Bienvenidos

Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.

jueves, 11 de febrero de 2021

Barrio (Cuento)

Eran más de las 8, y desde las 4 de la tarde estaban sentados en los sillones de piedra, en la plazoleta del barrio Libertad, a un costado de las torres.

Casi todos los días la misma rutina. El Gordo miraba entretenido unos videos en su celular, el Gaita hablaba del último laburo que hicieron juntos, mientras zarandeaba una botella de cerveza casi vacía, como si fuera un puntero láser, y el Pira escuchaba, ensimismado, mientras armaba uno con lo último que le quedaba. Atrás de ellos sonaba la música de los redondos, que venía desde la luneta abierta del auto del Gaita, un gol GTI, negro, con detalles en rojo y vidrios polarizados.

El Pira era el Pira porque no dejaba que lo llamen pirata, le habían puesto así a los 15, cuando perdió el ojo en un tiroteo en el barrio, entre dos bandas que estaban enfrentadas.

Terminó de armar, le dio mecha y tras varios segundos dejó salir el humo mientras interrumpía al Gaita.

– Si hacemos las cosas bien no vamos a tener problemas. Hay que ser responsables, cuando se labura, se labura y punto. Si no, andá a preguntarle al Moco como se ve todo desde abajo. – Con la imagen del Moco en el aire dio una seca potente antes de pasárselo al Gordo, que no quitaba la vista del celular que sostenía con la otra mano.

– Fea, la comparación con el Moco. – Dijo el Gaita, que acababa de tirar el envase de cerveza vacío en el césped, junto a los dos anteriores. – Yo soy responsable. Cuando laburamos soy el que más se mueve y trato de estar en todo. – dijo serio y mirando al gordo. – Gordo, ¿cuándo vas a largar ese celular? ¡Terminá con eso y pasálo, que no es un micrófono! – Dijo levantándose apenas del asiento de piedra y arrebatándole el faso de la boca al gordo.

– Ya lo dijo Caballeri, ante todo somos un grupo de amigos, siempre unidos. Siempre primero nosotros y todo lo demás después. – dijo el Pira, y echándose hacia atrás sobre el asiento, con sus manos en la nuca, agregó – si no nos cuidamos entre nosotros estamos puestos.

A unos doscientos metros, desde la calle principal del barrio, se escuchó acercarse una moto que acababa de doblar en la esquina. Los tres miraron en esa dirección. Era el Tuerca, que a pocos metros bajó la velocidad y subió con la moto a la vereda hasta frenarla entre el Gordo y el Gaita. – Chicos, hay un laburo dijo Caballeri. Es un restaurante en Palermo. Puede que haya algún famoso. – Dijo el Tuerca, sin apagar la moto ni bajarse. – ¿Qué le digo? -

– Decíle que salimos en cinco, vamos por Nazo y el Tano y nos encontramos con vos en el taller. – Dijo el Pira mientras se paraba y recibía la tuca del Gaita para rematarla. Aspiró la última braza hasta quemarse la yema de los dedos, y conteniendo todavía la respiración, sentenció – Vamos en el Bora, maneja Nazo y el Tano va a la puerta. Entramos nosotros tres.

– Quedamos. – dijo el Tuerca, mientras taconeaba el cambio en la moto para salir enseguida – Le aviso a Caballeri y después volvemos todos al taller. Nos encontramos allá. – El ensordecedor rugido de la CBR-1000 del Tuerca les hizo apretar los ojos, mientras pasaba por entre los tres para volver por donde vino.

En el Bora de Nazo, ya con Nazo al volante, y el Pira de copiloto, se dirigieron hasta el restaurante de Palermo que les había indicado Caballeri. El trabajo era rápido y seguro. Mientras el Tano bajó del auto y se paraba en la puerta del restaurante, El Pira repartió las herramientas de trabajo y organizó la primera presentación de la noche. Bajaron los tres y entraron al restaurante. Nazo esperaba con el auto en marcha, y un papel en la mano que lo ayudaría a llegar más rápido al taller de Caballeri.

En menos de cinco minutos el Tano corrió hasta el auto, abrió la puerta del acompañante y luego la de atrás, por donde entró mientras los demás venían corriendo con los bolsos en la mano. Antes que cerraran las puertas Nazo arrancó quemando caucho y giró en la primera esquina antes que alguien saliera por la puerta del restaurante. La noche acababa de comenzar y la primera presentación había sido tremendamente exitosa.

– Estaba la polaca de las películas ¿vieron? – Dijo emocionado el gordo, sentado último en la ventanilla de atrás, mientras curioseaba un IPhone rosa brillante libre de contraseña.

El Pira se arrodilló en la butaca del copiloto, mirando hacia atrás, y apuntando al gordo gritó. – Gordo pelotudo. ¿No te das cuenta de que estuviste baboseándote al lado de esa rubia todo el tiempo? No le sacaste la mirada de encima, y por atrás tuyo salía una mina del baño hablando por celular que nunca viste. ¡Menos mal que el Gaita la cazó al vuelo y le arrebató el aparato, sino estábamos todos puestos!

– Pará Pira, tranquilo que la noche recién arranca. – Dijo el Gaita intentando calmar un poco los ánimos.

– Gente, no me griten en el auto que estoy manejando y me pongo nervioso. Salió todo joya, no la compliquen. – Dijo Nazo, que cuando giró en la avenida, divisó de inmediato un patrullero en la siguiente esquina esperando el semáforo, y sin mediar palabra, por puro instinto y algo de ansiedad, giró en forma de U sin bajar la velocidad y salió hacia el otro lado. Las gomas, chillando en su carrera contra el asfalto, desvirtuaron apenas el estrepitoso estruendo que los ensordeció dentro del Bora.

La ruidosa maniobra y lo abrupto de la secuencia llamó la atención de los oficiales, que habían dejado el patrullero para atender un simple altercado entre vecinos. Subieron al móvil extrañados y salieron en busca del sospechoso Bora, que en ese entonces había alcanzado, al menos, unas cuatro cuadras de ventaja.

En el Bora, los insultos desenfrenados de Nazo desentonaban con el silencio y el paralizante asombro de los demás. Frenó de golpe unos metros más adelante y mientras bajaba del auto gritó: – Corran, la policía va a llamar una ambulancia. –  y echó a correr cruzando la avenida, al tiempo que gritaba – ¡Corran! ¡Corran!

El tano y el Gaita bajaron del auto con los bolsos y corrieron hasta la esquina, donde giraron hacia el lado opuesto que Nazo. En el Bora quedaba el gordo en el asiento de atrás, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, empañada por el jadeo, y sus manos presionando la herida del pecho, como le pedía el Pira, que bajó último del auto, sin dejar de mirarlo, caminando lentamente hacia atrás y guardando el arma en el bolso. Cuando el patrullero estaba a unos metros, y antes de girar y salir corriendo, el Pira gritó, sollozando y agarrando con fuerza los pelos de su cabeza – ¡Gordo pelotudo, mirá lo que me hiciste hacer! ¡Mirá lo que me hiciste hacer Gordo!

sábado, 16 de enero de 2021

A Copes, el hombre. (Carta)

Estimadísimo Juan Carlos,

Hoy, en la profunda tristeza de saber que se va un grande quiero, en primerísimo lugar, brindarle mi más fuerte aplauso de pie, en homenaje a su obra, que no es ni más ni menos que usted mismo, Juan Carlos Copes. El bailarín y el hombre, que supo a fuerza de intentos infinitos, y esmeros interminables, hacer de sí mismo una obra legendaria, para aquellos que conocieron lo fantástico de su universo.

Un maestro, un ser humano especial, un filósofo particular que supo tener la delicadeza de sentarse al lado de un pibe, y mostrarle lo crudo, voraz e injusto de la realidad; así como lo infinito de la creación, lo magnífico de la sencillez, lo extraordinario de creer, vivir y respirar en modo arte.

Siempre renegué de decir las cosas a destiempo, sin embargo, parece que es una característica esencial de mi persona. Me quedé con una catarata de recuerdos que quería agradecerle, momentos, que tal vez solo momento fueron para usted, pero fundaron increíbles universos en una capacidad de asombro que esperaba comprensión y paradigmas.

Estaba preparando mis palabras, para un día no lejano, mi estimadísimo Juan Carlos, poder ofrendarle mi inconmensurable agradecimiento por su aporte esencial a un mundo nuevo, donde la realidad supo rendirse ante la belleza, aún sabiendo ser su madre y creadora. Realidad que, sin más remedio, se somete a la extraordinaria belleza de la danza y de la música, del canto y la poesía, de las historias y las fantasías; pero detrás de todas esas perfecciones se encuentran las miserias y desdichas, nuestras realidades cotidianas, nosotros y los otros. 

Será por eso uno de mis honores más grandes, quedarme esa colección de noches, donde pudimos ser nosotros, en una mesa trasnochada que intercambiaba historias magníficas con aires nuevos, y capacidades infinitas de imaginación y asombro, casi sin contaminar. Descubrí con usted la imperiosa necesidad de superar los límites, hacer lo imposible, refutar lo establecido, perseguir la perfección y ser, no el aclamado ni el más reconocido, sino el mejor; el que consigue dejar con la boca abierta al resto, el que consigue detener los corazones un instante, el que genera un recuerdo que se grabará en la memoria de alguien, o de todos. Porque justamente hoy es ineludible acordarse que esas bocas abiertas, esos corazones detenidos, esos recuerdos generados, son los que otorgaron ya su verdadero pase a la inmortalidad. 

Hoy Juan Carlos todo es prescindible. Personalmente me preparo para aplaudir a rabiar su mejor coreografía, con el asombro y la imaginación intactas para, con mis ojos cerrados, sentir la ejecución de ese magnífico tango, ya no con sus pies, sino con su alma, que despliega sus alas sobre todas las pistas y escenarios, sombríos esta noche, que no volverán a sentir la entrañable caricia de sus suelas.

Vuelvo a agradecerle, todos los recuerdos que ha dejado en mi memoria, las palabras recibidas, las imágenes reales y las creadas por las utopías, vuelvo agradecerle haberme permitido sentarme a su lado y compartir delirios, secretos y silencios; de haber sido parte, aunque sea de un instante, de esa interminable obra de su vida real.

Con profunda admiración le dedico un aplauso infinito y le acerco mi más fuerte abrazo, ese abrazo que estaba preparando para un día de estos, que ahora se hace eterno.


El desierto de lo cierto. - Paradoja del destino - (Cuento)

Despertó incómodo y sudado en una carpa de dos metros cuadrados. Se sentó de golpe, extrañado, queriendo entender dónde había quedado su somier; y su departamento de Buenos Aires. El calor agobiante y la luminosidad que, no sin dificultad, lograba traspasar las lonas que lo contenían, daban la pauta de que afuera el día había comenzado. Abrió el cierre de la carpa y cuando asomó su humanidad al exterior, quedó aturdido por lo impactante de la imagen. Un desierto interminable se desplegaba en todas las direcciones. A los laterales de su carpa, se desplegaba una hilera de carpas idénticas, separadas por unos diez metros de distancia entre sí. A lo lejos divisó alguna que otra persona caminando alrededor de las carpas y otras que salían de ellas con sus caras desdibujadas por el asombro. 

No llegó a comunicarse con nadie, cuando en el cielo, un sonido de helicópteros crecía de repente, hasta aparecer por sobre uno de los enormes acantilados de arena y roca que los rodeaban. Algunos corrieron hasta ellos pidiendo auxilio, otros se alejaron temerosos de lo que pudiera suceder, y los demás, como él, se quedaron inmóviles contemplando como sobrevolaban el lugar a baja altura, posicionándose frente a cada una de las carpas donde descargaban, mediante cuerdas, una considerable caja de madera. Caminó unos pocos metros delante de la suya, hasta donde se encontraba la caja que soltaron desde el helicóptero, que comenzaba a perderse por el otro lado del campamento. La caja decía «Adriano Vilux – N.º 17/30 – español». Miró hacia la carpa de la que él mismo había salido hacía un rato, y confirmó que sobre la lona del frente tenía, inscripta en pintura roja, «17/30». Cuando abrió la caja observó una carpeta que se titulaba «Indicaciones», algunos accesorios de supervivencia, cuatro bolsas selladas con un litro de agua, y distintas herramientas de construcción.

Miró a su alrededor, y mientras todos abrían sus cajas desesperadamente, dejó su caja a medio desarmar y comenzó la lectura de la carpeta donde se detallaba lo que debían hacer y cómo iban a continuar desarrollándose las cosas de ahora en adelante. Estaban condenados a tareas diarias como alizar el terreno, excavar en los acantilados en busca de metales, y otras tareas de construcción de reparos, pero en ningún lugar, decía cómo y porqué habían llegado ahí cada uno de los «desérticos acampantes».

Los primeros días resultaron extraños para todos, y siguieron a desgano, pero sin cuestionamientos, las reglas de la carpeta de indicaciones. Cada mañana por medio, los helicópteros pasaban a dejar las provisiones necesarias a cada acampante, y continuaban su vuelo por el otro lado del campamento. La comunidad se fue acostumbrando a ese nuevo modo de vida que le permitía subsistir en el desierto hasta cuando, hipotéticamente, se cumplieran los objetivos dispuestos para todos y cada uno de los «desérticos».

Con el correr de los días fueron adaptando la forma de vida entre ellos, haciendo trueques, guardando provisiones por cualquier imprevisto, construyendo refugios y baños reutilizando las maderas de las cajas y convirtiéndose, poco a poco, en una comunidad donde todos se fueron conociendo y ayudando mutuamente, para poder sobrellevar esa especie de supervivencia que los mantenía prisioneros, quien sabe porque motivo.

Algunos, como Adriano, intentaron explorar el territorio, pero los límites se encontraban en la imposibilidad de alejarse demasiado, como para no poder volver durante el día, o no poder renovar las provisiones. Adriano comenzó a pensar que los peligros que los rodeaban iban más allá de las serpientes y alimañas de las que debían cuidarse, o de las insolaciones y deshidrataciones que podía tolerarse, e incluso de los «generosos» helicópteros que los mantenían aprovisionados. El verdadero peligro que temía Adriano era que todos se acostumbraran a ese desierto, y lograran ir adaptándolo de manera tal, que llegaran a sentirse cómodos en él. Si eso sucedía, serían esclavos de ellos mismos por decisión propia y ya nada podría liberarlos. Fue entonces, que aquellos que no se resignaban a vivir una vida que no era la de ellos, por más que se los abastezca de todo lo necesario, eran los únicos con el coraje imprescindible, de los que se podía esperar una idea para escapar de ese delirio.

Junto con otros dos «desérticos», Adriano decidió continuar las tareas de la comunidad como si nada sucediera, mientras disminuían sus ingestas diarias, guardando así, las provisiones suficientes para poder realizar una excursión al desierto, en busca de una vía de escape. Consensuaron en no decir nada y prometerse, que en caso de encontrar una salida volverían para rescatar al resto. La noche previa a su partida, recortaron lonas del interior de sus carpas para confeccionar una especie de mochila cada uno y, la mañana esperada, después de recibir la caja del día y alimentarse tempranamente, tomaron la decisión de partir hacia el acantilado desde el cual aparecían cada mañana los helicópteros. 

Bordearon todo el acantilado hasta encontrar un lugar de paso, procuraron seguir siempre la dirección propuesta y tras diez horas de caminata, con cuatro paradas de descanso, y habiendo transitado algo más de treinta kilómetros, se refugiaron al anochecer en una especie de quebrada, de rocas arenosas, que los protegerían por la noche. A la mañana siguiente, antes de continuar camino, el sonido de los helicópteros pasando sobre ellos les confirmaba que no se habían apartado demasiado de su camino. Pasado el mediodía, de esa segunda jornada de expedición, volvieron a cruzar un enorme acantilado desde el que pudieron observar un nuevo campamento donde se encontraba una comunidad similar a la de ellos. Seguramente no era el destino esperado, pero tampoco debería ser mala señal encontrar al menos un nuevo sitio donde pudieran intentar evacuar algunas dudas, encontrar explicaciones, conseguir apoyo, o al menos, poder pasar la noche y conseguir algo de provisiones para continuar su viaje.

No pudieron llegar mucho antes del anochecer, por lo que, cuando se acercaron al campamento, ya todos se encontraban en sus carpas dispuestos a descansar. Cuando solo la luz de la luna lo alumbraba todo y apenas unos metros los distanciaban del nuevo asentamiento, comenzaron a anunciar su llegada por medio de gritos desesperados de ayuda. Toda la comunidad salió de sus carpas para recibirlos. Cuando estuvieron cerca, y pudieron distinguir los rostros de sus nuevos conocidos, entendieron que habían llegado al mismo lugar de donde habían partido; como si extrañamente hubieran, de alguna manera, caminado en círculo todo el tiempo.


viernes, 8 de enero de 2021

El héroe que no fue (Cuento)

Eran las 2 de la madrugada, y todavía hacía 30 grados con una humedad despiadada. Prestaba mis primeras guardias en la policía, cuando apenas comenzaba el último año de la academia. Siempre quise estar ahí, siempre quise vestir el uniforme policial y tener la responsabilidad de cuidar de la gente y mantener todo bajo control. No es que yo fuera el más valiente del mundo, todo lo contrario, enfrenté todos mis miedos para poder decidirme y fui cumpliendo todos los objetivos, uno a uno, para obtener mi placa. No era el mejor de la academia, pero tampoco estaba para que no se me tuviera en cuenta. El mero hecho de que me enviaran a las calles, daba cuenta que me veían preparado para comenzar a cumplir con mis deberes.

Ahí estaba yo, ese 6 de enero en la cervecería Imperio, donde parejas y grupos de amigos brindaban toda la noche hasta el cierre del lugar. Me paraba en diferentes lugares del local con mi flamante gorra, mi uniforme impecable y el chaleco de kevlar, muy caluroso combo, por cierto, y contemplando todos los movimientos, las caras, los estados de la gente y las situaciones que podían llegar a necesitar de mi presencia. En la academia era todo más aburrido, ahí todo podía suceder. O nada, pero de ninguna manera era lo mismo.

Tenía un compañero llamado Francisco, que era el mejor de toda la academia en tiro y lo venían asignado a una custodia política. —esto ya no son movimientos de entrenamiento. — me había dicho unos días antes, moviendo la cabeza. — En cualquier momento se nos complica el día y si no estamos preparados… — y pasó los dedos de la mano por su cuello, como si se lo estuvieran cortando. Era verdad, todo parecía un desafío, pero donde este desafío saliera mal alguno de nosotros podía no contar la experiencia.

Me estaba acordando de la charla con Francisco, cuando volvía del baño y un grupo de cuatro jóvenes armados ingresaban al local para robar la recaudación de la caja y todo lo que pudieran rapiñar de las mesas. Todas las teorías chocaban en es instante con la realidad, que se presentaba como una pesadilla, como esos libros «elige tu propia aventura» que leía de chico, donde según la decisión que tomabas era el final que se presentaba. Pero esto no era un libro. Automáticamente cumplí con lo primero que me enseñaron, — ¡Alto, policía! — grité a viva voz mientras levantaba mi arma hacia adelante. Mientras el grito salía desde mi garganta me sentía en una película de Hollywood pero, cuando todos pusieron sus ojos en mí, tuve mi primera duda. ¿a quien de los cuatro asaltantes armados debería apuntarle primero para que todo saliera bien? ¿O acaso se me ocurrió, que cuando gritara la voz de alto todos saldrían corriendo, como si vieran un monstruo?

Los disparos de los asaltantes comenzaron a quemarropa y me arrojé bajo una mesa, desde donde pude observar que tres de los delincuentes, «gracias a Dios, o a un monstruo a mis espaldas, del que no me percaté», salieron increíblemente corriendo luego de disparar. Pero el restante, tal vez el más guapo de los cuatro, había quedado del otro lado de la barra y se demoró en huir. Me quedé unos segundos agazapado bajo la mesa, para darle tiempo a que huyera y todo terminara ahí, pero el muy pelotudo nunca corrió. La mitad de los clientes, corrió durante los segundos de desconcierto y disparos, mientras que la otra mitad, incluido yo, quedamos en el piso escondidos detrás de algún objeto o mobiliario que de alguna manera nos protegiera. El muy descarado, se quedó detrás de la barra mientras robaba hasta el último billete, y yo ya no podía hacerme más el boludo y tuve que salir de bajo la mesa, mientras todos contemplaban mi parsimonioso accionar. Cuando estuve parado en posición de disparo, grité amenazante —¡quieto ahí o disparo! — Esperaba que el delincuente levantara las manos, pero contrario a mi pensamiento se levantó desde detrás de la barra tomando a la cajera por el cuello y poniéndole el arma en la cabeza. «¡Me arruinó!» pensé. —bajá el arma o le disparo a la piba — Gritó él mientras revoleaba la pistola como un loco que en cualquier momento disparaba a cualquiera. «La prioridad es la gente» me dijeron siempre, pero no me animaba a bajar el arma. El tipo se empezaba a poner nervioso y mientras salía de espaldas, desde del otro lado de la barra, y se dirigía hacia la puerta, se cubría con la cajera e intercalaba la punta de la pistola entre la cabeza de ella y yo. Nunca me moví un solo milímetro y menos aún dejé de apuntarle. Quien escucha la historia va a creerme muy valiente pero la verdad es que fue absolutamente todo lo contrario, mi cabeza gritaba que me escondiera en algún lado para permitir que escapara, pero mi cuerpo nunca respondió ninguna de mis órdenes. En todo momento estuve apuntando, sabiendo que nunca iba a disparar por temor a herir a la cajera, o a algún otro inocente. Cuando se acercaba a la puerta, comencé a relajarme y a pedirle que soltara a la chica. Él no respondía y ahora apuntaba hacia mí todo el tiempo. Caminé lentamente hacia atrás, para que no se sintiera amenazado y quizá, se atreviera a soltarla y escapar, entonces sí yo podría correrlo e intentar atraparlo; pero cuando estaba dando uno de esos pequeños pasos hacia atrás, trastabillé con alguna botella caída en el suelo que no pude evitar. En la caída se me apretó el gatillo, salió un solo disparo que nunca pude seguir con la vista y golpeé mi cabeza contra una de las silla que tenía detrás. Cuando recuperé el conocimiento el comisario estaba arrojando agua sobre mi rostro — ¿está bien agente Bermúdez? — la verdad es que no estaba bien. Nada estaba bien. Lo que me había pasado no tenía perdón de Dios, tuve miedo, no supe reaccionar, me resbalé y se me disparó el arma. No quería ni responder. Tardé un poco más en poder reconocer la situación y escuchar las voces. La gente estaba a mi alrededor y me miraba con preocupación. Nadie me insultaba. El comisario me ayudó a incorporarme, y cuando logré hacerlo, todos aplaudieron.

En la puerta de la cervecería, estaba tirado en el piso el cuerpo del último asaltante, sobre un charco de sangre y con un agujero de bala, perfectamente redondo, en el centro exacto de su frente. La cajera me abrazó llorando. Los demás compañeros, lograron atrapar al resto de la banda a unas cuadras de ahí. 

Cursé el último año de la academia admirado por todos los profesores, entrenadores y compañeros, Francisco incluido. Me recibí ese año, con honores y la entrega, en reconocimiento por mi accionar, de una medalla al valor. Todos estaban orgullosos, todos hablaban maravillas, y aún hoy cuentan la anécdota con más detalles de los que yo mismo puedo recordar. Yo también estaba orgulloso, creo. Pero no pude. No pude volver a levantar el arma, ni volver a las calles nunca más. 

Solo yo conozco el pánico que tuve en ese momento y lo fortuito de los resultados. De verdad, siempre quise ser ese héroe que todos habían descubierto. Pero tuve miedo. Esa fue mi única verdad.


jueves, 31 de diciembre de 2020

Ángel del Sagrado Corazón (Cuento)

Cuando Vito se enteró del accidente de su madre abandonó su oficina y llegó al sanatorio en tiempo récord. Los médicos, a pesar de lo impactante del accidente, dieron un parte prometedor luego de una intervención de urgencia en su cadera. Estaría preventivamente en terapía los primeros días y, debido a que en apariencia no habría mayores riesgos, en no más de una semana seguramente podría tener el alta médica. 

La madrugada siguiente, cuando Vito llegaba a su casa, recibía el llamado que dispararía su ira y su posterior disputa contra el sanatorio.

Pasada la medianoche, un enfermero utilizó el teléfono de la recepción para llamar al número que indicaba la ficha.

—Buenas noches. Me comunico del Sanatorio Sagrado Corazón. ¿Hablo con la familia de Amalia Benedetto? —Tras escuchar la respuesta, y seguro de dar con la familia correcta, continuó—: Mi nombre es Ángel y necesitaríamos que algún familiar se haga presente en el sanatorio. —Asintió con la cabeza a lo que escuchaba y continuó—: Disculpe, pero no sabría decirle. El jefe de terapia no nos aportó mayores datos. — Ahora con la cabeza, en lugar de asentir, negaba frunciendo el ceño, mordiendo sus labios y cerrando los ojos.

Sin que nadie lo supiera, en esos mismos instantes, comenzaba a desatarse una tormenta que azotaría miserias humanas escondidas durante años.

Ángel ese día ingresó antes de las 20:00, en el turno noche, y compartió un café con el Dr Ponzio antes de comenzar el turno. El Dr. le comentó las novedades y le informó especialmente sobre el caso de Amalia, una recién ingresada a quien acababan de descubrirle una extraña enfermedad terminal. El Dr. Ponzio siempre insistió que la especial mención sobre el caso de Amalia fue que Ángel solía incluir en sus oraciones a estos pacientes con la finalidad de que no sufran.

Conocía a Ángel desde hacía 20 años, y lo describía como una persona correcta, educada y reservada. Sus francos incluyeron siempre los domingos, día en el que sistemáticamente asistía al templo durante la reunión de la mañana y daba charlas por la tarde sobre el cuidado de personas. Constantemente se interesó por la salud de los pacientes y solía contener a familiares. Al igual que Ángel, el Dr. Ponzio no soportaba, bajo ningún concepto, ver a alguien sufrir, y ambos se esmeraban continuamente para evitar esas situaciones a los pacientes.

El Dr. Ponzio solía deshacerse en elogios sobre Ángel, quien se sentía tan cercano a Dios, que se tomaba por su cuenta el atrevimiento de otorgar, en secreto, la extremaunción a pacientes terminales. El Dr. Ponzio tenía conocimiento de esto ya que ante cada situación extrema que se conversaban, Ángel le comentaba que, de creerlo necesario, tomaría esa actitud, lo resultaba muy gentil de parte de una persona como Ángel.

Ángel hizo aquella noche su ronda de las 22:00, cumpliendo con todas las indicaciones descriptas por los médicos. Cama por cama, suministró los medicamentos correspondientes de los 17 pacientes internados en la unidad de Terapia Intensiva y, antes de retirarse del lugar, recordó el comentario acerca de Amalia Benedetto. 

Se acercó hasta su cama y, mientras le apoyaba una mano en el pecho y susurraba una oración, observó el rostro pálido e inmóvil, con cabellos rubios naciendo bajo el vendaje de su cabeza, que evidenciaba rastros aún frescos de sus heridas. Tocó la frente de Amalia y, cerrando los ojos, expresó en tono de juramento: 

—Amalia, prometo no dejar que sufras en vano a causa de tu sentenciado cuerpo.

Fue hasta la recepción, tomó un pequeño maletín metálico en forma de cubo y volvió enseguida. Apoyó el maletín a los pies de la cama, introdujo la clave de apertura y al abrirlo tomó dos ampollas de morfina, junto con una jeringa. Cargó los 40 mg en el tubo, se los inyectó y, tras darle un beso en la frente, le susurró al oído:

—Tranquila. Ya no hay dolor.

Cerró el maletín y se retiró de la unidad.

Una hora más tarde, volvió a visitar a Amalia para controlar sus signos vitales. Parecía ser una mujer fuerte, pero su respiración resultaba ahora notoriamente más lenta, y su ritmo cardíaco presentaba un incipiente descenso a 50 latidos por minuto. Ángel monitoreó un instante su estado: su indefenso cuerpo sedado parecía resistir estoicamente, pero no por mucho tiempo más. 

Del bolsillo de su ambo, sacó una jeringa, le quitó el capuchón y aspiró 30 cm3 de aire. La observó una vez más y, tras una larga bocanada, descargó el contenido de la jeringa en la vía central mientras exhalaba lentamente. 

Tomó su mano y permaneció observando hasta que el corazón de Amalia ya no pudo resistir. Ángel siempre estuvo convencido de que esos son los momentos donde Dios decide el destino de un paciente. Muchas veces vio cómo resistían esos avatares y lograban recuperarse al día siguiente.

Cuando nada más había por hacer, desconectó todos los equipos y cubrió completamente el cuerpo de Amalia con la sábana. Restaba hacer los papeles de rigor y comunicarse con la familia.

La noche transcurrió sin mayores sobresaltos. Algún que otro monitor multiparamétrico acusaba alguna leve anomalía, pero nada trascendente sucedía hasta las 5:00, cuando desde una de las camas se disparó la alarma de un monitor cardíaco. El médico de guardia y los enfermeros que cubrían el turno junto con Ángel acudieron de inmediato hasta esa cama y practicaron todos los ejercicios de resucitación posibles durante casi 30 minutos.

A medida que asimilaban el fracaso, uno a uno, abandonaban el lugar. Son demasiadas las ocasiones donde, a pesar de dejar todo y practicar todas las maniobras existentes, no se puede hacer más nada para salvar una vida. 

Cuando Ángel y otro enfermero quedaron solos a cargo del cuerpo, él se ocupó de la desconexión de todos los monitores y equipos, mientras su compañero retiraba todos los insumos utilizados durante las maniobras. Por último, Ángel cubrió el cuerpo con las sábanas y retiró la historia clínica del paciente para comenzar, como siempre en estas situaciones, los trámites de rigor. Se retiró hasta la recepción para organizar los papeles, completar los datos correspondientes y llamar a la familia para solicitar su presencia.

Fue entonces cuando Ángel, al recopilar los datos de la paciente, notó su gravísimo error. Quien había fallecido en esa cama había sido Amalia Benedetto, de 68 años, ingresada con una enfermedad terminal que le había producido un desmayo. Con la pérdida de conocimiento, tuvo un fuerte golpe en la cabeza con un importante corte en el cuero cabelludo. Entonces comenzaron a aumentar de forma descomunal las pulsaciones del corazón de Ángel y brotó al instante de cada uno de sus poros un sudor frío que lo paralizó momentáneamente, hasta que la desesperación se apoderó de él.

Amalia Benedetto había muerto a la medianoche, él estaba seguro de eso, él mismo había llamado a su familia para darle la noticia. Volvió a buscar los papeles sobre la muerte anterior ocurrida a medianoche y, en efecto, la paciente fallecida era Amalia Benedetto, pero de 50 años, quien había ingresado a terapia tras una cirugía de cadera, producto de un accidente automovilístico que le ocasionó fracturas múltiples con cortes y contusiones en todo el cuerpo.

El Dr Ponzio, por entonces jefe de la unidad de terapia del turno noche, declararía más tarde ante la prensa que Amalia Benedetto estaba en terapia solo por precaución luego de un accidente vial y una intervención en la cadera a raíz de este. Se le había comunicado a la familia que estaba fuera de peligro y que en apenas unos días obtendría el alta; por ese motivo fue que sus familiares, sorprendidos por el repentino fallecimiento, denunciaron públicamente la situación con el afán de esclarecer el tema.

Ante el temor de ser acusado, defendió al enfermero Ángel, que «evidentemente creyó alguna vez un héroe, y ahora se lo veía dolido, derrumbado. Resultaba triste que quien salvó a cientos de personas, fuera un incomprendido cuando algo salió mal. Nadie se encuentra exento de cometer errores, y aquel día sucedió. En rigor de la verdad, no suele ser común que en la misma unidad de terapia intensiva coincidan, en día y lugar, dos pacientes con identidades homónimas.»

Ángel, tal vez producto de estas situaciones complejas, enfermó gravemente un tiempo después, y falleció en la terapia del sanatorio bajo la supervisión del Dr. Ponzio justo un día antes que Vito retirara su denuncia. Ese mismo año el Dr. Ponzio fue nombrado Director del Sanatorio, que a partir de ese entonces cambió su nombre por el de Santa Amalia, en honor a la fallecida Amalia Benedetto de Ponzio.

sábado, 5 de diciembre de 2020

El asunto (Cuento)

Pasó el filo del verijero por su antebrazo izquierdo dejando su piel limpia y rosada. Estaba extremadamente afilado y asentado. Enfundó su última obra de arte bajo la bombacha, sobre su verija derecha, y dejó el taller del fondo para ir a sentarse en la puerta de su casa a fumar, mientras el sol se retiraba, dando tregua a la resquebrajada tierra de Yuquerí, a orillas del Uruguay.

Don Pais tenía la habilidad de fabricar los mejores cuchillos del pueblo, era verborrágico y tajante en sus declaraciones, y un referente de integridad y respeto en cuanto a sus acciones y valores.

Desde el río se acercaba esa tarde una brisa fresca, de esas que prometen una noche levemente soportable, y con ella el chino Suárez, amigo inseparable de Don Pais, con quien había organizado los comienzos del pueblo hasta que se instaló el frigorífico inglés y la población se fue al demonio. Se multiplicó tanto la gente que el mismo frigorífico reorganizó y refundó el pueblo, aunque respetando su nombre e incorporando todo lo previamente establecido.

— ¡Don Pais!— dijo el chino, entrando en la propiedad y sentándose a su lado con el facón entre las manos— tengo noticias del asunto. Tal vez no sean ideales, pero pude averiguar quién es «el pata»— dijo sin mirarlo y pasando la punta del facón por debajo de sus uñas.

— Gracias Chino. Sabía que usted no me iba a fallar. Cuente.— dijo Don País con la mirada en el suelo, mientras removía la tierra con el yute del calzado, desarmando los restos del cigarro que acababa de terminar.

— No me lo va a poder creer, Don País, pero es Don Atilio, el comisario.— entonces sí, levantó su vista y buscó la cara de Don Pais esperando su expresión como respuesta.

Don País se levantó lánguidamente sin quitar la mirada del suelo, metió sus pulgares a los lados de su cintura y se quedó inmóvil. 

— ¡Pais!— dijo el chino, que lo siguió con la mirada en todo momento.— ¿está bien?—

— Si, chino. Si.— le contestó con cierta resignación.— Creo que me lo imaginaba, pero esperaba estar equivocado. ¿Está seguro?—

— Si Pais.— contestó el Chino con total seguridad mientras se incorporaba; y apoyando su mano en el hombro izquierdo de Don Pais le confirmó.— Tanto como para asegurarle que ayer, cuando vine a contarle la noticia sin saber que usted había ido a la ciudad, él estuvo acá en su casa. Con mis propios ojos vi salir a Doña Luisa pidiendo que la deje en paz y que no vuelva.—

Todavía con las manos en su cintura, Don Pais parecía negar con su cabeza mirando el suelo, mientras el chino apretaba su mano en el hombro dándole fuerzas, ofreciéndole consuelo.

— Gracias chino.— dijo Don País, y comenzó una especie de confesión con su mirada perdida.— Debería haber sabido de un principio que podía confiar en usted. Pero no quería que nadie se entere del asunto. Por eso fui primero con el comisario, pero como él no me supo averiguar nada, se me ocurrió confiarle a usted esa tarea pensando en su reserva y en la amistad entrañable que siempre nos tuvimos.— 

Por primera vez Don Pais levantó la vista, y mirando a los ojos a su amigo le preguntó.— ¿Que debería hacer, chino? — 

— ¿Quiere que yo me encargue, Don Pais?— se ofreció inmediatamente, y quitando la mano del hombro tomó su facón y golpeó la hoja contra su palma izquierda y agregó— Nadie va a mancillar el honor de mi amigo sin pagar el precio ¿o prefiere dejarlo así, teniendo en cuenta de quien estamos hablando?— 

— Chino, querido amigo. Agradezco que lo tome tan a pecho, pero creo que debería ocuparme personalmente y terminar con este asunto sin levantar demasiado la perdiz. ¿No le parece? — le dijo cruzando sus brazos y con algo de resignación.— ¿Qué haría usted en mi lugar?— preguntó y se quedó mirándolo a la espera de una respuesta.

— Tiene toda la razón, Don Pais. Yo me ocuparía personalmente si estuviera en su lugar.— Dijo envalentonado y guardando el facón en su cintura– La verdad, que no me hubiera imaginado nunca que Don Atilio pudiera caer tan bajo como para traicionarlo a usted, que siempre ha estado a su disposición y que tantas veces le ha colaborado para poder mantener este pueblo libre de mala gente.–

— ¿Ha visto, Chino? No se puede confiar en nadie, ¿y sabe qué es lo que más me duele?— y antes que el Chino pudiera esbozar cualquier respuesta se contestó– ¡La traición! Si hay algo que no puedo soportar es la traición. Porque uno se puede equivocar, cometer un error… pero traicionar es ir mucho más lejos.– Hizo una pequeña pausa y mirando la nada en el cielo dijo, como si estuviera pensando en voz alta— Creo que esta noche voy a tener que visitar a Don Atilio.—

— No merece siquiera una pelea.— Minimizó el Chino— Después de semejante falta de respeto merece dejarse morir sin defenderse siquiera. Una persona así de miserable y con las responsabilidades que tiene a cargo es mejor extirparla del pueblo por el bien de todos. Si no hace algo usted Don País, le juro que lo hago yo, pero esto no puede quedar así.— Aseguró el Chino con la convicción de quienes saben que si no hay valores, no puede haber nada bueno.

Don País esgrimió una mueca, como sonriendo, tomó en un abrazo a Suarez con su brazo izquierdo y comenzaron a caminar hacia el río. Dieron apenas tres o cuatro pasos cuando Don Pais, empuñó su verijero con la diestra y en un veloz y silencioso movimiento lo enterró en lo profundo del vientre de Suarez. Sin darse cuenta de nada, el chino se quebró en sí mismo en la contracción de su cuerpo, cayendo de rodillas y abrazando, en un acto reflejo, a Don Pais, que se agachaba acompañando su lento desmoronamiento hacia el suelo. Cuando la coreografía los presentó a ambos arrodillados, Don País con su derecha en el vientre de Suarez y éste abrazando a su asesino, se miraron a los ojos, y mientras giraba y hundía cada vez más su cuchillo, Don Pais susurró al oído del Chino— Ayer, cuando fui a la ciudad, me encontré con Don Atilio. Me dijo que tenía algunas pistas. Creo que me lo imaginaba; pero le juro, Chino, le juro que esperaba estar equivocado.—


viernes, 30 de octubre de 2020

¡Hola Nacho! (Cuento)

Desde muy chico, recuerdo que mi abuelo Osvaldo, me llevaba a la cancha de Independiente a ver al Rojo. Hasta los 12 años, me hacía entrar por la Popular y luego me metía en el sector de vitalicios, que se encontraba en el córner local, justo donde terminaba la visera del viejo estadio. A veces conocía al encargado de la puerta del sector y me hacía pasar, otras veces nos hacíamos los boludos y en cuanto podía me subía por encima de la pared que contenía la Platea, y él entraba como si nada por la puerta, presentando su libretita de socio vitalicio.
La temporada ’88 - ’89 ya no daba para más. Con 13 años irremediablemente tenía que ir a la Popular. (la posibilidad de pagar Platea no se nos pasaba por la cabeza) Entonces comenzamos a ir a la hinchada. Osvaldo abandonó su cómoda platea de socio vitalicio y se vino a la popular conmigo a saltar todo el partido, a comerse los empujones, a bancar las avalanchas en los goles y fumarse todo el porro de la barra brava del Gallego durante 90 minutos.
Lo de 90 minutos es una manera de decir porque los domingos comíamos unas pastas y a las 14:00 estábamos en el estadio. Había que ver primero el partido de reserva, de ahí iban a salir los cracks, que después jugarían en primera o, en su defecto, los jugadores que les prestaríamos a Arsenal de Sarandí para que se «foguearan» un poco los sábados, antes de debutar en la Primera A.
En aquella época Arsenal era, por decirlo de alguna forma, la sucursal de Independiente. Muchos de los jugadores hacían sus primeros pasos en la Primera B con Arsenal y cuando ya tenían un poquito de rodaje y varias patadas encima volvían al club. Cosas de barrio.
Con el tiempo yo me fui metiendo más con la barra, y Osvaldito, cuando se quedó tranquilo viendo que me podía desenvolver solo, regresó a su platea de socio vitalicio.
Los años fueron pasando y la pasión no menguaba para nada. Osvaldo puteando en su platea y yo explotado en la barra gritando como loco. Después en casa discutíamos cómo había sido el partido. A veces coincidíamos y a veces peleábamos durante horas. Peleábamos defendiendo o atacando a tal o cual jugador, discutíamos si el técnico estaba dirigiendo bien o si había hecho los cambios que correspondía y bla bla bla. Jugábamos los miércoles a la noche las copas y los domingos el campeonato. Ganábamos todo.
Es el día de hoy que no puedo comprender cómo no terminé estudiando Periodismo Deportivo. Creo que en aquel momento estaba a la altura de cualquiera de ellos.
El tiempo fue modificando un poco las formas, pero la esencia estuvo siempre. Yo ya no vivía con mi abuelo, ni siquiera nos juntábamos en la cancha, pero cuando él llegaba a su casa me llamaba por teléfono y reanudábamos todo. Creo que de alguna manera terminó siendo parte del ritual; terminaba el partido y el primer análisis del juego lo hacíamos juntos antes de que cualquier periodista se atreviera a decir algo.
Los partidos con Racing eran episodios especiales. Era el único partido del que ineludiblemente hablábamos toda la semana previa, y si se jugaba de visitante íbamos a la tribuna visitante. Para ese entonces yo ya iba a todas las canchas visitantes, jugaran donde jugaran. Todos los estadios de todas las provincias que jugaron en Primera A me recibieron en aquellos tiempos.
Años después, destruimos el viejo estadio de la doble visera (el primero de cemento en Latinoamérica y la visitante más grande de todas) y construimos, en 2009, el moderno estadio -Libertadores de América- en el que jugamos hoy en día.
Para 2011 Osvaldo ya iba llegando a los 80 pirulos y el médico le recomendó que no se pusiera nervioso durante los partidos, así que, bajo la ineludible custodia de Esthercita, no solo dejó de ir a la cancha, sino que tuvo también que dejar de escucharlo por radio (aunque por momentos se escondía en su habitación, junto a la «Spica» con funda de cuero, para enterarse al menos de cómo iba el partido). Poco después que los encuentros terminaban, Osvaldo dejaba pasar el tiempo necesario como para que yo llegara a casa y me llamaba.
— ¡Hola, Nacho! ¿Cómo salió el partido? ¿Quién hizo los goles? ¡Dijeron que Riaño y Pizzini!
Si. Efectivamente los habían hecho Riaño y Pizzini, pero si yo no se lo confirmaba los goles no valían.
Ya no había mucha capacidad de discusión o planteos estratégicos. Osvaldo esperaba mi informe del partido para darse una idea acerca de cómo había sido todo. De alguna manera, en ese entonces, yo era sus ojos. Él sabía muy bien que todo lo que decían los periodistas no coincidía tanto con lo que veíamos en vivo y directo desde una cancha.
— ¡Hola, Nacho! ¿Jugamos bien? ¿Fue en orsai el gol de ellos? 
Desde 2011 no solo tenía que mirar los partidos siempre, sino que tenía que pensar un resumen para poder ofrecerle a Osvaldo cuando llamara. Incluso cuando Florencia, mi hija, ya tenía tres o cuatro años, yo ya no iba a la cancha, pero veía los partidos por televisión; y si no lo veía por algún motivo tenía que buscar por internet un resumen breve de lo sucedido, porque cuando Osvaldito llamara tenía que pintarle el panorama de lo que había sucedido como si hubiera estado ahí. No quería que yo le mienta ni yo quería mentirle, pero a la imagen que daba el Rojo solo podía brindársela yo. 
— ¡Hola, Nacho! ¿Viste el partido? ¡¿Tan mal jugamos?!
En los últimos tiempos lo estuve engañando un poco. Fueron unos años terribles de Independiente, pero yo le aclaraba que no era tan así. Trataba de encontrar lo mejor para contarle, le explicaba que a la larga iba a salir todo bien, que íbamos por buen camino, que se notaba el trabajo y el esfuerzo que estaban haciendo el equipo y el cuerpo técnico y bla bla blá. Solo hablaba de Independiente y su gente, nada más. Porque ese año, en 2014, les iba bien a los vecinos. A los de en frente. Digo los de en frente literal, porque la cancha de Racing está exactamente del otro lado de la calle Bochini, que separa ambos estadios. (no creo que en el mundo haya otra cosa semejante)
Ese mismo año, el 13 de diciembre de 2014, Osvaldo dejó de preguntar por el Rojo. Tal vez para que yo no tuviera que contarle nada, o quizá para evitar soportar, él mismo, el relato de los sucesos del día siguiente. Racing, eterno rival de Independiente y al cual, desde que mi querido abuelo tuvo uso de razón, siempre tuvimos de hijo, daba la vuelta en su estadio ese 14 de diciembre consagrándose campeón.
Hoy en día sigo mirando los partidos de Independiente. El hincha no muere nunca. Puede discutir, enojarse, exigir o cualquier cosa, pero el hincha no muere nunca. Ahora, cuando termina un partido de independiente, simplemente termina. Ya no hay discusión ni especulaciones sobre cómo jugó el equipo, o si tal o cual jugador… Ahora sé, que después de cada partido del Rojo ya no suena el teléfono diciendo:
— ¡Hola Nacho!