Bienvenidos

Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Ángel del Sagrado Corazón (Cuento)

Cuando Vito se enteró del accidente de su madre abandonó su oficina y llegó al sanatorio en tiempo récord. Los médicos, a pesar de lo impactante del accidente, dieron un parte prometedor luego de una intervención de urgencia en su cadera. Estaría preventivamente en terapía los primeros días y, debido a que en apariencia no habría mayores riesgos, en no más de una semana seguramente podría tener el alta médica. 

La madrugada siguiente, cuando Vito llegaba a su casa, recibía el llamado que dispararía su ira y su posterior disputa contra el sanatorio.

Pasada la medianoche, un enfermero utilizó el teléfono de la recepción para llamar al número que indicaba la ficha.

—Buenas noches. Me comunico del Sanatorio Sagrado Corazón. ¿Hablo con la familia de Amalia Benedetto? —Tras escuchar la respuesta, y seguro de dar con la familia correcta, continuó—: Mi nombre es Ángel y necesitaríamos que algún familiar se haga presente en el sanatorio. —Asintió con la cabeza a lo que escuchaba y continuó—: Disculpe, pero no sabría decirle. El jefe de terapia no nos aportó mayores datos. — Ahora con la cabeza, en lugar de asentir, negaba frunciendo el ceño, mordiendo sus labios y cerrando los ojos.

Sin que nadie lo supiera, en esos mismos instantes, comenzaba a desatarse una tormenta que azotaría miserias humanas escondidas durante años.

Ángel ese día ingresó antes de las 20:00, en el turno noche, y compartió un café con el Dr Ponzio antes de comenzar el turno. El Dr. le comentó las novedades y le informó especialmente sobre el caso de Amalia, una recién ingresada a quien acababan de descubrirle una extraña enfermedad terminal. El Dr. Ponzio siempre insistió que la especial mención sobre el caso de Amalia fue que Ángel solía incluir en sus oraciones a estos pacientes con la finalidad de que no sufran.

Conocía a Ángel desde hacía 20 años, y lo describía como una persona correcta, educada y reservada. Sus francos incluyeron siempre los domingos, día en el que sistemáticamente asistía al templo durante la reunión de la mañana y daba charlas por la tarde sobre el cuidado de personas. Constantemente se interesó por la salud de los pacientes y solía contener a familiares. Al igual que Ángel, el Dr. Ponzio no soportaba, bajo ningún concepto, ver a alguien sufrir, y ambos se esmeraban continuamente para evitar esas situaciones a los pacientes.

El Dr. Ponzio solía deshacerse en elogios sobre Ángel, quien se sentía tan cercano a Dios, que se tomaba por su cuenta el atrevimiento de otorgar, en secreto, la extremaunción a pacientes terminales. El Dr. Ponzio tenía conocimiento de esto ya que ante cada situación extrema que se conversaban, Ángel le comentaba que, de creerlo necesario, tomaría esa actitud, lo resultaba muy gentil de parte de una persona como Ángel.

Ángel hizo aquella noche su ronda de las 22:00, cumpliendo con todas las indicaciones descriptas por los médicos. Cama por cama, suministró los medicamentos correspondientes de los 17 pacientes internados en la unidad de Terapia Intensiva y, antes de retirarse del lugar, recordó el comentario acerca de Amalia Benedetto. 

Se acercó hasta su cama y, mientras le apoyaba una mano en el pecho y susurraba una oración, observó el rostro pálido e inmóvil, con cabellos rubios naciendo bajo el vendaje de su cabeza, que evidenciaba rastros aún frescos de sus heridas. Tocó la frente de Amalia y, cerrando los ojos, expresó en tono de juramento: 

—Amalia, prometo no dejar que sufras en vano a causa de tu sentenciado cuerpo.

Fue hasta la recepción, tomó un pequeño maletín metálico en forma de cubo y volvió enseguida. Apoyó el maletín a los pies de la cama, introdujo la clave de apertura y al abrirlo tomó dos ampollas de morfina, junto con una jeringa. Cargó los 40 mg en el tubo, se los inyectó y, tras darle un beso en la frente, le susurró al oído:

—Tranquila. Ya no hay dolor.

Cerró el maletín y se retiró de la unidad.

Una hora más tarde, volvió a visitar a Amalia para controlar sus signos vitales. Parecía ser una mujer fuerte, pero su respiración resultaba ahora notoriamente más lenta, y su ritmo cardíaco presentaba un incipiente descenso a 50 latidos por minuto. Ángel monitoreó un instante su estado: su indefenso cuerpo sedado parecía resistir estoicamente, pero no por mucho tiempo más. 

Del bolsillo de su ambo, sacó una jeringa, le quitó el capuchón y aspiró 30 cm3 de aire. La observó una vez más y, tras una larga bocanada, descargó el contenido de la jeringa en la vía central mientras exhalaba lentamente. 

Tomó su mano y permaneció observando hasta que el corazón de Amalia ya no pudo resistir. Ángel siempre estuvo convencido de que esos son los momentos donde Dios decide el destino de un paciente. Muchas veces vio cómo resistían esos avatares y lograban recuperarse al día siguiente.

Cuando nada más había por hacer, desconectó todos los equipos y cubrió completamente el cuerpo de Amalia con la sábana. Restaba hacer los papeles de rigor y comunicarse con la familia.

La noche transcurrió sin mayores sobresaltos. Algún que otro monitor multiparamétrico acusaba alguna leve anomalía, pero nada trascendente sucedía hasta las 5:00, cuando desde una de las camas se disparó la alarma de un monitor cardíaco. El médico de guardia y los enfermeros que cubrían el turno junto con Ángel acudieron de inmediato hasta esa cama y practicaron todos los ejercicios de resucitación posibles durante casi 30 minutos.

A medida que asimilaban el fracaso, uno a uno, abandonaban el lugar. Son demasiadas las ocasiones donde, a pesar de dejar todo y practicar todas las maniobras existentes, no se puede hacer más nada para salvar una vida. 

Cuando Ángel y otro enfermero quedaron solos a cargo del cuerpo, él se ocupó de la desconexión de todos los monitores y equipos, mientras su compañero retiraba todos los insumos utilizados durante las maniobras. Por último, Ángel cubrió el cuerpo con las sábanas y retiró la historia clínica del paciente para comenzar, como siempre en estas situaciones, los trámites de rigor. Se retiró hasta la recepción para organizar los papeles, completar los datos correspondientes y llamar a la familia para solicitar su presencia.

Fue entonces cuando Ángel, al recopilar los datos de la paciente, notó su gravísimo error. Quien había fallecido en esa cama había sido Amalia Benedetto, de 68 años, ingresada con una enfermedad terminal que le había producido un desmayo. Con la pérdida de conocimiento, tuvo un fuerte golpe en la cabeza con un importante corte en el cuero cabelludo. Entonces comenzaron a aumentar de forma descomunal las pulsaciones del corazón de Ángel y brotó al instante de cada uno de sus poros un sudor frío que lo paralizó momentáneamente, hasta que la desesperación se apoderó de él.

Amalia Benedetto había muerto a la medianoche, él estaba seguro de eso, él mismo había llamado a su familia para darle la noticia. Volvió a buscar los papeles sobre la muerte anterior ocurrida a medianoche y, en efecto, la paciente fallecida era Amalia Benedetto, pero de 50 años, quien había ingresado a terapia tras una cirugía de cadera, producto de un accidente automovilístico que le ocasionó fracturas múltiples con cortes y contusiones en todo el cuerpo.

El Dr Ponzio, por entonces jefe de la unidad de terapia del turno noche, declararía más tarde ante la prensa que Amalia Benedetto estaba en terapia solo por precaución luego de un accidente vial y una intervención en la cadera a raíz de este. Se le había comunicado a la familia que estaba fuera de peligro y que en apenas unos días obtendría el alta; por ese motivo fue que sus familiares, sorprendidos por el repentino fallecimiento, denunciaron públicamente la situación con el afán de esclarecer el tema.

Ante el temor de ser acusado, defendió al enfermero Ángel, que «evidentemente creyó alguna vez un héroe, y ahora se lo veía dolido, derrumbado. Resultaba triste que quien salvó a cientos de personas, fuera un incomprendido cuando algo salió mal. Nadie se encuentra exento de cometer errores, y aquel día sucedió. En rigor de la verdad, no suele ser común que en la misma unidad de terapia intensiva coincidan, en día y lugar, dos pacientes con identidades homónimas.»

Ángel, tal vez producto de estas situaciones complejas, enfermó gravemente un tiempo después, y falleció en la terapia del sanatorio bajo la supervisión del Dr. Ponzio justo un día antes que Vito retirara su denuncia. Ese mismo año el Dr. Ponzio fue nombrado Director del Sanatorio, que a partir de ese entonces cambió su nombre por el de Santa Amalia, en honor a la fallecida Amalia Benedetto de Ponzio.

sábado, 5 de diciembre de 2020

El asunto (Cuento)

Pasó el filo del verijero por su antebrazo izquierdo dejando su piel limpia y rosada. Estaba extremadamente afilado y asentado. Enfundó su última obra de arte bajo la bombacha, sobre su verija derecha, y dejó el taller del fondo para ir a sentarse en la puerta de su casa a fumar, mientras el sol se retiraba, dando tregua a la resquebrajada tierra de Yuquerí, a orillas del Uruguay.

Don Pais tenía la habilidad de fabricar los mejores cuchillos del pueblo, era verborrágico y tajante en sus declaraciones, y un referente de integridad y respeto en cuanto a sus acciones y valores.

Desde el río se acercaba esa tarde una brisa fresca, de esas que prometen una noche levemente soportable, y con ella el chino Suárez, amigo inseparable de Don Pais, con quien había organizado los comienzos del pueblo hasta que se instaló el frigorífico inglés y la población se fue al demonio. Se multiplicó tanto la gente que el mismo frigorífico reorganizó y refundó el pueblo, aunque respetando su nombre e incorporando todo lo previamente establecido.

— ¡Don Pais!— dijo el chino, entrando en la propiedad y sentándose a su lado con el facón entre las manos— tengo noticias del asunto. Tal vez no sean ideales, pero pude averiguar quién es «el pata»— dijo sin mirarlo y pasando la punta del facón por debajo de sus uñas.

— Gracias Chino. Sabía que usted no me iba a fallar. Cuente.— dijo Don País con la mirada en el suelo, mientras removía la tierra con el yute del calzado, desarmando los restos del cigarro que acababa de terminar.

— No me lo va a poder creer, Don País, pero es Don Atilio, el comisario.— entonces sí, levantó su vista y buscó la cara de Don Pais esperando su expresión como respuesta.

Don País se levantó lánguidamente sin quitar la mirada del suelo, metió sus pulgares a los lados de su cintura y se quedó inmóvil. 

— ¡Pais!— dijo el chino, que lo siguió con la mirada en todo momento.— ¿está bien?—

— Si, chino. Si.— le contestó con cierta resignación.— Creo que me lo imaginaba, pero esperaba estar equivocado. ¿Está seguro?—

— Si Pais.— contestó el Chino con total seguridad mientras se incorporaba; y apoyando su mano en el hombro izquierdo de Don Pais le confirmó.— Tanto como para asegurarle que ayer, cuando vine a contarle la noticia sin saber que usted había ido a la ciudad, él estuvo acá en su casa. Con mis propios ojos vi salir a Doña Luisa pidiendo que la deje en paz y que no vuelva.—

Todavía con las manos en su cintura, Don Pais parecía negar con su cabeza mirando el suelo, mientras el chino apretaba su mano en el hombro dándole fuerzas, ofreciéndole consuelo.

— Gracias chino.— dijo Don País, y comenzó una especie de confesión con su mirada perdida.— Debería haber sabido de un principio que podía confiar en usted. Pero no quería que nadie se entere del asunto. Por eso fui primero con el comisario, pero como él no me supo averiguar nada, se me ocurrió confiarle a usted esa tarea pensando en su reserva y en la amistad entrañable que siempre nos tuvimos.— 

Por primera vez Don Pais levantó la vista, y mirando a los ojos a su amigo le preguntó.— ¿Que debería hacer, chino? — 

— ¿Quiere que yo me encargue, Don Pais?— se ofreció inmediatamente, y quitando la mano del hombro tomó su facón y golpeó la hoja contra su palma izquierda y agregó— Nadie va a mancillar el honor de mi amigo sin pagar el precio ¿o prefiere dejarlo así, teniendo en cuenta de quien estamos hablando?— 

— Chino, querido amigo. Agradezco que lo tome tan a pecho, pero creo que debería ocuparme personalmente y terminar con este asunto sin levantar demasiado la perdiz. ¿No le parece? — le dijo cruzando sus brazos y con algo de resignación.— ¿Qué haría usted en mi lugar?— preguntó y se quedó mirándolo a la espera de una respuesta.

— Tiene toda la razón, Don Pais. Yo me ocuparía personalmente si estuviera en su lugar.— Dijo envalentonado y guardando el facón en su cintura– La verdad, que no me hubiera imaginado nunca que Don Atilio pudiera caer tan bajo como para traicionarlo a usted, que siempre ha estado a su disposición y que tantas veces le ha colaborado para poder mantener este pueblo libre de mala gente.–

— ¿Ha visto, Chino? No se puede confiar en nadie, ¿y sabe qué es lo que más me duele?— y antes que el Chino pudiera esbozar cualquier respuesta se contestó– ¡La traición! Si hay algo que no puedo soportar es la traición. Porque uno se puede equivocar, cometer un error… pero traicionar es ir mucho más lejos.– Hizo una pequeña pausa y mirando la nada en el cielo dijo, como si estuviera pensando en voz alta— Creo que esta noche voy a tener que visitar a Don Atilio.—

— No merece siquiera una pelea.— Minimizó el Chino— Después de semejante falta de respeto merece dejarse morir sin defenderse siquiera. Una persona así de miserable y con las responsabilidades que tiene a cargo es mejor extirparla del pueblo por el bien de todos. Si no hace algo usted Don País, le juro que lo hago yo, pero esto no puede quedar así.— Aseguró el Chino con la convicción de quienes saben que si no hay valores, no puede haber nada bueno.

Don País esgrimió una mueca, como sonriendo, tomó en un abrazo a Suarez con su brazo izquierdo y comenzaron a caminar hacia el río. Dieron apenas tres o cuatro pasos cuando Don Pais, empuñó su verijero con la diestra y en un veloz y silencioso movimiento lo enterró en lo profundo del vientre de Suarez. Sin darse cuenta de nada, el chino se quebró en sí mismo en la contracción de su cuerpo, cayendo de rodillas y abrazando, en un acto reflejo, a Don Pais, que se agachaba acompañando su lento desmoronamiento hacia el suelo. Cuando la coreografía los presentó a ambos arrodillados, Don País con su derecha en el vientre de Suarez y éste abrazando a su asesino, se miraron a los ojos, y mientras giraba y hundía cada vez más su cuchillo, Don Pais susurró al oído del Chino— Ayer, cuando fui a la ciudad, me encontré con Don Atilio. Me dijo que tenía algunas pistas. Creo que me lo imaginaba; pero le juro, Chino, le juro que esperaba estar equivocado.—


viernes, 30 de octubre de 2020

¡Hola Nacho! (Cuento)

Desde muy chico, recuerdo que mi abuelo Osvaldo, me llevaba a la cancha de Independiente a ver al Rojo. Hasta los 12 años, me hacía entrar por la Popular y luego me metía en el sector de vitalicios, que se encontraba en el córner local, justo donde terminaba la visera del viejo estadio. A veces conocía al encargado de la puerta del sector y me hacía pasar, otras veces nos hacíamos los boludos y en cuanto podía me subía por encima de la pared que contenía la Platea, y él entraba como si nada por la puerta, presentando su libretita de socio vitalicio.
La temporada ’88 - ’89 ya no daba para más. Con 13 años irremediablemente tenía que ir a la Popular. (la posibilidad de pagar Platea no se nos pasaba por la cabeza) Entonces comenzamos a ir a la hinchada. Osvaldo abandonó su cómoda platea de socio vitalicio y se vino a la popular conmigo a saltar todo el partido, a comerse los empujones, a bancar las avalanchas en los goles y fumarse todo el porro de la barra brava del Gallego durante 90 minutos.
Lo de 90 minutos es una manera de decir porque los domingos comíamos unas pastas y a las 14:00 estábamos en el estadio. Había que ver primero el partido de reserva, de ahí iban a salir los cracks, que después jugarían en primera o, en su defecto, los jugadores que les prestaríamos a Arsenal de Sarandí para que se «foguearan» un poco los sábados, antes de debutar en la Primera A.
En aquella época Arsenal era, por decirlo de alguna forma, la sucursal de Independiente. Muchos de los jugadores hacían sus primeros pasos en la Primera B con Arsenal y cuando ya tenían un poquito de rodaje y varias patadas encima volvían al club. Cosas de barrio.
Con el tiempo yo me fui metiendo más con la barra, y Osvaldito, cuando se quedó tranquilo viendo que me podía desenvolver solo, regresó a su platea de socio vitalicio.
Los años fueron pasando y la pasión no menguaba para nada. Osvaldo puteando en su platea y yo explotado en la barra gritando como loco. Después en casa discutíamos cómo había sido el partido. A veces coincidíamos y a veces peleábamos durante horas. Peleábamos defendiendo o atacando a tal o cual jugador, discutíamos si el técnico estaba dirigiendo bien o si había hecho los cambios que correspondía y bla bla bla. Jugábamos los miércoles a la noche las copas y los domingos el campeonato. Ganábamos todo.
Es el día de hoy que no puedo comprender cómo no terminé estudiando Periodismo Deportivo. Creo que en aquel momento estaba a la altura de cualquiera de ellos.
El tiempo fue modificando un poco las formas, pero la esencia estuvo siempre. Yo ya no vivía con mi abuelo, ni siquiera nos juntábamos en la cancha, pero cuando él llegaba a su casa me llamaba por teléfono y reanudábamos todo. Creo que de alguna manera terminó siendo parte del ritual; terminaba el partido y el primer análisis del juego lo hacíamos juntos antes de que cualquier periodista se atreviera a decir algo.
Los partidos con Racing eran episodios especiales. Era el único partido del que ineludiblemente hablábamos toda la semana previa, y si se jugaba de visitante íbamos a la tribuna visitante. Para ese entonces yo ya iba a todas las canchas visitantes, jugaran donde jugaran. Todos los estadios de todas las provincias que jugaron en Primera A me recibieron en aquellos tiempos.
Años después, destruimos el viejo estadio de la doble visera (el primero de cemento en Latinoamérica y la visitante más grande de todas) y construimos, en 2009, el moderno estadio -Libertadores de América- en el que jugamos hoy en día.
Para 2011 Osvaldo ya iba llegando a los 80 pirulos y el médico le recomendó que no se pusiera nervioso durante los partidos, así que, bajo la ineludible custodia de Esthercita, no solo dejó de ir a la cancha, sino que tuvo también que dejar de escucharlo por radio (aunque por momentos se escondía en su habitación, junto a la «Spica» con funda de cuero, para enterarse al menos de cómo iba el partido). Poco después que los encuentros terminaban, Osvaldo dejaba pasar el tiempo necesario como para que yo llegara a casa y me llamaba.
— ¡Hola, Nacho! ¿Cómo salió el partido? ¿Quién hizo los goles? ¡Dijeron que Riaño y Pizzini!
Si. Efectivamente los habían hecho Riaño y Pizzini, pero si yo no se lo confirmaba los goles no valían.
Ya no había mucha capacidad de discusión o planteos estratégicos. Osvaldo esperaba mi informe del partido para darse una idea acerca de cómo había sido todo. De alguna manera, en ese entonces, yo era sus ojos. Él sabía muy bien que todo lo que decían los periodistas no coincidía tanto con lo que veíamos en vivo y directo desde una cancha.
— ¡Hola, Nacho! ¿Jugamos bien? ¿Fue en orsai el gol de ellos? 
Desde 2011 no solo tenía que mirar los partidos siempre, sino que tenía que pensar un resumen para poder ofrecerle a Osvaldo cuando llamara. Incluso cuando Florencia, mi hija, ya tenía tres o cuatro años, yo ya no iba a la cancha, pero veía los partidos por televisión; y si no lo veía por algún motivo tenía que buscar por internet un resumen breve de lo sucedido, porque cuando Osvaldito llamara tenía que pintarle el panorama de lo que había sucedido como si hubiera estado ahí. No quería que yo le mienta ni yo quería mentirle, pero a la imagen que daba el Rojo solo podía brindársela yo. 
— ¡Hola, Nacho! ¿Viste el partido? ¡¿Tan mal jugamos?!
En los últimos tiempos lo estuve engañando un poco. Fueron unos años terribles de Independiente, pero yo le aclaraba que no era tan así. Trataba de encontrar lo mejor para contarle, le explicaba que a la larga iba a salir todo bien, que íbamos por buen camino, que se notaba el trabajo y el esfuerzo que estaban haciendo el equipo y el cuerpo técnico y bla bla blá. Solo hablaba de Independiente y su gente, nada más. Porque ese año, en 2014, les iba bien a los vecinos. A los de en frente. Digo los de en frente literal, porque la cancha de Racing está exactamente del otro lado de la calle Bochini, que separa ambos estadios. (no creo que en el mundo haya otra cosa semejante)
Ese mismo año, el 13 de diciembre de 2014, Osvaldo dejó de preguntar por el Rojo. Tal vez para que yo no tuviera que contarle nada, o quizá para evitar soportar, él mismo, el relato de los sucesos del día siguiente. Racing, eterno rival de Independiente y al cual, desde que mi querido abuelo tuvo uso de razón, siempre tuvimos de hijo, daba la vuelta en su estadio ese 14 de diciembre consagrándose campeón.
Hoy en día sigo mirando los partidos de Independiente. El hincha no muere nunca. Puede discutir, enojarse, exigir o cualquier cosa, pero el hincha no muere nunca. Ahora, cuando termina un partido de independiente, simplemente termina. Ya no hay discusión ni especulaciones sobre cómo jugó el equipo, o si tal o cual jugador… Ahora sé, que después de cada partido del Rojo ya no suena el teléfono diciendo:
— ¡Hola Nacho!

EMA (Cuento)

Aquel era uno de esos días en que ciertas palabras suenan en los oídos como explosiones...  como si de la sordera absoluta transitáramos a la hipersensibilidad sonora en apenas milésimas de segundo.

Recuerdo transitar los pasillos de la oficina acompañando a una de mis jefas. En una de las estaciones de trabajo se encontraban dos compañeros conversando. Uno de ellos decía: «Una mujer inteligente, aunque fuere fea, si se diera a la mala vida se enriquecería y si no se enamorara de nadie podría ser la reina de una ciudad. Si yo tuviera una hermana, la aconsejaría así».

Me quedé helada del otro lado del box, mirando absorta el panel divisorio con la sensación de haber escuchado algo más que un comentario.

Marianela también escuchó. Se volvió hacia mí, me hizo un gesto y me llevó a paso firme hasta su despacho.

—Sentáte, por favor. —me dijo mientras se acomodaba en su silla del escritorio y se alistaba como para iniciar una entrevista. Se recogió el cabello, apoyó sus codos y juntó sus manos entrelazando los dedos. — ¿qué fue exactamente lo que escuchaste en el salón, Rocío? —me preguntó con interés y se quedó mirándome con su rostro sin gesto.

— La verdad que fue un comentario bastante fuera de lugar. — Le contesté sin querer ahondar en el tema. Pero ella insistió.

— ¿Cuál fue el comentario? dígame, por favor — volvió a preguntar sin inmutarse.

— Bueno… uno de los chicos, parece que le daba entender al otro que, si una mujer era inteligente, aunque sea fea, debía prostituirse para enriquecerse y además si no se enamoraba podría ser poderosa. — Traté de reproducirle el comentario de manera educada y lo más fehaciente que recordaba.

Marianela levantó el teléfono y se comunicó con su secretaria. — Leti, por favor que venga «EMA» enseguida. —terminó la llamada y volvió a dirigirse a mí. — ¿Te molesta quedarte para comentarles lo que escuchaste a un grupo de compañeras? No te preocupes que no habrá represalias. Deberíamos tratar estos temas para poder generar un clima agradable para todos. —y me miró fijamente un segundo y con una mueca que no alcancé a comprender me preguntó de nuevo. —o acaso ¿crees que deberíamos impartir represalias con esas personas?

— No, no. —Le dije de inmediato. — Me parece que estuvo desubicado y que es un pensamiento bastante retrogrado, pero no creo que para represalias. —pensé un poco en los chicos, realmente sé que son unos bocones que no piensan de esa forma, y hoy en día son temas muy sensibles como para tomar a la ligera. —a lo sumo una llamada de atención, como para darles una lavada de cabeza, como dicen. —

Terminé de dar mi opinión y golpearon la puerta. Sin esperar respuesta ingresaron otras cuatro jefas de la compañía que yo no conocía. Marianela me estaba preguntando si no me molestaba quedarme a contarles al resto, pero nunca llegué a poder responder y ya era tarde para poder escapar de la situación. Cuando todas se sentaron en la mesa de reunión, Marianela me hizo contar, con lujo de detalles, lo sucedido. 

Ni bien acabé mi relato se miraron entre todas y, aún con gestos de no poder creer que aún existiesen comentarios tan estúpidos, me dijeron que no me preocupe, que vaya tranquila y que si volvía a tener que soportar algún comentario desagradable no dude en comentárselos a ellas.

Cuando me retiré del despacho no sabía si ir en busca de los chicos para advertirles o hacer como si nada hubiese sucedido. Los miedos y prejuicios hicieron que optara por la segunda opción.

Los días siguientes transcurrieron normalmente hasta que un par de viernes después, el muchacho de aquel comentario no se presentó a trabajar. Las novedades fueron difundiéndose en el salón hasta que me llegó la noticia que había salido en los diarios. El asesinato de Germán Saravia, el empleado de la estación de trabajo cerca del despacho de Marianela. El asesinato había ocurrido la noche anterior en un bar de copas situado en una importante avenida de la capital. El homicidio, según informaban, se lo había adjudicado un reconocido grupo, aparentemente feminista, que estaba haciendo estragos en los últimos meses. La EMA (Ejercita de Mujeras Antimachistas) llevaba seis homicidios en los últimos tres meses. Homicidios donde no se esclarecían las causas más que por una declaración de la EMA afirmando tajantemente que se trataba de personas machistas. 

Quedé inmóvil por un instante. Marianela se acercaba caminando entre todas las estaciones de trabajo en dirección a mi escritorio. Detrás venían las mismas cuatro jefas de la última reunión. Un escalofrío incomprensible recorrió todo mi cuerpo bajo un pensamiento inverosímil. — Rocío, por favor acompáñeme al despacho. — dijo apenas un par de metros antes de pasar por mi escritorio y detrás de ella las cuatro escoltas sonrientes.

Dejé mis tareas de inmediato y me dirigí a su despacho. Todas habían ingresado y la puerta estaba abierta para mí.

— Cerrá la puerta y sentate. —me ordenó una de las jefas.

Me senté a la mesa de reuniones en la única silla vacía que dejaron, y al sentarme, todas lanzaron un aplauso cerrado mientras se ponían de pie.

— Bienvenida Rocío, va a ser un placer que participes con nosotras en este proyecto. A partir de mañana vas a ser la segunda jefa del área de seguridad con Marcela. —Marcela Ibarra me sonrió y asintió con su cabeza. — 

Entre sonrisas cómplices y comentarios por lo bajo se volvieron a sentar todas. Marianela me entregó la resolución de mi ascenso y dijo mirándome a los ojos. — ¡Qué barbaridad lo que le sucedió a este chico…— parecía no recordar el nombre y cuando estaba por decírselo — Saravia! Germán Saravia. —dijo.

— Si. — asentí yo y quise hacer una aclaración. — Sinceramente la idea de tanta violencia en la sociedad me aterra. Debería haber una concientización de la gente y no una imposición arbitraria y desmedida de una idea. Creo que una sociedad inteligente y abierta no debería necesitar llegar a la violencia. Creo que es un paso atrás. — expliqué. El gesto general me hizo recordar la última reunión, pero esta vez no había comentario estúpido que menospreciar.

Marianela reiteró las felicitaciones, la hizo extensiva a todas las compañeras y pidió que vuelvan todas a sus labores que ella debía reunirse con la directora de la compañía. Fueron todas saliendo del despacho hasta que quedamos últimas Marianela y yo. Nos quedamos detenidas un instante en la puerta. Yo necesitaba explicaciones, me sentía incómoda con la situación y no sabía cómo preguntar. 

Marianela se acercó y me dijo por lo bajo.

— Somos descubridoras que solo en conjunto podemos discernir a dónde vamos. — 

Fijó un segundo los ojos en mi expresión y, luego, sonriendo burlonamente, dijo:

–¿Sabes que hay algo en vos que te hace parecer a Lenin?

Y antes de que pudiera contestarle, salió.


domingo, 25 de octubre de 2020

Cumbre y llano

 Subí hasta lo más alto de la cumbre solo para demostrar que no era necesario estar ahí arriba para poder entender el paisaje. Subí sabiendo que podría hacerlo, que podría ver el paisaje completo, pero que al bajar nada modificaría mi utopía.

Una vez en la cumbre pude observar todo lo que siempre dije, lo que me gusta del paisaje; desde ahí uno puede ver todo lo que tiene para disfrutar. Se ve el mapa completo del ser.

Con la satisfacción de haber cumplido el objetivo, volví a descender lo necesario; tal vez aún más de lo esperado, pero sabiendo que pocos conocen los secretos del universo. Volví a mirar el llano y, como si un rayo de sol me estallara en la vista quedé asustado, cegado totalmente, paralizado. Algo que no estaba en los planes me había dejado sin vista, exactamente en el preciso instante que me disponía a confirmar mi teoría.

El mundo ya no es el mismo. Ni acá abajo donde vuelvo a caminar ni allá arriba, donde todo parecía al alcance de la mano. 

Antes alcanzaba a discernir a cuantos metros se encontraba un punto fijo desde mi lugar de origen, ahora eso ha cambiado radicalmente. Las distancias son tan irrisorias siempre que el verdadero horizonte no se llega a divisar y cuando procuremos verlo ya no estaremos en nuestro pequeño mundo fáctico. Estamos fuera de nuestro mapa, donde se halla el universo, el pequeño gran infinito, la verdadera libertad. 

De espaldas a ese infinito, y a esa inconmensurable libertad, nos veo a nosotros, todos enredados y atrapados en nuestro mínimo rincón, a los pies de una pequeña cumbre que los separa del lado oscuro.

Estaba a punto de confirmar mi vieja utopía, pero recordé, que he dejado asuntos pendientes donde los mortales juegan una batalla sin tiempo. Ordenaré un poco las viejas ideas y las entrañables costumbres y armaré mi mapa libertario de puntos inconcebibles y tierras sin límites. Iré por ellos en la mañana, sabiendo que ese nuevo comienzo será el final de la humanidad que habrá quedado a los pies de una pequeña cumbre.


miércoles, 21 de octubre de 2020

La visita tan ansiada (Cuento)

—¡Ey, Andrea! ¿Podés hacerme el favor de mirarme a la cara cuando te hablo? Desde que tengo uso de razón, te soporto los mismos gestos, el mismo aparente desinterés… y digo aparente porque después me entero por otro lado de que todo el barrio y la familia completa están enterados de cada palabra que te comento. A veces pienso cuál fue el momento en que cambiaste, o si yo fui el mamarracho que no se había dado cuenta.

Le di la espalda para seguir limpiando mi colección de cuchillos recién afilada. Ese gesto no debería molestarla justamente a ella, que siempre evitó mirarme a los ojos y hablaba mirando a cualquier lado con aires de superada.

—¿Sabés, Andrea, que papá está vivo? El otro día llamó a casa para saludar y preguntó cómo me estaba yendo en la fábrica. —No pude evitar una extraña sonrisa, casi al borde de la carcajada. Mantuve la mueca que el sarcasmo ofrenda y la miré fijo—. ¿Sabés que se olvidó de preguntar por el nieto? ¡No se acordó de Martín ni para preguntar cómo le iba en el colegio, o si estaba grande! Yo siempre le expliqué a Martincho que el abuelo está muy ocupado, que le encantaría llamarlo o venir a verlo, pero que el trabajo lo tiene ocupado todo el tiempo. En realidad, no creo que sea tan tonto y tampoco quiero que piense que lo tomo por boludo… Debería decirle que el abuelo es un hijo de puta que le importa tres carajos la familia, los hijos, los nietos; que lo único que le importa en el mundo es él mismo y pasarla lo mejor posible. Si se puede evitar cualquier obligación y responsabilidad… ¡bienvenido sea! ¿No?

Volví a concentrarme en la colección de cuchillos sobre la mesa de trabajo y los enfundé, uno por uno, para poder guardar toda la colección en su caja de madera. Una vez al mes, y generalmente después de utilizarlos, me relajo con esa tarea. Es un verdadero placer mantener el perfecto filo de toda la colección, limpiarlos uno por uno, hojas y cabos, para quitar todo rastro de sangre o suciedad. Alguna lustrada a las fundas de cuero, en ocasiones, y a guardar ordenadamente todo en su caja de siempre. Es un hobby que me distiende un poco y me hace pensar en otra cosa. 

Ese día era fundamental poder estar relajado y con la cabeza en otro lado. Sabía que Andrea iba a venir a verme, para hablar, y yo de lo que menos tenía ganas era de hablar. Pero debía tener una última conversación antes de terminar con todo. Yo sabía que después de ese día nada sería lo mismo y que, sin importar lo que pasara, me quedaría definitivamente sin mi única hermana. Por eso volví sobre ella y, apuntándole con el dedo, le dije:

—Vos sabías todo. Yo sé que vos sabías todo. Cuando el viejo me necesitó, yo estuve ahí. Cuando vos me necesitaste, estuve ahí. Estuve ahí cuando me necesitaron los tíos, cuando me necesitaron los abuelos. Estuve ahí siempre. Pero un día necesité que alguien me escuchara y…

Me mordí los labios, cerré fuerte los puños y la observé un segundo. Sentada en esa silla de la abuela que tengo en el taller, con su pelo tapándole la cara y mirando el piso sin nada para decir. Siempre me guardé todo, pero ese día no. Ese día quería decir lo que siempre callaba y volví a apuntar con el dedo.

—A veces creo que todo salió de tu cabecita retorcida. Pero la verdad es que miro a mi alrededor y el tiempo me ha dado, increíblemente, tantas sorpresas con determinadas personas que me siento obligado a creer que fui un estúpido la mitad de mi vida. ¿Cómo no me di cuenta de que el problema era yo? El problema era lo que yo representaba, lo que ustedes creían que no podían, lo que ustedes creían que me caía del cielo, lo que creían que les ocultaba… —La cabeza me comenzó a traer imágenes y casi me quebré, pero no, no volvería a sentirme culpable nunca más—. Nunca. Nunca les oculté nada. Al contrario: siempre quise contarles todo para que supieran quién soy, cómo soy… ¡Y yo creía que ustedes hacían lo mismo! ¿Cómo no iba a creer eso de mis padres, de mi hermana…? ¿No pensaron que, algún día, alguno de esos con los que hablaban y se reían se iban a acercar para ver quién realmente era yo? ¿No se les pudo ocurrir que, tal vez algún día, podrían contarme algunos de sus dichos, donde se reían y me defenestraban a mis espaldas? ¿En serio no se les ocurrió? Porque justamente los que me vinieron a hablar son tan hipócritas como ustedes, pero les dio pena ver que yo no me daba cuenta. Ellos me abrieron los ojos y todo se fue empezando a acomodar en la cabeza, todas las piezas encontraron su lugar y ya todos supimos quién era quien. Las traiciones estratégicamente orquestadas, las mentiras mantenidas en el tiempo, las difamaciones envidiosas, las engaños… Pero yo no quise aceptarlo. Lo guardé, lo mastiqué, lo intenté tragar… pero acá estoy, tomando la mejor decisión de mi vida para resolver definitivamente mis conflictos. Por eso te invité para hablar y decirte que ahora yo también lo sé todo, y que así no me gustan las cosas, Andrea. Por eso decidí decirte lo que siento. Ya no somos hermanos. ¿Está bien? Desde hoy no tengo hermana. ¿Te quedó claro?

De repente, arriba de la mesa sonó el teléfono celular de Andrea. Acerqué la mirada para espiar quién nos interrumpía y leí que era Ramiro, su marido.

—Ramiro. ¡Ja! —Otra sonrisa-carcajada sarcástica que se me escapaba de la boca—. El pelotudo de tu marido. ¿Querés que atienda y le diga que no podés responder? —dije sonriendo con sarcasmo. — El tarado que tuve que cagar a trompadas cuando me contabas que te acosaba y a los pocos días te estabas mudando a su casa. ¡Así de boludo era yo! Era el país de la hipocresía y yo buscaba en quién confiar.

El teléfono dejó de sonar sin que Andrea pudiera siquiera mirar la pantalla.

—Ya sé. Debés estar pensando en por qué no olvidamos todo y empezamos de nuevo, que no es tan así como lo digo, que nunca tuviste las intenciones de lastimar y perjudicar, que no me sienta así, que me amás y que ¡la puta madre que lo parió! Me cansé. Ya está, se acabó.

Me acerqué a la silla donde estaba Andrea con su cara mirando al piso y su pelo azabache tapándole la cara. Me hinqué delante de ella, con mis manos todavía sucias sobre mis rodillas, y lloré. Lloré mucho. No sé si por ella, por mí o por todo lo que pasó que, tal vez, no supe ver y que no pude controlar más tarde, pero lloré mucho, mientras un silencio profundo parecía zanjar todas las diferencias entre ambos. 

Después de un buen rato, me paré para ir a lavarme las manos antes de seguir manchando todo lo que tocaba. Mientras iba hacia el baño, le volví a dirigir la palabra:

—¿Sabías que papá viene el viernes? ¡Hacía más de dos años que no pasaba por casa! Lo invité para hablar, como hice con vos, así puedo solucionar todos los problemas familiares antes de que sea demasiado tarde. ¿No te parece bien, Andre?


jueves, 1 de octubre de 2020

Deberes y pasiones (Cuento)

Había llegado el día que tanto se había planeado. La estrategia, gestada casi en forma anónima, se venía desarrollando desde hacía tiempo en la gran isla de Solimán. Diferentes leales a la causa, desconocidos entre ellos, habían cumplido sus diversos objetivos, aparentemente desconectados entre sí, para poder hacerse con la victoria de lo que sería la misión más importante de todos los tiempos. 

El Duque de Bonum Kaeli, como se hacía llamar, salió de su morada en las afueras del reino, bajo una tarde espléndida a finales del verano. La suave brisa cálida y el perfume fresco de flores silvestres parecía embriagarlo para, de alguna manera, ofrecerle el ánimo que le faltaba para llevar a cabo la empresa de aquel día.

Con sus calzas pardas, su camisa púrpura de cuello redondo y sus puntiagudos zapatos de cuero marrón, el duque acomodó su fiel daga a la diestra de su cintura y, luego de cubrirse con su albornoz de lino y pieles escondió un estilete, en la parte interior de la solapa izquierda.

Montó el metro y medio de Arthur, su joven caballo de pelaje castaño y sedoso, y emprendió su viaje hacia el sur con destino al castillo. Desde el otro lado, desde el extremo sur del reino, alguien que él desconocía se encontraba iniciando un camino similar al suyo, pero iría por el Rey tuerto. Él debía ir por Crisálida, la reina.

Una vez arribado se dirigió, como acostumbraba a hacer desde hacía un tiempo, a los aposentos de la reina, donde solía esperarlo un pequeño banquete, que casi nunca se ingería, y los mejores vinos, para poder saciar la sed de los encuentros.

El duque sabía que esa noche sería la última y como tal tenía un sabor especial. Un sabor a victoria, un sabor a desafío, a justicia, a nuevos tiempos, un sabor a amor; un perfume a muertes.

Ella estaba esa noche más bella que nunca, sus ojos brillaban y su pálido rostro, apenas sonrojado, era solo comparable con alguna de las mayores obras de arte de ese entonces. El duque también estaba preparado para ese encuentro especial. Esa noche ella le ofreció las palabras más bellas que él jamás escuchó, le ofreció una y otra vez todo su ser, su cuerpo y sus pensamientos. Estuvo a punto de ofrecerle algo más, pero no hubiera sido digno de ella. 

Él encontró esa noche, a una mujer desconocida hasta ese entonces. Descubrió que sus venas transportaban sangre roja a igual que las suyas, y que sus penurias y desdichas, sin importar cargos o nombres, podían ser parecidas; que tal vez a ambos les faltaban las mismas cosas, aunque les sobraran otras muy disímiles, pero que juntos habían descubierto algo que algún día fue impensado para ellos.

Fueron esa noche el centro del mundo. Se descubrieron hasta lo más secreto de sus seres, se entregaron para siempre sin preguntas, se dejaron llevar por el destino e hicieron del tiempo la eternidad más sincera. Esa noche se amaron. Esa noche, la reina y el duque descubrieron que había mucho más de lo que imaginaban entre ellos, que el reino no ofrecía nada, que el castillo y la realeza eran apenas accesorios, que el tiempo y los temores podían ser los mayores enemigos y que las sensaciones más fuertes, placenteras, increíbles y sinceras existían únicamente en el abrazo de dos cuerpos que habían sido gestados para encontrarse.

Cuando el sol comenzaba a salir, abatido y montado sobre su caballo, el duque se dirigió a las puertas del castillo con paso lento y perdido. Abrieron los inmensos portones a su paso y lo reverenciaron al salir. Esa mañana, el duque se alejó lentamente, para nunca más volver a ser visto. Se sabe, que los mismos guardias del castillo, fueron los más extrañados por aquella partida del duque, que se retiró, como siempre en dirección al norte, pero con un rostro envuelto en dolor y lágrimas en sus ojos.

Esa mañana el reino amaneció sin reyes. Apenas el duque se alejó del castillo, los guardias, corriendo el riesgo de ser juzgados por su indiscreción, advirtieron a sus superiores sobre la situación de extrañeza que generó aquella partida; sugiriendo que tal vez fuera necesario consultar a la reina, para asegurarse que todo se encontraba en orden.

El horror invadió el castillo esa mañana cuando descubrieron a la reina, completamente desnuda en su cama de sábanas blancas, totalmente ensangrentadas, tendida boca arriba con brazos abiertos y un puñal envainado en el lado izquierdo de su cuello. De inmediato, y con temor de despertar la reconocida ira de su majestad, corrieron a informar al rey de lo sucedido. Al ingresar a su alcoba el espanto lo inundaba todo. Las imágenes eran catastróficas, el rey tuerto yacía en el suelo boca abajo. Todavía llevaba puestas sus calzas negras y su camisa blanca a medio quitar, teñida de sangre y repleta de perforaciones punzantes; había sido apuñalado en reiteradas ocasiones por la espalda, luego de recibir un fuerte impacto en la cabeza, que fue delatado por un importante corte sangrante en su parietal izquierdo, justo arriba de la oreja.

Toda la guardia Real bajo las órdenes de Lord Parri, su hasta entonces Capitán, salió de inmediato en busca de los posibles culpables del doble regicidio descubierto esa mañana. El reino, por primera vez en la historia, se encontraba definitivamente acéfalo y sin sucesores.

Esa misma tarde hallaron a Arthur, el caballo del duque, en su casa del norte. Los días siguientes, mientras el reino de Solimán se caía a pedazos, los pueblos y aldeas que lo conformaban se fueron organizando y declarándose libres. El Duque de Bonum Kaeli, a pesar de las leyendas que se tejieron en la isla, jamás volvió a dar señales de vida.