraordinaria belleza de la danza y de la música, del canto y la poesía, de las historias y las fantasías; pero detrás de todas esas perfecciones se encuentran las miserias y desdichas, nuestras realidades cotidianas, nosotros y los otros.
Será por eso uno de mis honores más grandes, quedarme esa colección de noches, donde pudimos ser nosotros, en una mesa trasnochada que intercambiaba historias magníficas con aires nuevos, y capacidades infinitas de imaginación y asombro, casi sin contaminar. Descubrí con usted la imperiosa necesidad de superar los límites, hacer lo imposible, refutar lo establecido, perseguir la perfección y ser, no el aclamado ni el más reconocido, sino el mejor; el que consigue dejar con la boca abierta al resto, el que consigue detener los corazones un instante, el que genera un recuerdo que se grabará en la memoria de alguien, o de todos. Porque justamente hoy es ineludible acordarse que esas bocas abiertas, esos corazones detenidos, esos recuerdos generados, son los que otorgaron ya su verdadero pase a la inmortalidad.
Hoy Juan Carlos todo es prescindible. Personalmente me preparo para aplaudir a rabiar su mejor coreografía, con el asombro y la imaginación intactas para, con mis ojos cerrados, sentir la ejecución de ese magnífico tango, ya no con sus pies, sino con su alma, que despliega sus alas sobre todas las pistas y escenarios, sombríos esta noche, que no volverán a sentir la entrañable caricia de sus suelas.
Vuelvo a agradecerle, todos los recuerdos que ha dejado en mi memoria, las palabras recibidas, las imágenes reales y las creadas por las utopías, vuelvo agradecerle haberme permitido sentarme a su lado y compartir delirios, secretos y silencios; de haber sido parte, aunque sea de un instante, de esa interminable obra de su vida real.
Con profunda admiración le dedico un aplauso infinito y le acerco mi más fuerte abrazo, ese abrazo que estaba preparando para un día de estos, que ahora se hace eterno.
El desierto de lo cierto. - Paradoja del destino - (Cuento)
Despertó incómodo y sudado en una carpa de dos metros cuadrados. Se sentó de golpe, extrañado, queriendo entender dónde había quedado su somier; y su departamento de Buenos Aires. El calor agobiante y la luminosidad que, no sin dificultad, lograba traspasar las lonas que lo contenían, daban la pauta de que afuera el día había comenzado. Abrió el cierre de la carpa y cuando asomó su humanidad al exterior, quedó aturdido por lo impactante de la imagen. Un desierto interminable se desplegaba en todas las direcciones. A los laterales de su carpa, se desplegaba una hilera de carpas idénticas, separadas por unos diez metros de distancia entre sí. A lo lejos divisó alguna que otra persona caminando alrededor de las carpas y otras que salían de ellas con sus caras desdibujadas por el asombro.
No llegó a comunicarse con nadie, cuando en el cielo, un sonido de helicópteros crecía de repente, hasta aparecer por sobre uno de los enormes acantilados de arena y roca que los rodeaban. Algunos corrieron hasta ellos pidiendo auxilio, otros se alejaron temerosos de lo que pudiera suceder, y los demás, como él, se quedaron inmóviles contemplando como sobrevolaban el lugar a baja altura, posicionándose frente a cada una de las carpas donde descargaban, mediante cuerdas, una considerable caja de madera. Caminó unos pocos metros delante de la suya, hasta donde se encontraba la caja que soltaron desde el helicóptero, que comenzaba a perderse por el otro lado del campamento. La caja decía «Adriano Vilux – N.º 17/30 – español». Miró hacia la carpa de la que él mismo había salido hacía un rato, y confirmó que sobre la lona del frente tenía, inscripta en pintura roja, «17/30». Cuando abrió la caja observó una carpeta que se titulaba «Indicaciones», algunos accesorios de supervivencia, cuatro bolsas selladas con un litro de agua, y distintas herramientas de construcción.
Miró a su alrededor, y mientras todos abrían sus cajas desesperadamente, dejó su caja a medio desarmar y comenzó la lectura de la carpeta donde se detallaba lo que debían hacer y cómo iban a continuar desarrollándose las cosas de ahora en adelante. Estaban condenados a tareas diarias como alizar el terreno, excavar en los acantilados en busca de metales, y otras tareas de construcción de reparos, pero en ningún lugar, decía cómo y porqué habían llegado ahí cada uno de los «desérticos acampantes».
Los primeros días resultaron extraños para todos, y siguieron a desgano, pero sin cuestionamientos, las reglas de la carpeta de indicaciones. Cada mañana por medio, los helicópteros pasaban a dejar las provisiones necesarias a cada acampante, y continuaban su vuelo por el otro lado del campamento. La comunidad se fue acostumbrando a ese nuevo modo de vida que le permitía subsistir en el desierto hasta cuando, hipotéticamente, se cumplieran los objetivos dispuestos para todos y cada uno de los «desérticos».
Con el correr de los días fueron adaptando la forma de vida entre ellos, haciendo trueques, guardando provisiones por cualquier imprevisto, construyendo refugios y baños reutilizando las maderas de las cajas y convirtiéndose, poco a poco, en una comunidad donde todos se fueron conociendo y ayudando mutuamente, para poder sobrellevar esa especie de supervivencia que los mantenía prisioneros, quien sabe porque motivo.
Algunos, como Adriano, intentaron explorar el territorio, pero los límites se encontraban en la imposibilidad de alejarse demasiado, como para no poder volver durante el día, o no poder renovar las provisiones. Adriano comenzó a pensar que los peligros que los rodeaban iban más allá de las serpientes y alimañas de las que debían cuidarse, o de las insolaciones y deshidrataciones que podía tolerarse, e incluso de los «generosos» helicópteros que los mantenían aprovisionados. El verdadero peligro que temía Adriano era que todos se acostumbraran a ese desierto, y lograran ir adaptándolo de manera tal, que llegaran a sentirse cómodos en él. Si eso sucedía, serían esclavos de ellos mismos por decisión propia y ya nada podría liberarlos. Fue entonces, que aquellos que no se resignaban a vivir una vida que no era la de ellos, por más que se los abastezca de todo lo necesario, eran los únicos con el coraje imprescindible, de los que se podía esperar una idea para escapar de ese delirio.
Junto con otros dos «desérticos», Adriano decidió continuar las tareas de la comunidad como si nada sucediera, mientras disminuían sus ingestas diarias, guardando así, las provisiones suficientes para poder realizar una excursión al desierto, en busca de una vía de escape. Consensuaron en no decir nada y prometerse, que en caso de encontrar una salida volverían para rescatar al resto. La noche previa a su partida, recortaron lonas del interior de sus carpas para confeccionar una especie de mochila cada uno y, la mañana esperada, después de recibir la caja del día y alimentarse tempranamente, tomaron la decisión de partir hacia el acantilado desde el cual aparecían cada mañana los helicópteros.
Bordearon todo el acantilado hasta encontrar un lugar de paso, procuraron seguir siempre la dirección propuesta y tras diez horas de caminata, con cuatro paradas de descanso, y habiendo transitado algo más de treinta kilómetros, se refugiaron al anochecer en una especie de quebrada, de rocas arenosas, que los protegerían por la noche. A la mañana siguiente, antes de continuar camino, el sonido de los helicópteros pasando sobre ellos les confirmaba que no se habían apartado demasiado de su camino. Pasado el mediodía, de esa segunda jornada de expedición, volvieron a cruzar un enorme acantilado desde el que pudieron observar un nuevo campamento donde se encontraba una comunidad similar a la de ellos. Seguramente no era el destino esperado, pero tampoco debería ser mala señal encontrar al menos un nuevo sitio donde pudieran intentar evacuar algunas dudas, encontrar explicaciones, conseguir apoyo, o al menos, poder pasar la noche y conseguir algo de provisiones para continuar su viaje.
No pudieron llegar mucho antes del anochecer, por lo que, cuando se acercaron al campamento, ya todos se encontraban en sus carpas dispuestos a descansar. Cuando solo la luz de la luna lo alumbraba todo y apenas unos metros los distanciaban del nuevo asentamiento, comenzaron a anunciar su llegada por medio de gritos desesperados de ayuda. Toda la comunidad salió de sus carpas para recibirlos. Cuando estuvieron cerca, y pudieron distinguir los rostros de sus nuevos conocidos, entendieron que habían llegado al mismo lugar de donde habían partido; como si extrañamente hubieran, de alguna manera, caminado en círculo todo el tiempo.