de azulejos blancos
y perfumes antisépticos,
le susurró su necesidad.
El aire se convertía en plomo
y la vista del joven,
y el ser del joven,
caían
en un minúsculo mundo virtual
donde las vidas se sucedían,
se ganaban
y se perdían.
En ese purgatorio blanco
donde la vida
se sucede tras nuestros párpados
caídos y cansados,
le susurró a su descendencia
sus urgencias,
sus pedidos,
ya no
sus deseos o sus penas
ni póstumas pretensiones
o últimas esperanzas.
La gana
de no tener gana
gana.
Ni las telas
inmaculadamente blancas,
ni la descendencia considerada
ni el destino
tuvieron ganas esa noche.
El aire de plomo se convertía en nada
y la respiración
involuntaria dejaba su lugar
al silencio de los que se advierten.
El joven pudo decir una verdad
y el tonto tiempo
lo hacía perder vidas
a medida que su mundo virtual
lo adentraba más y más
en esas batallas que la vida te presenta
y algunos no te dan.
Nunca movió un pelo,
y la lluvia de su culpa
y la tormenta de sus tiempos,
cayeron
en su mundo virtual
cuando nada había por hacer.
Y cuando tuvo todas las ganas,
y necesitó todas esas vidas,
la gana
de no tener gana,
ganó.
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