Comenzaré de nuevo porque siempre se comienza de nuevo. Este será mi nuevo lugar, mi nuevo rincón donde dejar estas letras que suelen ser, tal vez, algunas postales que van escapando de entre los barrotes de mi memoria.
Bienvenidos
Bienvenidos:
Hola a todos.
Hola noche, luna, concurrentes…
Hola a todos.
En silencio
actúen como si yo
no estuviera aquí.
lunes, 2 de agosto de 2021
El último reino (Cuento) - (¡¿de hadas?!)
La medalla (Relato de un objeto)
Recuerdo enseguida a mi abuelo en la playa. Parado observando el mar, sentado jugando al truco con su grupete de amigos de todos los veranos. También se me presenta en casa, en las cenas de los fines de semana, en la época donde todos los sábados se cenaba en casa, con más de 15 invitados y hasta quien apareciera por casualidad. Recuerdo cientos de momentos con mi abuelo Osvaldo, pero siempre, en algún instante de esos momentos mi abuelo llevaba su mano al pecho y acariciaba o frotaba su medallita de oro. Era una medalla con la virgen de la medalla milagrosa, redonda, sencilla, simple. De un lado la medalla la virgen María sobre el mundo, con sus manos abiertas. Del otro lado la inicial de Maria con la cruz de su hijo, y la imagen del sagrado corazón de Jesús y el inmaculado corazón de maría.
También
recuerdo el empeño que le ponía, de tanto en tanto, algún sábado por la mañana,
cuando desplegaba todo lo necesario para limpiar y lustrar la medalla una y
otra vez.
Esa
medalla redonda, siempre brillante y siempre presente en la imagen de mi
abuelo, me fue obsequiada tras su partida, para llevarlo conmigo siempre, hasta
dónde yo decida que me acompañe. Sería grandioso poder dejarles la historia
hasta ahí, donde la medalla de mi querido abuelo-padre, Osvaldo Valledor,
hubiera quedado en mi pecho para siempre, o al menos hasta hoy. Es verdad que
de inmediato la medalla paso a colgar de mi cuello para nunca más salir de ahí,
pero fue a los pocos meses que un día la medalla desapareció de la cadena que
la sostenía y nunca más pude encontrarla. El ganchito que cerraba la cadena
estaba algo defectuoso, lo que provocó su apertura y permitió la liberación de
la medalla milagrosa quien sabe a dónde. La cadena quedó colgada de mi cuello
como si nada hasta que, como hacía mi abuelo constantemente, quise tocarla para
recordarla o sentirla presente, y fue ahí que noté la cadena colgando de mi
cuello, abierta, sin dije alguno. Lloré. Lloré mucho hasta que logré convencerme
de que no fue mi culpa y que, tal vez, así debía ser.
Hace unos
días, 6 años después de aquel momento, cuando mi esposa salió a recibir un
pedido de la verdulería a la puerta de calle, alcanzó a ver algo que brillaba
al lado de la bolsa de verduras. Lo levantó y observó que era una medalla.
Redonda, brillante, con una imagen de una virgen. La dejó en un rincón de la mesada,
pensando en limpiarla, para después obsequiármela, pero la encontré esa madrugada
cuando, desvelado, me había levantado de la cama para beber algo. Mi sorpresa
fue increíble. No era la medalla de mi abuelo, pero se parecía muchísimo. Era
la virgen de la medalla milagrosa, la misma que la medalla de mi abuelo, sin
bordes, redonda, la misma medalla. Al girarla para ver el dorso me encontré con
una imagen distinta a la que esperaba, en ese reverso no se encontraba la
inicial de María ni los corazones que llevaba la medalla de mi abuelo Osvaldo.
Esa medalla, llevaba en su reverso otra virgen, la virgen del Carmen. Esa
aparecida medalla, traía en su anverso la virgen “María” y en su reverso la
virgen “del Carmen”, esa medalla que me recordó a mi abuelo Osvaldo, que me
hiso sentir, como una señal divina, que el destino quería que continuara
recordando a mi abuelo, me estaba haciendo sentir entonces, que mi madre, María
del Carmen, quien 9 meses después de la partida de mi abuelo, su padre, también
se fue de este mundo, quería también estar presente en ese recuerdo.
Hoy tengo
esa medalla guardada, esperando limpiarla y pensar que hacer con ella. No sé si
es importante lo que vaya a hacer, si la cuelgo de cuello para siempre o no,
pero lo que si sé es que las casualidades no existen y las medallas no son tan
importantes como los recuerdos que llevamos, no colgados de nuestro cuello, sino,
colgados de nuestra memoria.
jueves, 22 de julio de 2021
La mala compañía (Cuento)
Quería volver a ser libre como antes. Como cuando éramos niñas y no había miedo a nada, y nos medíamos en el marco de la puerta para ver cuanto crecíamos, y nos pesábamos en la balanza del baño, y nos cambiábamos mil veces frente al espejo detrás de la puerta, y cantábamos y bailábamos durante horas y horas.
Pero yo no era tan fuerte. Ella me lo repetía una y otra vez —Claudia, si no hacemos las cosas con disciplina estamos condenadas al fracaso—. Yo creía que estaba en lo cierto, yo me encontraba desbordada y la culpa me angustiaba tanto que no me permitía relajarme. Volví a entrenar cuatro horas por día, a seguir una vida saludable, comer sano y lo necesario. No íbamos a darle lugar a aquellos que buscaban sabotear nuestros proyectos. ¡Si no hacíamos mal a nadie!
Poco a poco me alejé de todos los que me juzgaban y pudimos continuar con absoluta disciplina nuestro estilo de vida. Nos habíamos ido a vivir solas, y por unos meses nadie nos molestó. Podíamos hacer nuestros ejercicios, comer como quisiéramos, y ver como alcanzábamos nuestros objetivos, como día a día nos acercábamos a ser como queríamos.
Una noche descubrí mis uñas azules y comencé a pintarlas de bermellón, cuando ella volvió a pelear conmigo. Esa noche quise llorar, desaparecer, que el suelo se abriera justo bajo mis pies y me disfrazara de catástrofe. Quise gritar, pero no pude. Hasta ahí había conseguido ser la chica saludable que entrenaba a diario y seleccionaba exhaustivamente los alimentos a ingerir. La chica a la que pedían consejos sobre como obtener la figura deseada sin necesidad de tener un título de nada. Pero ese día quise bajar los brazos y abandonar todo. Me miré al espejo mientras me gritaba las peores cosas que podía escuchar. Que no era una mujer fuerte, que era la peor de todas, como lo había sido siempre y lo seguiría siendo. Que debía darme cuenta de que nadie me quería, que nadie se preocupaba por mí, que era una mujer horrible y que todo aquello que pensara o hiciera, como siempre, estaría mal.
El día siguiente no salí de casa. No pude casi levantarme de la cama. Me sentaba en el borde para verme en el espejo y las lágrimas comenzaban a querer brotar de mis ojos, pero no salían. Como no salían mis gritos, ni mis palabras. Solo escuchaba sus reproches y sus críticas sobre lo mal que hacía todo. Así transcurrió ese día, sin levantarme de la cama hasta que volví a acostarme por la noche, sin sueño, con hambre, con un frío que helaba los huesos y una ansiedad brutal. Antes de dormir, y mientras escuchaba una y otra vez las frases más horribles y denigrantes, me prometí, al menos, no volver a las cuatro horas de ejercicios todos los días.
Alcancé a darme cuenta de que la risa ya no era algo que surgiera de mí, ni siquiera para satisfacer a otros. Que mis acciones todas se habían vuelto irritantes, que me había convertido en una obsesiva y que no había nada en el mundo que pudiera satisfacerme. Todo lo que vi de mí cuando cerré los ojos me asustaba, y parecía peligroso.
Creo que una gran parte de lo que sucedió luego fue un sueño. No sé si fue a la mañana siguiente o al despertarme que volví a convertirme en una criatura pequeña. Un bebé que no podía más que observar e intentar entender lo que sucedía. Estaba segura de haber nacido prematura, o algo así.
El cielo raso absolutamente blanco era lo único que podía observar. De vez en cuando alcanzaba a intuir los azulejos blancos de las paredes y conseguía sentir partes de mi cuerpo, que aún no conseguía controlar. Cada tres horas conectaban un aparato a la cánula que salía por mi nariz. Después de un rato un intenso dolor me hacía reconocer geográficamente donde quedaba el estómago. Por momentos creía estar recordando una extraña vida anterior, pero no estaba segura. Después de ser desconectada volvía a dormirme hasta, casualmente, un rato antes de que todo vuelva a suceder. Nunca supe si era de noche o de día. Cambiaban mis pañales cada vez que despertaba y lavaban mi cuerpo con toallas húmedas. Pasados tal vez un par de días, creí haber aprendido a girar la cabeza, entonces comencé a descubrir lo que me rodeaba. Tres enfermeras se turnaban para estar a mi lado constantemente, me tranquilizaban, acariciaban mi frente y me hablaban tiernamente, pero no alcanzaba a entender lo que decían.
En un momento logré estar despierta las tres horas que separaban una ingesta de sonda de la siguiente y pude comprender que no eran recuerdos de otra vida. Era yo, Claudia, pero no podía estar completamente segura, todavía mi cabeza no estaba preparada para saber. Alcancé a escuchar a la enfermera de la noche cuando me decía, «¿Cómo te pudiste abandonar tanto como para llegar a esto?». Quise pedirle que me explique, pero todavía no podía hablar. Fue entonces cuando ella regresó, asomó por la puerta de la habitación y mi cuerpo inerte se tensionó. —¡¿Ves que sos débil?! Sos una perdedora, una traidora que nunca va a poder conseguir nada— me dijo desde la puerta antes que mi cuerpo comenzara a convulsionar.
La enfermera se sobresaltó y pidió ayuda. Yo no podía dejar de moverme, quería levantarme y correr, pero mi cuerpo no respondía. Comenzaron a llegar los médicos y ya no recordé más nada.
Desperté en una habitación más agradable. Yo era la misma de siempre, pero no era exactamente la misma. Me pude sentar en la cama. Esa cama era mucho más confortable que la anterior y no había alrededor tantos aparatos. Apenas uno pequeño en la mesa de luz, el cual reconocí que era por el que me alimentaban. Las paredes estaban empapeladas de colores sobrios, entre blancos y amarillos suaves, la iluminación era de spots de led que podían variar su potencia, tenía una televisión, una pequeña biblioteca con libros, cuadernos y lápices y una hermosa ventana que daba a un parque.
Comencé por recordar mi promesa de no volver a las cuatro horas de ejercicios diarios, e intenté hacer memoria sobre cuándo había sido la última vez que había conseguido reír, cuando había sido la última que cené con amigos, o la última que besé a alguien, o la última vez que pude sentirme viva, plena, libre. De repente lo comprendí todo, comprendí que mi cuerpo había dicho basta con sus apenas 22 años, que lo estaba desapareciendo y que yo ya había desaparecido hacía tiempo.
La enfermera se alegró de verme despertar. Se dio cuenta que había vuelto a ser yo, la Claudia más parecida a la de la infancia, pero una Claudia adulta, que ya podía entender las cosas. Ese mismo día me presentaron a todos los médicos que se ocuparían de mí. Una psicóloga, una psiquiatra, 5 enfermeras que se turnarían, una nutricionista y un masajista.
Supe que la libertad que alguna vez tuve aún estaba lejos de recuperarse. Desde ese día me acompañan las 24hs. He resignado mi intimidad por completo y he perdido el derecho de dormir o ir al baño sin compañía. Al menos aceptaron quitarme la sonda y comenzar a ingerir alimentos líquidos hasta que pueda tolerar sólidos.
Ya estoy a medio camino de conseguir el alta, pero no será todavía una victoria. Todos los que me conocen ya están informados de mis problemas y de como deben tratarme y cuidarme para poder estar a mi lado, y tendré que acostumbrarme a estar vigilada las 24 hs del día.
Es una la que tiene que aprender a decir basta y comenzar a cambiar, de lo contrario nada sirve. Anoche, mientras la enfermera se ausentó un instante, ella volvió. Quiso que escapemos de la clínica. Yo no iba a permitir que estos 9 meses de sufrimiento se desvanezcan por volver a hacerle caso, así que preferí evitarla y hacer oídos sordos. Se enojó, y como siempre volvió a basurearme de todas las formas que existen, desde débil y fea, hasta gorda que nadie podrá querer en su vida. No reniego tanto ya de mis 55 kg, y sé que cada tanto ella va a venir a buscar que la acompañe. Pero tal vez algún día pueda hacerle entender que no tiene nada de razón, y deje de molestarme. Tal vez, puede suceder, que nunca pueda hacerle entender nada, y entonces deberé aprender a evitarla, para que no pueda volver a molestarme.
lunes, 19 de julio de 2021
Buscando a Suárez Junior (Cuento)
—…cuando termine el año te voy a atajar un penal— dijo el profesor Suárez—. ¡Y te lo voy a atajar con la cabeza!— dejó en claro, con su dedo índice levantado.
El destinatario del desafío había sido el «Buiti». Todavía no llegábamos a junio, y el profesor de matemáticas del último año de secundaria ya estaba cansado de escucharnos hablar de fútbol durante las clases. Al principio se hacía el distraído, después comenzó a llamarnos la atención y una noche de mayo de 1994, cuando casi terminaba de dar su clase, suspendió todo y lo increpó al Buiti cuando alardeaba de un tiro libre al ángulo que había hecho el domingo anterior.
—A vos, cuando termine el año te voy a atajar un penal. ¡Y te lo voy a atajar con la cabeza!— remató. Todos quedamos quietos entre desconcertados y a punto de morir de risa a carcajadas. Todos menos el «Buiti», que escuchó el desafío esperando alguna represalia importante después de esa sentencia del Profe Suárez.
—¡Pero por favor, chicos, el que los escucha no entiende como el «Coco» Basile no los lleva a la selección! Yo en mi época fui arquero de Estudiantes de Bs As y de San Telmo, pero nunca escuché a un jugador de fútbol alardear como lo hacen Uds. desde que comenzó el año. ¡…y miren que me encanta hablar de fútbol!—
Esa noche, en el «Rancho» de Avellaneda, como le decíamos a la escuela República de Colombia N°12 de Bs As, terminamos estallando a carcajadas junto con el Profe Suárez y el «Buiti». Relegamos las matemáticas por completo hablando todos de fútbol y escuchando anécdotas del Profe en sus años de jugador.
Del «Rancho» salíamos casi a medianoche, y el Profe Suarez, que creíamos cargaba con más de 80 años, subía a su Peugeot 504 naranja, lo ponía en marcha y tacatacatac tacatacatac taca taca taca brummmm brummmmm bruuuuuum y se perdía en la oscuridad de la calle Pitágoras antes que llegáramos a la esquina.
Siempre que nos reunimos con los chicos es inevitable recordar al Profe Suárez. Siempre vestido de traje, con su pulserita y su reloj dorado, y la infaltable carterita abajo del brazo que llevaba a todos lados. En su cara las marcas del tiempo eran increíblemente profundas, eran heridas, surcos sin fondo, y el pelo fino y lacio, algo desprolijo y todavía oscuro a pesar de las canas, siempre estaba un poco largo por detrás.
Desde aquel día el Profe Suárez se convirtió, además de profesor, en un compañero más. Nos daba las matemáticas como correspondía, pero los viernes por la noche la clase se convertía en una cátedra de futbol.
Entrábamos al rancho a las 20:00 y salíamos a las 23:30. El Buiti, el Juanca, el Colo y yo muchas veces nos encontrábamos a la tarde en el terreno de al lado del colegio, donde había 2 canchas de fútbol 7, en las que jugábamos con equipos de otras divisiones del «Rancho». Muchas de esas veces jugábamos por plata, y en general recaudábamos para la salida del viernes después de clases.
El «Juanca» era el 5 que hacía la pausa y pensaba la jugada, mientras el «Buiti» se impacientaba insoportablemente pidiéndola arriba una y otra vez; siempre jugó de 9, no lo corrías del área ni con un rifle. El «Colo» se movía un poco por mitad de cancha y daba una mano como stopper, en general la mano era procurar que no se la pasaran al delantero rival, cueste lo que cueste. Algún invitado ayudaba en mitad de cancha al «Juanca», y yo veía todo desde el centro de los 5 metros de arco, defendido por el gordo Mendizábal y algún otro que siempre rotábamos.
Los partidos de fin de año fueron los mejores. Habían cerrado las notas del año y como despedida nos despachábamos con maratones de partidos donde recaudábamos como nunca. Una de esas «tardes noche» de noviembre, mientras estábamos pateando entre nosotros, se escuchó el ruido destartalado del 504 naranja del Profe Suárez, que sin bajar la velocidad estacionó el bólido de trompa, en 45 grados, en la puerta del rancho. Bajó del auto bien vestido como siempre, cerró la puerta con llave y las guardó en la carterita que se puso abajo del brazo, probó que las cuatro puertas estuvieran cerradas, y con una sonrisa enorme, se acercó al trote hasta donde estábamos nosotros.
Se dirigió directamente al primer palo del arco y dejó su carterita en el suelo. Se quitó el saco y los anteojos y acomodó todo sobre la carterita. Mientras se arremangaba la camisa celeste me sacó del arco y le gritó al «Buiti» que lo miraba con la pelota debajo de su suela derecha.
—¡A ver esos chutazos, Buiti!— dijo sonriendo— ¡Lo prometido es deuda, eh!— Le gritó el Profe Suárez mientras ya se paraba en el medio del arco, con las rodillas apenas flexionadas y golpeando sus cuádriceps con las palmas de las manos.
Toda la secuencia resultaba increíble. Desde que apareció el 504 naranja hasta que el profe se paró en medio del arco, todos quedamos expectantes recordando inevitablemente aquella promesa de principios de año. Jamás se nos ocurrió que algún día el mismo Profesor viniera corriendo a querer cumplirla. Lo ovacionamos todos con aplausos y carcajadas. El profe Suárez era un genio. Todos estábamos asombrados y emocionados con la idea de cumplir la promesa.
—Le doy tres posibilidades, profe. Si ataja al menos uno, gana usted.— Le gritó confiado el «Buiti» acomodando la pelota en el punto del penal.
—¡Dale, paspado! ¿Qué tres posibilidades? Pateá uno solo que te lo atajo rápido y me voy a pasar las notas. Me está esperando la Rectora. ¡Dale, dale!— Lo apuró, mirándolo fijamente mientras frotaba sus palmas y volvía a golpearlas contra sus piernas.
La cara del «Buiti» cambió por completo y todos hicimos silencio. El «Buiti» era calentón, lo sabíamos todos, y esas palabras no le cayeron nada bien. Acomodó la pelota de nuevo, pero ahora con las manos. Retrocedió unos pasos en silencio, con el ceño fruncido y el maxilar hinchado de tanta presión que le ejercía. Se paró con los brazos en jarra buscando donde ponerla, y cuando soltó sus brazos para comenzar la carrera el Profe Suárez le gritó —¡Dale Buiti! ¡Mirá que te vengo estudiando desde principios de año, eh! Pateá fuerte, como hombre, que esa bocha es mía, eh. ¡Dale, dale!— y extendió ambos brazos a sus costados.
El «Buiti» corrió con furia y le pegó al ángulo con todas sus fuerzas. El profe Suárez saltó como si fuera un resorte hacia el mismo ángulo, con brazos extendidos. Pero cuando ya estaba en el aire, agitó sus brazos, como si fueran alas, y empujándose con el envión y el orgullo estiró su cuello hasta impactar la pelota con su frente y sacarla rosando el palo del arco.
Las casi 30 personas que estábamos presenciando esa proeza inimaginable estallamos eufóricos, mientras el profe Suárez, el «genio» del profe Suárez, caía desparramando su delgado cuerpo en suelo como si de una bolsa de huesos se tratase.
A doce pasos de él, el «Buiti» caía arrodillado, con las manos clavadas en el césped y la cabeza caída entre los hombros.
Todos corrimos hasta el profesor que se levantaba dentro de una nube de tierra, con su pelo todo desprolijo y la camisa rasgada en todo un lateral. Se sacudió en vano mientras todos lo palmeábamos como si acabara de lograr el título del mundo. Levantó un par de piezas de la malla de su reloj, que se desarmó en la caída, acomodó un poco su pelo y se puso sonriendo su saco y sus anteojos, antes de irse caminando a ver a la rectora, con la cara cruzada por dos rayones de tierra.
—¡Bien pateado Buiti!— Le gritó al «Buiti» que no levantaba la cabeza todavía.—¡Bien pateado igual, loco!— Repitió alejándose sonriente con una mano en alto, como si todo un estadio lo despidiera coreando su nombre.
¿Como no nos vamos a acordar del Profe Suárez cada vez que nos juntamos? Desde hace unos años «Juanca» y el «Colo» consideran que esa proeza no puede quedar así, restringida para apenas esas 30 almas que estuvimos ahí presentes. Por eso estamos buscando a su hijo, él tiene que saber quién era su padre cuando no lo veía; y el Profe Suárez, merece que le hagamos conocer a su hijo, y a quien quiera escuchar, aquella heroica atajada de nuestro queridísimo profe Suárez.
sábado, 26 de junio de 2021
Pequeñas historias (de muñecas gigantes) - (Cuento)
—A mí me parece que a Alma la mató la envidia —dijo Juanita, con apenas ocho años y su carita expectante—. En casa siempre dice mamá que la envidia mata, y yo creo que a Priscila la mató la envidia —repitió, apretando la muñeca de trapo entre sus pequeños brazos cruzados, sentada en esa silla negra de cuero gastado de la oficina de la fiscal Arroyo—.
—¡Ella no era buena amiga! —aclaró luego abriendo bien los ojos, con la mirada fija hacia arriba, dirigida directamente a los ojos de la fiscal, que estaba sentada del otro lado del escritorio. Y añadió enseguida—: Además, siempre la retaban porque no prestaba los juguetes. Yo los cuidaba si me los prestaba. Pero, cuando su mamá no estaba, me los quitaba.
—¡No me digas! ¡¿En serio?! ¿Por qué te los quitaba? —preguntó la fiscal.
—¡Porque era mala! —contestó, como si la respuesta fuese obvia—. ¿Por qué va a ser? ¡No quería prestar nada! Siempre lo mismo. La muñeca esa que habla, por ejemplo, la grandota esa que le trajo el tío de otro país… no me la prestó nunca. —Gesticuló como si diera por hecho que esas actitudes, en su amiga, ya no tenían solución—. ¡Igual, yo no es que la quería! ¡Pero me la tenía que prestar! Para que la viera. Si no, ¿cómo sé si es linda o es una porquería? —Sin descruzar los brazos, inclinó el torso hacia adelante, hasta apoyar el pecho contra el escritorio, y, con el ceño apenas fruncido y cierto tono de reproche, aclaró—: Pero ella dijo que yo se la iba a despeinar toda. Pero es todo mentira. Yo le peinaba todas las muñecas cuando íbamos a su casa. Ella se enojaba porque no las sabía peinar como yo. Era envidiosa. Porque yo tengo a mi mamá peluquera y la de ella no sabe hacer peinados, sabe de ropa de mujeres. Nada más. ¡Y de retarla! De retarla porque no prestaba las cosas. Porque las cosas son cosas. ¿Entendés? Si se rompen o algo, se compra otra y listo. Lo importante es jugar con tu amiga.
—¡Claro! —asintió la fiscal—. Por eso, como eran amigas, el otro día, cuando fueron caminando hasta el lago, estaban jugando juntas.
—¡¿Cuándo fuimos al lago?! —se repreguntó en voz alta Juanita, mientras revoleaba la mirada, como pensando, hasta que una leve sonrisa se le dibujó en la cara y respondió—: ¡Sí! Fuimos a jugar con las muñecas. Ella quería salir a pasear y yo fui con ella. Porque Alma no tiene muchas amigas además de yo, ¡¿viste?! Ella hace poco vino a vivir acá. En cambio, yo los conozco a todos, porque mi papá siempre tuvo la casa en el country. Siempre.
—¡Claro! Por eso queríamos que vos nos contaras bien qué fue lo que pasó. Queremos saber, por ejemplo, si estuvieron solas todo el paseo hasta el lago o si algún grande se acercó a jugar con ustedes en algún momento…
—Noooo —contestó de inmediato—. ¡Solas fuimos! No tenemos que hablar con extraños porque no sabemos si son buenos o malos. O si nos quieren llevar. En algunos lados se llevan a los chicos en camionetas blancas y les sacan partes y las venden. Por eso no hablamos con nadie nosotras.
—¡Bien! ¡Muy bien! Es importante que sepan eso. ¡¿Entonces estuvieron solitas todo el tiempo?! —insistió la fiscal.
—Sí. Además, a esa hora todos los grandes se duermen la siesta. —Con una mano haciendo montoncito en el aire y una sonrisa pícara, sentenció—: Si no, ¿cómo te creés que nos íbamos a escapar? ¡No nos iban a dejar que nos fuéramos ni a la esquina!
—¡Claro! ¡Me imagino! ¡Ni a la esquina! —asintió la fiscal, compartiendo las carcajadas con Juanita—. Aprovecharon que estaban solas y se fueron a jugar al muelle del lago —agregó mientras se arrodillaba sobre la silla y, acodándose a mitad del escritorio para estar más cerca de Juanita, prosiguió con cierto aire de confidencialidad—: Ahora contame una cosa: vos, que estuviste ahí y viste todo, ¿cómo fue que Alma se cayó al agua ese día?
—¿Alma? ¡No! La muñeca se cayó.
—¡Pero Alma también!
—No. La muñeca se cayó —volvió a afirmar Juanita, apoyada aún contra el escritorio y, nuevamente gesticulando con una de sus manos abierta, mientras con la otra mantenía su muñeca contra el pecho, relató—: Yo le dije a Alma que era muy grande, porque era casi tan grande como ella. ¡Y muy pesada! ¡Bah, no sé! —repensó mientras dejaba caer resignada su palma contra el escritorio—. ¡Porque no me la prestó! Pero Alma no era tan fuerte como yo. —Y volvió a revolear su mano mientras explicaba—: Además, seguro estaba cansada de llevarla. Por eso yo le dije que la ayudaba y la llevaba un rato yo. ¿Entendés? Pero ella creía que yo la quería para jugar. Entonces me decía que no todo el tiempo.
—¡Ah! Entiendo. Le debe haber sucedido que, de alguna manera, le pesaba mucho. Y entonces se cayó con la muñeca al agua, ¿no?
—¿Vos la conocías a Alma? —preguntó Juanita.
—No, no la conocía. Pero conocí a la mamá y al papá. ¿Vos los conocés?
—¡Claro que los conozco! ¡Mirá si no voy a conocer a los padres de mi amiga!
—Bueno, ellos están muy tristes por lo que pasó el otro día. Como ellos no estaban cuando pasó lo del muelle, no entienden bien cómo sucedió todo. Por eso yo estoy tratando de ayudarlos. Acá, con vos.
—¡Vos tampoco estabas! —exclamó la niña.
—No. Yo no estaba. Por eso te pregunto a vos, así todos podemos saber qué pasó y ayudar a los papás de Alma.
—¿Y cómo los van a ayudar? ¬—preguntó, algo sorprendida—. ¡Si Alma se ahogó! A menos que le inventen un aparato que la haga vivir de nuevo, no la podés ayudar. ¡Mentirosa! —contestó con una sonrisa sobradora por haber sorprendido a la fiscal en el error.
—No. No podemos ayudarlos a volver a tener a Alma. Lamentablemente, no. Pero, si sabemos cómo sucedieron las cosas, tal vez se nos ocurra una idea para que no vuelvan a pasar. Pero para eso necesitamos contar con vos, que sos la mejor amiga y estuviste ahí con ella, para que nos puedas contar lo que pasó.
—¿Y qué va a pasar? Se ahogó porque no sabía nadar. Yo en el colegio hago pileta y nado todo el tiempo.
—Bueno, vamos a hacer una cosa: vos contame todo lo que viste cuando se cayó Alma al agua, así le podemos contar a los padres, y nosotras dos nos podemos ir a tomar un helado antes de que te vayas a casa.
—Nada. Yo le pedí que dejara un rato la muñeca y jugara conmigo; si no, de tanto llevarla, se le podía caer y romper, o algo. ¡O se podía tropezar también! Porque tenía las piernas largas. Pero ella dijo que no, que no, que no… —Volvió a palmear resignadamente la mesa, con la mirada perdida hacia abajo por un instante, y retomó el relato—: Dijo que no se le iba a caer ni nada y que, si se le caía, ella la levantaba y la curaba. Entonces se dio vuelta y se fue caminando por el muelle, y se le mezcló la pierna con la de la muñeca y no sé qué pasó que se cayó al agua.
—¡Uh! ¡Qué terrible! ¡¿Y vos qué hiciste?!
—Yo le gritaba que nadara, que nadara. Pero no pudo. Yo me puse así —dijo apoyando su cuerpo sobre el escritorio y estirando su brazo desde el borde hacia el piso, intentando rescatar algo—. Traté de agarrarla, pero ella estaba agarrada de la muñeca todavía, no le soltaba ni un brazo. Por eso pude agarrar a la muñeca de los pelos solamente, pero a Alma no. Cuando yo salvé la muñeca, ella se fue para abajo del agua y no la vi más. —Se quedó unos instantes apretando los labios—. Yo pensé que estaba abajo del muelle, pero no salió. Entonces fui corriendo a llamar a la mamá.
La fiscal apagó el grabador y abrazó fuerte a Juanita. Lloraron un rato abrazadas, hasta que la fiscal le acercó un pañuelo para que secara sus lágrimas mientras ella hacía un último llamado. Con él daría por terminado el tema y pediría que les avisaran a los padres de Juanita, quienes esperaban en la puerta del juzgado, que la pasaran a retirar en 15 minutos por el patio interno.
La fiscal tomó sus pertenencias, se acercó a Juanita con una sonrisa y, tomándola de la mano con la que no apretaba la muñeca de trapo, salieron de la sala.
—La extrañás mucho a tu amiga, ¿no? —preguntó, condescendiente, la fiscal.
—Sí —dijo Juanita—. Ahora no voy a poder jugar con ella. Y tampoco nunca me va a prestar la muñeca que habla.
—Era linda la muñeca, ¿no?
—Sí. Era relinda. ¡Y gigante!
—Bueno —dijo mientras le acariciaba el pelo—, algún día tal vez tengas una igual. ¡O mejor! ¡¿Quién sabe?!
—¡No! Era linda, pero no voy a querer una de esas.
—¡¿No?! ¿Por qué? —preguntó asombrada.
—Y… ¡mirá si alguna nena me tiene envidia de que la tengo y me empuja al agua!
domingo, 13 de junio de 2021
Ventanas abiertas (Cuento)
Marcos abrió la puerta de su departamento. Después de todo un día de trabajo había llegado. Al ingresar, pensó por primera vez que no encontraba nada interesante al regresar a su casa, nada agradable que le cambiara el ánimo. Al cerrar la puerta se quedó parado, como esperando alguna señal que nunca llegaría. Ni siquiera pudo rescatar esa sensación de haber llegado a su lugar, al menos para sentirse cómodo. Colgó las llaves en el llavetero detrás de la puerta, se quitó la ropa de oficina y se vistió con ropa liviana, puso a lavar su camisa, y se sentó en el sillón con el libro que había comenzado a leer esa semana.
Los días de Marcos no solían ser demasiado sorprendentes, carecían de acontecimientos divertidos o momentos interesantes. Con sus 23 años era una persona extremadamente ordenada, de una educación excelente y una intelectualidad asombrosa, aunque él se encargaba de renegar de ella en cada oportunidad que se la adulaban. Como cada día de la semana, esperaría la hora de la cena mientras leía, y después de comer se acostaría para poder estar descansado al día siguiente y llegar temprano a la productora de su padre, donde se ocupaba, junto con un equipo de profesionales designados, de los análisis de costos de las nuevas producciones.
Esa tarde, mientras leía recostado en su sillón, una fuerte ráfaga de viento abrió de golpe una de las ventanas del departamento. El ruido del impacto de la hoja de la ventana contra la pared lo asustó, y en el mismo momento lo sorprendió el aroma de un aire húmedo y fresco que lo transportó al recuerdo de Celeste. Contrario a su costumbre de mantener las ventanas cerradas, esa vez ni siquiera pensó en levantarse del sillón. Cerró y dejó a un costado el libro que estaba leyendo, y no pudo dejar de lado la majestuosa maquinaria que ya se había disparado en su cabeza.
Celeste compartía con él el alquiler del departamento desde hacía casi 3 años. Tenían la misma edad y la había conocido en la productora, un año después de haber terminado el secundario. Ella, además de su trabajo en la productora por las mañanas, participaba en una pequeña compañía de teatro con la que daba clases por la tarde, y con la que presentaban algunas obras en teatros pequeños, cuando se presentaban las oportunidades. Hacía más de 6 meses que Celeste se había ido a recorrer ciudades con su compañía y no tenía fecha de regreso. Habían construido, en gran parte gracias a ella, una relación de amistad inseparable, en la cual Marcos se encargaba de intentar convencerla, una y otra vez, de que merecían ser algo más que esa suma infinita de confidencias y risas.
Hasta la partida de Celeste, lo primero que notaba Marcos cada vez que abría la puerta del departamento eran las ventanas abiertas. Todas. No una ventana o dos; todas las ventanas estaban abiertas. Así solían estar al menos desde el mediodía, cuando Celeste iba a dar sus clases de teatro. Ella insistía en que las ventanas abiertas renovaban la energía, cambiaban el aire y, de alguna manera, conectaban los sueños con la realidad.
Después de un rato Marcos se levantó del sillón y se dirigió hasta la ventana. Se apoyó en el marco de cara al viento, que entraba con fuerza desde ese anochecer encapotado con la más amplia gama de grises. Recordó, que una tarde similar encontró a Celeste en la misma situación y sostuvo, que pararse ante las ventanas abiertas la hacía recordar, por un lado y siempre con una sonrisa, todo lo que inevitablemente había tenido que dejar atrás; pero también le permitía soñar. Soñar con todas las posibilidades que el tiempo le iba a presentar, hasta poder encontrar de qué se trataba su sueño, y en qué lugar se encontraba, para saber, hacia dónde ir en su búsqueda. Ahora, era él quien comenzaba a recordar lo que tal vez había quedado atrás. Ahora era él quien buscaba, ante una ventana abierta, la oportunidad de juntar el valor necesario para saltar al vacío en busca de sus sueños. Saltar al vacío y volar, volar fuerte. Volar de día y de noche, entre los imponentes rascacielos de la ciudad y sobre las alejadas cabañas en las montañas, volar sobre las aguas cálidas, sobre aguas heladas y mares bravíos, volar sobre los campos verdes, cosechados, o sobre sabanas secas y agrietadas. Pero volar volando, sintiendo el viento transformarnos la cara, volar sonriendo, volar llorando, volar dormido, y dormir volando. Volar con los ojos abiertos o con los ojos cerrados, volar solo, o volar acompañado. Amar volando. Ahora, era él quién decidía recordar, con una sonrisa, lo que inevitablemente comenzaba a dejar atrás. Ahora era él quien dejaba la ventana abierta. Porque esa noche encontró el coraje de saltar por esa primer ventana, y con su vuelo inexperto comenzar a respirar, pero volando, que es la mejor forma de respirar. Volar sin alas, sin penas, volar con la fuerza necesaria para atravesar cualquier muro, cualquier tormenta. Volar en silencio, y volar gritando, para que todos miren hacia arriba, y nos vean volando, no para envidia de alguien; volar, para que sepan todos que se puede volar. Volar con el cuerpo y con el alma. Volar desnudos y volar de gala.
Esa noche Marcos durmió con todas las ventanas abiertas. Por la mañana, con apenas unas mudas de ropa, dejó definitivamente el departamento, volando fuerte; justo antes que lo llamara Celeste.
La reunión de padres (Cuento)
Esa mañana, Mario, no tenía ni la más mínima gana de presentarse en la escuela de Danielita. Se duchó rápido y perdió media hora frente al espejo, mirando y enjuagando su cara una y otra vez, como si el agua, y el mero hecho del transcurso del tiempo, pudieran mejorar su imagen. No había podido dormir en toda la noche. Sus ojos, enrojecidos e hinchados, lo condenaban de cualquier manera. Resignado, volvió a la habitación para vestirse y tomar valor para enfrentar esa reunión de padres. Reunión de padres organizada a pedido de algunas madres, pero que nada tenía que ver con temas que conciernan a la escuela, y menos aún a la totalidad de las familias de 3° grado.
Miró la cama semirevuelta y no pudo evitar pensar en la ausencia de Malena. Ya había pasado una semana sin noticias de ella y Danielita. Llamó varias veces a casa de su suegra para poder comunicarse con alguna de las dos, pero recibió siempre las mismas respuestas, «No es el momento», «Después de lo que pasó necesitan recuperarse», «Cómo podés pretender que te extrañen después de lo que les hiciste. ¡Sobre todo a la criatura, una nena de 8 añitos!»
Moría de ganas de comunicarse con Andrés. Sabía que seguramente se encontraba en una situación parecida a la suya, Silvina también se había ido de casa con su hija, pero él no lo permitió. Fue él quien dejó la casa mientras intenta recuperar a su familia. Recién volvería a ver a Silvina en la reunión de padres, pero ambos tenían la intención de conversar más tarde en un café, para ver como siguen, después de todo lo sucedido.
Le hubiera gustado tener la misma posibilidad con Malena. Pero está convencido que hizo todo mal, y la actitud de ella es mucho más drástica que la de Silvina. Tal vez Andrés no llevara a cuestas los mismos sentimientos de culpa que él, y eso lo haga sentir más íntegro o mejor posicionado.
Salió de la casa con la sensación de que ya no pertenecía a ese lugar. Ni a la casa, ni a la familia que la habitaba hasta hace apenas una semana, ni al barrio… De alguna manera, de la noche a la mañana, parecía haber dejado de ser Mario Marcarián y haberse convertido en una figura pública, del lado bizarro e hipócrita de la ciudad.
Estacionó el auto a poco más de cincuenta metros de la puerta del colegio. Faltaba un cuarto de hora para que comience la reunión de padres, y él no pensaba bajar del auto hasta que estén todos adentro y la reunión haya comenzado. Tendría que pasar ante la vista de todos, soportar al menos sus miradas y, si todos se comportaban respetuosamente, podrían comprender que más allá de los errores que se le pudieran adjudicar, en ningún momento fue intención que las niñas, su hija y la de Andrés y Silvina, tuvieran que ser testigos de cualquier acto impropio que ellos, como adultos, hubieran podido cometer.
Ni Andrés, ni él, previeron que las niñas regresaran a casa antes del final del partido. Se suponía que la niñera las traería más tarde. Tampoco se le ocurrió a la niñera que ellos, por más festejos efusivos que pudieran llevar a cabo, tuvieran la costumbre de mirar los partidos sin ropa. Pero más allá de lo que las niñas pudieran haber visto, lo cual hubiera sido realmente nada en comparación con las barbaridades que tuvieron que escuchar después, no había ninguna necesidad de acusarlos de abusadores o degenerados, como se estaba hablando, ni de organizar esta reunión para estigmatizarlos como personas peligrosas para sus hijos, ni para la comunidad.
Mario sabe, en lo profundo de su ser, que cometió un error que no debió permitirse, pero fue un error que no tenía intenciones de lastimar a nadie. Si en lugar de Andrés hubiera sido Silvina, a quien hubieran encontrado en el sillón con él, no hubieran sido entonces tan exagerados. Tal vez hasta hubieran sido, en algunos casos, todo lo contrario. Algunos lo hubieran festejado, por lo bajo por supuesto, y otros los hubieran señalado con el dedo. Pero de ninguna manera hubieran expuesto de semejante forma lo sucedido, ni ante los chicos ni ante nadie. Bien se sabe, en las puertas del colegio, de un par de madres que resultan por demás cariñosas y amigables con algunos padres, y en ninguno de los casos, necesariamente, se trata de personas separadas. Es verdad que nadie los encontró en circunstancias comprometedoras, pero esas mismas personas, hipócritas e inescrupulosas, son las que con mayor énfasis levantan la voz en este momento, sin importar lo que las hijas de las familias puedan sufrir.
Desde el auto, observó como abrían las puertas del salón del colegio y hacían ingresar a los padres. Entre todos ellos estaba Andrés, llorando desconsoladamente, compungido, bien arreglado y bien vestido, hasta podía imaginarlo perfumado como siempre, pero desarticulado y tembloroso, casi convulsionando, sostenido por su mujer y alguna otra madre amiga. Algunas madres y padres que ingresaban tras él se sonreían de la situación, o se mordían los labios resignados al show que estaban asistiendo. La reunión de padres comenzaría de inmediato.
Todavía no era el momento de bajar del auto. Mario pensaba en Daniela. Pensaba también en Malena, que seguramente había ingresado más temprano, para no participar del espectáculo más de la cuenta. No podía no pensar en Malena porque realmente la amaba, y aunque nadie pudiera entenderlo sufría horrores por el imperdonable error que había cometido. Pero por sobre todas las cosas pensaba en Daniela. ¿Cómo iba a hacer para explicarle lo sucedido, cómo poder explicarle una situación que, a sabiendas de estar equivocado en las formas, había sido producto de un amor, al menos por su parte, que no iba a terminar de concretarse nunca, pero que él creía que merecía, al menos, un tiempo de dedicación? ¿Como explicarle que no era algo de todos los días, ni que su padre no era ningún monstruo? Sí, podía hacerse cargo de haber fallado como esposo con su madre, pero nada hubiera cambiado el amor que le tenía. ¿Cómo explicarle que jamás hubiera hecho lo que hizo, si hubiera pensado unos segundos en que ponía en riesgo a Malena y a ella? Tarde se dio cuenta del error y lo sabe. Por eso no va a bajar del auto. Mario no va a exponerse a ese barrial donde lo quieren llevar. ¿Para qué? ¿Con que sentido? Si alguien tiene que escuchar sus explicaciones y escuchar sus disculpas son Malena y Danielita. Malena hoy no quiere escuchar nada, ya lo demostró, y nada puede reprocharle. Pero Danielita debe estar sufriendo la situación. Mario no sabe cuánto entiende, y cuanto no, de lo que está sucediendo, pero ella seguro que lo extraña, y él está seguro de que cuando lo entienda también sabría perdonarlo. Pero no puede Mario permitir que todo esto siga creciendo y que su hija lo siga incorporando en ella como una mochila, como una marca en la frente, como un tatuaje eterno que cada día crece un poco más.
Ya está. Mario está decidido a que esto llegue hasta acá y no más. Sabe que la única forma de que una cacería fracase, es que la presa no exista. No hay forma de que pueda hoy explicarle a nadie su verdad. Hasta Andrés le ha soltado la mano para dejar de ser juzgado y convertirse en víctima de la situación. Tal vez, hasta sea él mismo quien se ponga el primer traje de cazador y quiera levantar la cabeza de su presa. Sabe que va a lastimar a Danielita por un tiempo, pero piensa que la va a lastimar mucho menos de lo que tendría que sufrir si pretende enfrentar la hipocresía de esas bestias hambrientas que esperan agazapadas para desollarlo, según ellos, de forma ejemplificadora.
Calcula que, mientras la reunión se lleve a cabo en el colegio, tiene el tiempo suficiente de pasar por la casa y darle un final a toda la situación. Pone en marcha el auto y se dirige a su casa. Al pasar por el frente del colegio intenta, sin éxito, encontrar algo que pueda cambiar su decisión. Las opciones que baraja mientras maneja no son demasiadas. Puede preparar el revólver de su padre que guarda de recuerdo o preparar un bolso con lo necesario para desaparecer. Cualquiera de ambos finales serviría para liberar a Malena y Danielita del karma de su existencia. La más drástica es demasiado egoísta y sin marcha atrás, pero está seguro que no tiene la valentía suficiente para hacerlo. En cambio, la segunda, la huida propiamente dicha, le propone un abanico de posibilidades que pueden darle el aire necesario para enfrentarse a lo que realmente necesita.
En el sur todavía vive Gastón, su gran amigo de la adolescencia, que maneja la hostería que sus padres pusieron en los años 90. Seguramente puede conseguir trabajo ahí y alejarse de todo, hasta que algún día Male vuelva a atenderle un llamado y pueda disculparse, y explicar lo que ella pretenda, o seguir desaparecido hasta tener el coraje necesario para sentarse frente a Daniela, cuando crezca, y pueda decidir si lo perdona. Si algún día encuentra ese coraje podría explicar lo sucedido y los porqué de esta huida, y esperar que lo perdone o se lo reproche eternamente. Pero, aunque sea tener la posibilidad de intentar, explicarle que cuando todos le dieron vuelta la cara, y él se quedaba solo, frente a ese tsunami hipócrita de valores inconmensurables, tuvo miedo por ella.
Si por caso nunca encuentra ese coraje, habrá sido bien tomada la decisión de huir y permitir a Danielita crecer sin karmas ni mochilas, y a Malena rehacer su vida, dejando atrás un episodio que, tal vez, pueda cicatrizar mejor con las ausencias.